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Perú se suma a estabilizar a narcotiranía chavista

Los peruanos harían bien en asumir mayor cautela y atención a los pasos que el régimen de Pedro Castillo está dando para cooperar con la supervivencia y la expansión de este letal poder

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Con la justificación de que coordinarán para repatriar a miles de personas (¿los venezolanos retornarán a su país en agudo y persistente colapso?) y que “comprarán al Perú un conjunto de productos para los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, CLAP” —un esquema socialista de asistencia alimentaria y de compras estatales con denuncias incluso internacionales de megacorrupción—, Pedro Castillo y Nicolás Maduro se reunieron en México aprovechando la cumbre de la CELAC.

El efecto político de esta casi subrepticia reunión está aún por verse internamente. La Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso ha pedido explicaciones. Sin embargo, hacia afuera confirma un asunto que no pocos negaban —sobre todo durante la segunda vuelta electoral—: el realineamiento de Perú a favor del castrismo chavista en el tablero mayor de juego geopolítico regional. Algo se veía venir en esta suerte de subestimación —quizá hasta de complicidad— de riesgos.

El mismo “centrista” expresidente Francisco Sagasti desestimaba los peligros: “Temer un eje La Habana-Caracas-Lima es desconocer cómo funcionan las cosas”, decía relajado en julio de este año. Antes, el exmandatario Martín Vizcarra intentó hacerse de la secretaría de la OEA en 2019 para retirar a Venezuela del “centro de atención” de los problemas regionales urgentes; e impulsó la candidatura de Cuba nada más y nada menos que como miembro para el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en 2020. Como vemos, han habido y existen aún supuestos y autoetiquetados “centros políticos” más bien funcionales a los extremos. ¿Los movimientos que hoy el gobiernismo prosenderista y prochavista está efectuando en política exterior representan a todos los peruanos?

Las resistencias a estos realineamientos ideológicos y políticos con uno de los esquemas dictatoriales y continentales más siniestros de los últimos tiempos pueden ir creciendo entre la población. Y alimentarán sin duda el espiral de conflicto nacional peruano. ¿Desconoce Castillo, su cancillería y su premier que la Corte Penal Internacional (o Tribunal de la Haya, Holanda) abrirá formalmente una investigación en contra de Maduro y la alta jerarquía civil y militar del chavismo por crímenes de lesa humanidad a partir del año 2017? La cabeza de Maduro, por cierto, tiene ya recompensas activas. Son US$ 15 millones lo ofrecido por la Fiscalía General y la Agencia Antidrogas americana, DEA.

Maduro es considerado —junto a Diosdado Cabello y otros como el ministro Tareck El Aissami por quienes se ofrece $10 millones de recompensa— líder de un cártel de drogas, “Los Soles”, en colaboración con la narcoguerrilla colombiana de las FARC desde 1999. Desde que el chavismo se adueñó del poder en Venezuela, el Perú tuvo cierta distancia en no darle soporte directo (salvo en 2013 cuando la dupla presidencial Heredia-Humala y vía UNASUR legitimó a Maduro en Lima en medio de serias acusaciones de fraude electoral). La plaza peruana fue dura de conquistar para la resiliente red de extrema izquierda transnacional. Mucho hizo, para mantener esa distancia —ahora relajada— la presión de la opinión pública. No solo se estaba ante una obvia tiranía política en funciones que agredía y violentaba todos los derechos humanos y libertades, sino que había adoptado —y sigue haciéndolo— una abierta lógica criminal y delictiva del poder.

Así, llegaron al Perú más de un millón de venezolanos. Cuando hoy esa distancia con el chavismo se achica por decisión del prosenderismo presidencial instalado en la Casa de Pizarro en Lima, lo que acontece —simple de forma pero determinante de fondo— es que se ayuda así a su “estabilización” externa (traicionando los anhelos de liberación ciudadana y de las reales oposiciones democráticas llaneras); a la oxigenación no solo de un simple o tradicional régimen despótico de signo político, también de un proyecto conectado a oscuras redes criminales de dimensión transnacional.

Hay que repetirlo: el chavismo es un proyecto de poder de largo alcance que no solo se fortaleció sobre la base de un “proceso revolucionario” e ideológico, sino que además, en ese andar, llegó a forjar colaboraciones tácticas y reales vínculos estratégicos tanto con el narcotráfico como con el terrorismo internacional. Los peruanos harían bien en asumir mayor cautela y atención a los pasos que el régimen de Pedro Castillo está dando para cooperar con la supervivencia y la expansión de este letal poder.

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