fbpx
Periódico danés, El American

Periódico danés se disculpa por no haber cuestionado al Gobierno los datos del COVID

Ekstra Bladet, uno de los periódicos más importantes de Dinamarca, extrajo una de las lecciones más importantes del periodismo durante la pandemia

[Read in English]

Jon Miltimore *

Un periódico danés se disculpó ante sus lectores por no haber cuestionado más los datos y las narrativas del gobierno a lo largo de los dos primeros años de la pandemia.

El Ekstra Bladet, fundado en 1904, declaró que debería haber actuado con más diligencia a la hora de examinar las estadísticas y las conclusiones del gobierno antes de informar sobre ellos:

“Durante CASI dos años, nosotros —la prensa y la población— hemos estado casi hipnóticamente preocupados por la información diaria dada por las autoridades sobre el coronavirus”, escribió el periodista del Bladet Brian Weichardt. “La constante alerta mental nos ha desgastado enormemente a todos. Por eso nosotros —la prensa— debemos hacer también un balance de nuestros propios esfuerzos. Y hemos fracasado”.

Is Biden to Blame For The Dramatic Rise of Inflation?*
This poll gives you free access to our premium politics newsletter. Unsubscribe at any time.
Este campo es un campo de validación y debe quedar sin cambios.

En el mea culpa, que se hizo viral en Twitter a principios de este mes, Weichardt sugirió que el periódico debería haber hecho más preguntas sobre cómo los funcionarios de salud pública estaban tabulando los datos:

“NO HEMOS ESTADO LO SUFICIENTEMENTE atentos a la puerta de entrada del jardín cuando se exigía a las autoridades que respondieran a lo que realmente significaba que la gente estuviese hospitalizada con corona y no a causa de la corona. Porque eso marca la diferencia. Una gran diferencia. Exactamente, se ha demostrado que las cifras oficiales de hospitalización son un 27 por ciento más altas que la cifra real de cuántos hay en el hospital, simplemente porque tienen corona. Eso lo sabemos ahora.

POR SUPUESTO, son las autoridades las primeras responsables de informar a la población de manera correcta, precisa y honesta. Las cifras de cuántos están enfermos y murieron de corona deberían, por razones obvias, haberse publicado hace tiempo…”.



Los periodistas deberían haber evitado adoptar la retórica y la narrativa del Estado sobre la vacunación y los hospitales de Dinamarca, especialmente los superlativos que los acompañan, declaró Weichardt.

“A las vacunas se las llama constantemente nuestra ‘superarma’. Y a nuestros hospitales se les llama ‘súper hospitales'”, escribió. “Sin embargo, estos súper hospitales están aparentemente presionados al máximo, aunque casi toda la población está armada con una superarma”. 

Continuó:

“Incluso los niños han sido vacunados a gran escala, lo que no se ha hecho en nuestros países vecinos.

EN OTRAS PALABRAS, aquí hay algo que no merece el término “súper”. Si son las vacunas, los hospitales o una mezcla de todo ello, es una apuesta personal. Pero en cualquier caso, la comunicación de las autoridades a la población no merece en absoluto el término ‘súper'”.

Un monitor independiente del poder


La disculpa es un importante recordatorio de que el papel tradicional del periodismo ha sido ser “un monitor independiente del poder”, no un portavoz del poder.

“El periodismo tiene una capacidad inusual para servir como vigilante sobre aquellos cuyo poder y posición afectan más a los ciudadanos”, explica el American Press Institute (API) o el Instituto de Prensa Americano . “También puede darle voz a los que no tienen voz”.

Por esta razón, dice el API, es imperativo que los periodistas no se dejen “seducir por las fuentes” o “intimidar por el poder”. Esto significa no limitarse a regurgitar los datos y las palabras de los políticos y burócratas, sino analizarlos críticamente.

A lo largo de la pandemia, esto no ha ocurrido a menudo, y es un problema que va mucho más allá de Dinamarca.

En Estados Unidos, los medios de comunicación han tendido a considerar las declaraciones del Dr. Anthony Fauci, el principal asesor médico de la Casa Blanca, como una especie de evangelio. Nicolle Wallace, de la MSNBC, podría haber hablado en nombre de muchos cuando se definió como “una groupie de Fauci“.

El director de la NIH ha aparecido en más portadas de revistas que las que se puedan contar fácilmente, ha visto su vida como tema de una película biográfica de Disney y (en junio del año pasado) ha estado presente en no menos de 400 eventos con los medios de comunicación, a pesar de que su función no es de relaciones públicas.

La mayoría de los medios de comunicación se han mostrado tímidos a la hora de cuestionar o criticar a Fauci, a pesar de sus cambios de opinión sobre la pandemia, y se contentan con aceptar sus palabras. Algunos periodistas incluso parecen haber en los que se rebaten las narrativas problemáticas de los mensajes públicos de Fauci a petición de éste.

El propio Fauci ha adoptado un enfoque duro frente a quienes critican sus estrategias contra la pandemia.

“(….) están realmente criticando a la ciencia”, dijo Fauci en noviembre, “porque yo represento la ciencia”.

¿Cómo pasaron los medios de comunicación de cuestionar a los gobernantes a repetir lo que dicen como loros?

Una respuesta puede encontrarse en un artículo escrito por Michael S. Schudson, profesor de periodismo en la Universidad de Columbia, que explora el papel del periodismo en las democracias liberales.

Schudson, al igual que el American Press Institute, afirma que el primer trabajo del periodismo es informar la verdad (“poner la realidad por delante”, escribe). El problema, dice, es que hoy muchos no pueden ponerse de acuerdo sobre lo qué es verdad en una época que, para bien o para mal, es cada vez más relativista.

“La mayoría de los estudiantes de segundo año de universidad en su primera clase de filosofía entrarán con el argumento de que ‘todo es relativo’ y que ‘¡eso es sólo tu opinión!’ – ninguna investigación, argumento o discusión puede alterar nuestras ideas preconcebidas”, escribe Schudson. “Por eso los llamamos sofistas”.

Sin embargo, los estudiantes no creen realmente que “todo es relativo” y sus acciones lo demuestran, explica Schudson.

“Si su computadora no está funcionando, no rezan para que se arregle por intervención divina, ni tampoco le dan una patada a la computadora”, dice. “En su lugar, llaman al servicio técnico: acuden a los expertos”.

A los expertos, parece decir Schudson, es a donde acuden las personas y los buenos periodistas para saber qué es lo verdadero.

“Cuando la realidad llama insistentemente a la puerta, el compromiso prematuro con el ‘todo es relativo’ queda atrás”, dice. “Relativistas o modernistas o posmodernos, de izquierdas o de derechas: todos buscarán a los expertos”.

La sugerencia de Schudson de que los expertos son la fuente de la verdad y del buen periodismo parece defectuosa por dos razones. En primer lugar, no parece darse cuenta de que esta sugerencia crea una tensión evidente con el otro objetivo primordial del periodismo: vigilar y responsabilizar a los que están en el poder, no servir de portavoz para ellos.

En segundo lugar, Schudson, con cierta ingenuidad, parece pasar por alto la proximidad de los expertos al poder político. Tal vez simplemente no vea esto como un problema.

Al fin y al cabo, se tiende a considerar a los funcionarios públicos y a los expertos como altruistas y que actúan únicamente por el interés público. La teoría de la elección pública (y el sentido común), sin embargo, sugiere que esta visión es también ingenua; los individuos no se desprenden del interés propio simplemente porque trabajen para o en nombre del gobierno. (Véase más información sobre la teoría de la elección pública más adelante).

Schudson no se equivoca al afirmar que los periodistas deben recurrir a los expertos para ayudarnos a explicar el mundo, que es complejo. Pero ver a “los expertos” como la fuente última de la verdad paras los periodistas es una filosofía extraña, y pasa por alto lo que el Estado y los expertos harán para promover sus propios intereses, trabajando en conjunto.

El economista Murray Rothbard explicó, en un lenguaje colorido, cómo funciona esta danza lasciva entre el Estado y los “intelectuales de la corte” -expertos, profesores, periodistas, etc.

“Como su gobierno es explotador y parasitario, el Estado debe comprar la alianza de un grupo de ‘intelectuales de la corte’, cuya tarea es embaucar al público para que acepte y celebre las reglas particulares de su Estado”, escribió Rothbard en un ensayo de 1976. “A cambio de su continua labor apologética y de embaucamiento, los Intelectuales de la Corte se ganan su posición como socios juniors en el poder, el prestigio y botín extraído por el aparato estadal al público engañado”.

Cuando los periodistas dicen que “los expertos dicen” se ha convertido en un signo revelador de la propaganda, se refieren al fenómeno descrito por Rothbard.

No se trata de impugnar la experiencia de los expertos. (Que yo sepa, pocos cuestionan la experiencia del Dr. Fauci como epidemiólogo. La principal queja contra Fauci es que ha ido mucho más allá de su papel de asesor médico).

Solo quiero decir que los periodistas (y los ciudadanos) deberían reconocer su proximidad al poder y a la influencia y darse cuenta de que los expertos, al igual que los políticos, no se desprenden de sus propios intereses simplemente por el trabajo que realizan. Las estadísticas y comentarios de los expertos deben ser examinados, diseccionados y discutidos, no tratados como un evangelio ni utilizados como prueba prima facie de políticas coercitivas. (Como señaló una vez el economista Ludwig von Mises, no existe el “deber en la ciencia”; la ciencia solo puede decirnos lo que se es).

El periódico danés Ekstra Bladet parece haber aprendido algunas de estas lecciones durante la pandemia.

Esperemos que otros medios de comunicación a nivel mundial hagan lo mismo.

Previous Article
Trudeau, El American

Rebelión en Canadá contra la tiranía sanitaria de Trudeau

Next Article
Victor Hugo, El American

La notable actualidad de la pluma de Víctor Hugo

Related Posts
Total
0
Share