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La pobreza de la Economía del Desarrollo

Economía del desarrollo, El American

A cada año que pasa los economistas aquejan mayores dificultades para responder a los interrogantes más acuciantes de los Estudios del Desarrollo (ED). En lugar de despejar dudas sobre cuestiones fundamentales tales como si la ¿Ayuda ayuda?, entierran la cabeza entre el lúgubre marasmo de opciones que le brinda una disciplina tostada por la hiperinflación de hipótesis y conjeturas.

Aferrada a un optimismo efervescente que abandera el flamante teórico de Columbia Jeffrey Sachs pasa por un clima de férreo escepticismo bajo la pluma de W. Easterly cuando no de insólito negacionismo para instalarse bajo las turbias aguas del “no sé, depende, a condición de” que va desde el Oxford de Collier hasta los estudios de caso de Banerjee y Duflo.

El síntoma es siempre el mismo: los ED no son un ejercicio de manipulación sino de descubrimiento de realidades. Por eso mismo tiene que partir de ella y mantenerse en contacto directo con ella en actos de comprensión en lugar de enrocarse bajo esquemas mecánicos o ideológicos. Para eso hay que percatarse que los ED no son una ciencia enteramente de fines como se puede dar a entender en los estudios de Ética de los que bien le haría, por cierto, el hallazgo de juicios autoevidentes tales como la ayuda al desarrollo incrementa la formación bruta de capital y la inversión productiva. Tampoco es una ciencia de medios como obra el arte de la Política a la hora de decantarse por una u otra estrategia militar.

Los ED son una ciencia de medios y de fines, y de fines y de medios. He aquí que salta la paradoja: al desarrollo no se llega, en el desarrollo se está, y, sin embargo, solo se puede estar si se ha hecho desde el desarrollo: esto es, o hablamos de una vida auténtica en desarrollo o nada en el desarrollo acaba siendo auténtico. Tenemos entre manos una cuestión del todo particular y resolverla nos exige maniobrar también de un modo diferente.

Hasta ahora no se ha hecho y las alternativas arrojadas a la mesa aspiran mucho más a cambiarlo todo para que nada cambie realmente. Veámoslas brevemente. Por un lado, nos hemos abrazado a los Estudios del Posdesarrollo que encumbraron embaucadores del tipo de Arturo Escobar. Cansados de identificar las goteras que se desprenden de las teorías clásicas e impedidos para imaginar lo que sería una teoría definitiva del desarrollo se contentaron con cuestionar el desarrollo mismo ¡pura invención!, exclamarían. Y así, entregados a la celebración de alternativas al desarrollo (indigenismo, buen vivir, etcétera) que en ningún caso han arrojado luz a lo conocido y aún peor han oscurecido las mejoras en bienestar y justicia social hasta entonces alcanzadas, ha visto luego su influencia desprestigiada por la economía experimental. ¡No se vengan arriba!, tampoco aquí se esperan mejores noticias.

Las actividades humanas no encajan en un laboratorio ni pueden someterse a su mecánica sin verse deformadas. El desarrollo económico no es un ejercicio de reproducción sino de evolución. Fruto de ello es la necesidad interna para verse siempre aplazado en su realización. Al desarrollo no se llega; se va llegando y no hay territorio lo suficientemente próspero que diga basta a unas décimas adicionales de crecimiento.

Sin embargo, su aparición en escena la ejerce con buena letra cuando disputa con eficacia la más que controvertible validez de las tesis universalistas. Ni los presupuestos teóricos (trampa de ahorro, demográfica y de producción) ni los mecanismos sociales que aspiran a doblegarlas (un “gran empujón” de cien mil millones de dólares) penetran un ápice en la auténtica corteza del desarrollo. Y no solo porque la realidad no pueda ser comprimida a la destreza de ninguna partida ideológica como chapuceramente lo cree Sachs sino porque la naturaleza de la primera es incompatible con la de la segunda.

Ya hemos advertido que la realidad del desarrollo no se acomoda ni a la astucia de la razón ni a su sospecha. Aunque la economía experimental ha abierto al ridículo a los que se atreven a silenciar el misterio del desarrollo con una palabra desde lo alto de sus cátedras, hacer de la experiencia un simple experimento tampoco hace mejor nuestro entendimiento sobre el desarrollo de las sociedades. Y en esto, razones hay muchas todas derivadas de este eterno principio. Las hay, por decir, de naturaleza operativa. Por ejemplo, la validez de las condiciones del experimento son siempre inestables pues no solo se hace problemático qué mejores personas sean objeto de control y qué otras lo sean de tratamiento antes es imposible igualar las condiciones en el laboratorio de las que quedaron fuera.

Por razones de eficiencia la economía experimental se ve altamente aquejada por una honda desconfianza en sus aspiraciones para explicar las causas del desarrollo. Si los más grandes asuntos de la economía del desarrollo deben ser reformulados a partir de otros menos ambiciosos a todo fin de servir a la repetición controlada del experimento, nunca podremos extraer de sus indagaciones ese océano de saber que sacie de manera general y definitiva tales pretensiones. Millares de evaluaciones llevadas a cabo con el noble fin de identificar la efectividad de la ayuda no han sido suficientes para aclarar ni en lo más mínimo en qué condiciones podríamos esperar una reducción de la pobreza o un impulso en el desenvolvimiento económico. Su propósito castigado por un sinfín de excepciones se hace corto de miras; sus resultados también.

Ante esta situación ¿qué hacemos para elevar la dignidad de nuestra disciplina? Viajar. Sí viajar, sacudir nuestra pereza y hacer de la profesión de economistas del desarrollo una auténtica vocación. ¿Qué muchos ya viajan? Mentira. Muchos pavonean el trasero de un sitio a otro llevando consigo los prejuicios y costumbres que han perfeccionado entre los manuales de texto que aprendieron y las butacas universitarias donde se intoxicaron.

Una crisis de imaginación asola la disciplina del desarrollo y el descrédito creciente se apodera de nosotros los economistas. Desconfía del experto que ha decidido hacer carrera haciéndose youtuber sin abandonar sus cuatro paredes, ese solo podrá ofrecerte algún truco de manos, embaucarte con algunas cifras, pero siempre entregado en hacerse una vida antes que en desentrañar el misterio de la vida no oirás ninguna verdad salida de su boca.

Si la vocación llenara sus preocupaciones, entonces, haría por saber que el secreto del desarrollo económico no reposa en ningún conejo sacado de la chistera sino en la forma en la que las personas han aprendido a relacionarse con lo que no es de su incumbencia. Solo el hombre capaz de empatizar con las alegrías y las penas ajenas estará en mejor disposición para enfrentar las propias y con ello hará, sin saberlo, más prósperos a sus semejantes. El interés personal ya no reñirá con el bienestar de todos, más bien se harán complementarios.

Competir no será extraer sino refinar, innovar elevar antes que entretener, mercadear esparcir en lugar de usurpar. Todo el esfuerzo empeñado en sacar adelante las necesidades será espontáneamente aprovechado por los demás para con el mismo objetivo y así reproduciendo esta disposición hará floreciente los rendimientos sociales y prósperos los beneficios económicos.

Así las cosas se comprenderá que la única Ayuda que ayuda es la que no es Ayuda; entendido esto como aquel trabajo dirigido por la condescendencia que solo es humillación para el que lo recibe y distorsión para su raquítica economía (síntomas: enfermedad holandesa, dependencia financiera, asistencialismo tecnológico, incentivos perversos, etcétera).

Que la pobreza no atiende a un asunto de falta de recursos como se empeñan en defender los economistas apoltronados cuanto de una deformación entre los mismos es algo evidente cuando se la estudia de cerca. En ninguno de los países en desarrollo que he experimentado bien de cerca ha sobresalido algún problema de recursos aunque sí con los recursos; la pobreza nunca ha sido un asunto de personas (con más o menos capital humano) ni de cosas (productivas) sino entre las personas y entre las personas y las cosas; es decir, hablamos de una cuestión moral.

Desde la falta de una refinada cultura del ahorro familiar como de la planificación racional de recursos propios y ajenos entre otros; estos países en desarrollo quedan atascados en las soluciones que le ofrecen los mismos países donantes y ven parir a cada instante de su seno aquellas relaciones desgraciadas que refrenan los buenos usos y costumbres con los que la historia ha demostrado que la riqueza es siempre riqueza en el ser y no en el tener. ¡Pobreza! Sacúdete y edúcate.

Antonini de Jiménez es doctor en economía y ha fungido como profesor universitario en Camboya, México y Colombia (actualmente es profesor en la Universidad Católica de Pereira). Trotamundos infatigable y lector sin escrúpulos // Antonini de Jiménez has a PhD in economics and has served as a university professor in Cambodia, Mexico and Colombia (he is currently a professor at the Catholic University of Pereira). He is a tireless globetrotter and unscrupulous reader.

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