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La peligrosa encrucijada de Colombia

La peligrosa encrucijada de Colombia

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Voy a votar mañana en el consulado colombiano de Miami. Los colombianos tenemos ese privilegio. A distancia podemos elegir a nuestros líderes y, para hacerlo aún más fácil, podemos votar anticipadamente durante toda la semana previa al día de las elecciones, que es el domingo 19 de junio. Lo voy a hacer con un sentimiento muy singular, que mezcla algo de esa gran fiesta democrática que han sido tradicionalmente nuestras elecciones, con una honda preocupación por lo que pueda traernos el resultado en esta ocasión.

No me canso de repetirlo: estas podrían ser nuestras últimas elecciones libres. Esta vez, cuando estemos en privado mirando el tarjetón electoral, encontraremos allí las imágenes de los dos candidatos, pero en realidad lo que tenemos que ver es, por un lado, la realidad de la Colombia que somos, con sus defectos y virtudes, y la propuesta de otra Colombia, la de la descomposición, la tragedia y la desesperanza, que la izquierda nos quiere presentar como ríos de leche y miel, pero que ya sabemos, por la experiencia de otras naciones, que nos conducirá irremediable y dolorosamente hacia el abismo.

Asqueroso, es el calificativo que me viene a la mente para referirme a las artimañas deplorables con que la campaña del guerrillero ha tratado de enlodar la imagen del ingeniero, que no será el candidato ideal, pero que, como persona y como figura pública es infinitamente mejor que su contrincante. No logro entender cómo ciertos sectores de la opinión pública están dispuestos a cuestionar aspectos del pasado de Rodolfo, que resultan a todas luces insignificantes, cuando se comparan con el prontuario judicial del Cacas y su trayectoria de corrupción y malos manejos de los dineros públicos.

Entiendo que haya gente en Colombia que quiere un cambio. También la había en Cuba, con Batista, y en Venezuela con los líderes de AD y Copei, y puedo garantizarles que hoy, la mayoría de los cubanos y los venezolanos hubieran preferido que ese cambio que anhelaban se hubiera dado con un rumbo completamente diferente.

Cambio habrá también con Rodolfo, porque eso fue lo que los colombianos pedimos en la primera vuelta electoral, hace menos de tres semanas. Dejamos plasmado con nuestro voto que queremos un revolcón en la clase política, que debemos combatir formalmente a la corrupción, que debemos controlar el gasto público y hacer más eficiente el aparato de gobierno. Rodolfo puede lograr eso.

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El guerrillero, por su parte, no tendrá otra opción que seguir fomentando la corrupción porque esa será la única forma de retribuirles por su apoyo a la pandilla de bandidos que se sumaron a su proyecto político. Ha prometido redistribuir la riqueza y eso, lo único que garantiza es que habrá miseria para todos, como en Venezuela. Aumentará los impuestos a los ricos y desestimulará la creación de empleos, llenará el gobierno de funcionarios innecesarios e incapaces, con el ánimo de tener contentos y cerca a un buen número de sus seguidores, sordos, ciegos y mudos.

Lo peor de todo es que aunque fracase, que es de lejos lo más probable, implementará todos los mecanismos necesarios para perpetuarse en el poder, hasta que él y sus secuaces, domésticos y extranjeros, hayan logrado saquear hasta nuestro último centavo.

En cambio, nadie puede decir a ciencia cierra cómo será el gobierno del ingeniero de Bucaramanga. Pero no fue malo cuando fue alcalde, y es evidente que no es una mala persona. Lo peor que puede pasar es que las cosas no le salgan bien, y ya veremos en el 2026 con quién lo reemplazamos. Esa opción con el Cacas no existe. Además, ya nos ha ido tan mal con excelentes candidatos, que nada tendría de raro que nos fuera bien con Rodolfo.

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