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Perú en vilo tras presidenciales

Las denuncias de Fujimori por una parte y la anticipada declaración de ganador por parte de Castillo, llevan a la tensión al máximo

Hoy abriré estas líneas con un viejo adagio popular que solía decir mi madre, “nadie aprende con cabeza ajena”. Efectiva e infelizmente, eso fue lo que ocurrió con los hermanos peruanos de concretarse la victoria en las presidenciales del maestro de escuela y sindicalista castro-chavista, Pedro Castillo.

Aunque ciertamente no todo está dicho, según el último resultado parcial emitido por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) del Perú, con el 99.20 % de las actas contabilizadas, Pedro Castillo acumula el 50.20 %, en tanto Keiko Fujimori con 49.79 %, es decir, una diferencia de menos de 1 %.

En medio de ese estrechísimo margen, el pasado miércoles por la noche la candidata Fujimori de Fuerza Popular dio una breve, pero impactante rueda de prensa, allí denunció fraude por parte de Perú Libre (la tolda de Castillo) en 812 mesas y falsificaciones de firma en 503 Actas Electorales, lo cual afecta a más de 100,000 votos. Paralelamente a ello, Castillo en una franca demostración de irresponsabilidad anunció a sus seguidores que ya ha recibido felicitaciones por parte de gobiernos y embajadas, cuando oficialmente no ha sido proclamado como ganador.

Las denuncias de Fujimori por una parte y la anticipada declaración de ganador por parte de Castillo, simplemente llevan la tensión y la crispación al máximo en un Perú ya bastante polarizado. Pero lo que si resulta claro, que de avanzar las impugnaciones, no todo está definido en Perú y aún queda abierta la brecha para un desenlace a favor de Fujimori.

Independientemente del resultado a favor o no de Castillo, los números que ha obtenido, poco más de 8 millones de votos, dejan en claro ese masivo apoyo del electorado peruano hacia el candidato castro-chavista, no se debe a la falta de sabiduría del pueblo o por desconocimiento de la harto difundida crisis venezolana, de la cual, Perú ha sido uno de los países de una alta captación de migración venezolana, con más de 1 millón de almas residenciados allí. En las siguientes líneas, voy a tratar de abordar las causas estructurales de ese exitoso florecimiento de la izquierda radical en el Perú este domingo.

Lo primero que debemos considerar, es que el Perú viene de una prolongada crisis política que inició ya en los tiempos de la presidencia del ingeniero Luís Alberto Fujimori, quien dio un auto-golpe y cerró el Congreso Nacional, quebrando la débil democracia peruana desarrollando un Gobierno fuertemente autoritario. Aunque redujo significativamente al grupo terrorista-leninista Sendero Luminoso, encerrando a su líder Abimael Guzmán. Fujimori, víctima del personalismo, se quiso perpetuar en el poder mediante sobornos ejecutados por su hombre de confianza, Vladimiro Montesinos. Una vez descubierto, el escándalo obligó la renuncia del mandatario, la cual hizo vía fax desde  Japón el 19 de noviembre de 2000.

De allí en adelante, los todos los mandatarios que sucedieron a Fujimori, tales como Alejandro Toledo, Alan García, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Martín Vizcarra están bajo procesos penales por corrupción, ni hablar fiscales generales y magistrados de la Corte Suprema de Justica. En crudo, en la cúpula institucional del Estado ha sido víctima de funcionarios inmersos en prácticas delictivas, redes de corrupción que colindan con el crimen organizado, lo cual ha derivado en un estado casi permanente de crisis de gobernabilidad desprestigio institucional.

A la par, la pobreza ha crecido en el país, según datos de la agencia de noticias EFE para el 2020 un tercio de la población peruana vive bajo la línea de pobreza. Si a ello le sumamos el nefasto impacto del virus chino, que a la fecha y según datos de la Universidad de John Hopkins, tiene poco menos de 2 millones de casos y 186,511 muertes. Por otro lado, la vacunación, ha sido muy pobre, apenas un 4.12 % de la población está completamente inmunizada, por lo que la gran mayoría ha quedado abandonada a su suerte en un sistema de salud pública completamente precario.

Todo lo antes expuesto, sin duda alguna, constituye el caldo de cultivo perfecto para engendrar un sentimiento de odio no a Keiko, sino a la política en general. Los peruanos, al igual que los venezolanos en 1998, erróneamente sienten que la democracia y la política tradicional no ha respondido satisfactoriamente a sus demandas, la venganza hacia el sistema y los políticos ladrones e indolentes, la encarna perfectamente Castillo, quien en caso de concretarse su victoria dará luz verde a su agenda neocomunista ampliamente expuesta a lo largo de la campaña electoral.

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