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Rusia, El American

¿Es posible detener a la invicta Rusia ante su inminente avance predatorio?

Los tiempos difíciles que estamos viviendo, exigen líderes y ciudadanos comprometidos con defender lo que hemos logrado en las últimas décadas y con enfrentar a los autoritarios

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Por Carlos Augusto Chacón Monsalve *

No fue el fin de la historia, como Fukuyama pensaba. La democracia liberal occidental no terminó por universalizarse como “la forma final de gobierno humano”. Los Estados autoritarios resurgieron, incrementando su poder político, económico y militar, al tiempo que las democracias liberales fueron cediendo poder, influencia y capacidad de contención y disuasión.

Contrario a lo que se suponía serían las tendencias democratizadoras, Estados autoritarios como Rusia han actuado para avanzar en la consecución de sus intereses de expansión territorial y para confrontar y reconfigurar el orden internacional vigente, basado en reglas, es decir, en normas claras y respeto a la soberanía, independencia e integridad territorial.

George Kennan —más recordado por su famoso telegrama largo, que firmó con el seudónimo de Mr. X en la revista Foreign Affairs en 1947— advirtió que frente a los intereses de los soviéticos era necesario mantener una política de “contención a largo plazo, paciente, pero firme y vigilante de las tendencias de expansión rusas”. Tendencias que se mantienen y avanzan ante el apaciguamiento de los países de Occidente y ante la inacción de las organizaciones del sistema internacional supuestamente creadas para garantizar la paz y la estabilidad mundial.

Las agresiones, intervenciones, anexiones y acciones rusas en contra de los países de Europa del Este y Central, y de sus operaciones en otros países como Siria, quedaron sin una respuesta contundente por parte de Occidente y eso fue tomado como un mensaje de debilidad y una invitación a seguir avanzando, entre otras razones, porque Rusia no ha sido derrotado cuando ha usado su poder militar para alcanzar sus intereses y porque las tácticas de guerra híbrida no han sido internalizadas como parte de la doctrina de la Organización del Tratado del Atlántico Norte —OTAN— y sus Estados miembros.

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Ante esta realidad, Rusia está amenazando nuevamente con hacer uso de la fuerza y la violencia para desestabilizar Ucrania al tiempo que reta a Europa y Estados Unidos para lograr imponer los que consideran sus intereses estratégicos. Bajo el pretexto del Kremlin de poner fin a la expansión de la OTAN, Rusia espera garantizarse una esfera de influencia y control de un territorio que comprende Bielorrusia, Ucrania y Georgia, impidiéndoles ejercer su independencia y soberanía, e imponiéndoles el tipo de relaciones económicas, comerciales y militares que pueden o no tener con otros países.

Esta nueva acción que incluye la movilización de más de 110 mil militares rusas a la frontera, usando incluso el territorio de Bielorrusia, es un acto de guerra convencional, con consecuencias devastadoras para el pueblo ucraniano, que bastantes tragedias ha vivido a manos de los rusos como el Holodomor, y con implicaciones para la estabilidad de Europa y Occidente de largo plazo.

De acuerdo con el Center for Economics and Business Research, entre 2014 y 2020 la guerra rusa le ha costado a Ucrania $280 mil millones de dólares en PIB perdido. La anexión de Crimea representa una pérdida de hasta $58 mil millones de dólares en PIB perdido. La pérdida acumulada de producción en Donbas, que abarca Donetsk y Luhansk, asciende a $102 mil millones de dólares.



No es solo la guerra convencional. Desde hace décadas Rusia viene desplegando tácticas de guerra híbrida, apoyando a los rebeldes pro-rusos en el Este de Ucrania, desplegando campañas de desinformación y fake news, tanto dentro como fuera de Ucrania. Estas han incluido desde la interferencia en las elecciones presidenciales en 2014, pasando por la anexión de Crimea en 2014 —en la que se pusieron en marcha operaciones de bandera falsa para crear un casus beli que justifique la guerra— hasta la conformación y apoyo de insurgencias pro-rusas que ayudan a consolidar las tácticas híbridas de desestabilización del Gobierno ucraniano.

Desde 2014, Vladimir Putin y Dmitry Medvedev pusieron en marcha una campaña de propaganda en contra de los líderes ucranianos. Particularmente desde 2019 el Kremlin ha intentado desestabilizar el gobierno de Volodymyr Zelensky y tratar de imponer un gobierno pro-ruso. Forjaron y posicionaron una narrativa para deslegitimar la decisión de Ucrania de hacer parte de la OTAN. No han faltado las acusaciones de corrupción y de estar al servicio de los intereses extranjeros.

Rusia lleva años creando zonas grises que ha aprendido a controlar (Crimea y Siria), conformando y apoyando insurgencias, promoviendo la convergencia de redes criminales para deteriorar el control territorial y la legitimidad de los gobiernos de los Estados objetivo, poniendo en marcha campañas de inteligencia, contrainteligencia y de desinformación.

Si la OTAN, sus miembros y el resto de los Estados democráticos mantienen una actitud de apaciguamiento, diálogo y concesiones, sin un compromiso serio de Rusia de respetar la independencia e integridad territorial de Ucrania, el Kremlin seguirá retando a Occidente a revisar el orden internacional mediante las amenazas de la fuerza militar.



Es momento para un liderazgo político, diplomático y estratégico que entienda la complejidad del escenario actual, y que sea capaz de disuadir y contener a Rusia, respondiendo con firmeza para exigir respeto a la soberanía de sus vecinos.

También es necesario aunar esfuerzos y exigir compromiso de la mayor cantidad posible de los Estados democráticos de Occidente, para desplegar acciones que conjuguen la disuasión por castigo, como las sanciones económicas y el aislamiento político y diplomático, y la disuasión por negación, apoyando a Ucrania para que desarrolle las capacidades que se requieren para enfrentar a Rusia tanto en lo convencional como en lo asimétrico o irregular. 

Es urgente dotar a los ucranianos de los medios para pelear en un escenario de confrontación donde la superioridad rusa debe confrontarse mediante insurgencias y tácticas de guerra de guerrillas, para lo cual, se requiere cooperación en materia de inteligencia y material bélico como las minas, los Dispositivos Explosivos Improvisados (IED en inglés) y los drones pequeños.

Se trata de impedir una victoria rápida, limitar las posibilidades de control por un largo periodo de tiempo de los territorios invadidos, incrementando los costos de mantener tropas rusas en terreno ucraniano, sumado a las sanciones económicas y la acción de las insurgencias sean cada vez más elevados para Rusia y conlleven un desgaste político para Putin.

Además, será fundamental documentar los crímenes de guerra contra el pueblo ucraniano para denunciarlos ante la Corte Penal Internacional y para mostrarle al mundo los horrores de una guerra injusta promovida por un régimen autoritario al que muchos en Occidente romantizan y hasta han llegado a admirar.

Entender lo que viene sucediendo en Ucrania es importante para América Latina y en especial para Colombia. La influencia de Rusia en la región se ha afianzado simultáneamente con el proceso de consolidación del régimen autoritario en Venezuela en las últimas décadas.

No es de extrañar que los Estados autoritarios como Rusia (además de otros como China, Irán y Turquía) mantengan y profundicen relaciones con gobiernos populistas y socialistas de América Latina, especialmente con Venezuela; un país que terminó convertido en un Estado criminalizado, gobernado por una élite corrupta, opresiva y determinada a mantenerse en el poder por décadas. Para lograrlo, han cedido soberanía territorial para servir de teatro de operaciones para la proyección de poder geopolítico de los actores extra regionales como Rusia.

Resulta oportuno recordar que, además de tener acuerdos militares con Rusia, el régimen de Miraflores está comprometido en desafiar el orden internacional, extender su proyecto político y económico de socialista a toda la región latinoamericana y confrontar a Estados Unidos. Para esto ha puesto en marcha, desde la época de Hugo Chávez, una doctrina de guerra asimétrica y con tácticas de guerra híbrida que ha perfeccionado gracias a la asistencia rusa con armamento, inteligencia y capacidades para la guerra cibernética.

Esta alianza de Estados autoritarios se fundamenta en los intereses compartidos de crear y consolidar un teatro de operaciones, no para desplegar una amenaza convencional, como ocurrió con la crisis de los misiles en la Cuba de Fidel Castro en 1962, sino para consolidar zonas grises en un territorio en el que se desdibujan las fronteras y las redes criminales controlan las economías ilícitas y a la población.

Esto les permite avanzar en una guerra de baja intensidad o de cuarta generación, desestabilizando países como Colombia desde adentro, al tiempo que avanzan en las tendencias expansionistas, usando la narrativa de la reivindicación de reclamos territoriales, que tendrán como precedente lo que pasé con Ucrania en los próximos días.

La historia del siglo XX dejó como enseñanza que cuando los Estados democráticos son ingenuos o apaciguadores con los regímenes autoritarios, estos terminan por llevar al mundo a largas guerras. Frenar a Putin ahora es fundamental para Ucrania, y también para países como Colombia, que sin proponérselo se ha convertido en un objetivo estratégico para la alianza de Estados autoritarios que quieren crear una región inestable, para lo cual, están desplegando diversas tácticas, que dependen del contexto para implementarse.

Por un lado, es indispensable entender a profundidad lo que está pasando en la zona de frontera colombo-venezolana, que actualmente vive un recrudecimiento de la violencia armada por parte de grupos criminales como el ELN y las llamadas disidencias de las FARC, que ya no solo tienen una retaguardia estratégica o santuario en Venezuela, sino que operan en ambos lados de la frontera y controlan las economías ilegales con la anuencia del régimen de Maduro, y que convergen con otros actores criminales como Hezbollah y carteles de la droga mexicanos.

En el actual contexto preelectoral colombiano, será necesario actuar para mitigar los riesgos que surgen frente a las acciones y campañas de desinformación que Rusia pueda desplegar para influir en las elecciones presidenciales, con el fin de ayudar a que gane un candidato afín al régimen de Maduro y a la visión política de grupo de los Estados autoritarios.

En estos tiempos de incertidumbre, cuando evidenciamos que los enemigos de la libertad siempre estuvieron allí, esperando a que las democracias liberales flaquearan y se debilitaran ante las narrativas iliberales, resulta oportuno recordar a Ludwig von Mises, quien en su obra “La Acción Humana” sentenció: “Quien ame la libertad debe hallarse siempre dispuesto a luchar hasta la muerte contra aquellos que solo desean suprimirla”.

Los tiempos difíciles que estamos viviendo, exigen líderes y ciudadanos comprometidos con defender lo que hemos logrado en las últimas décadas y con enfrentar a los autoritarios que amenazan una vez más con llevar al mundo a la tragedia humana que significa la guerra.

A pesar de que Putin ha anunciado un retiro paulatino de las tropas que desplegó en la frontera con Ucrania, es fundamental mantenerse vigilantes de las acciones que desplegará en distintos escenarios para continuar avanzando en su objetivo de reconfigurar la arquitectura de seguridad de Europa y de imponer un gobierno pro-ruso en Ucrania.


Carlos Augusto Chacón Monsalve es abogado, magíster en Seguridad y Defensa Nacionales, magíster en Estudios Políticos e Internacionales, especialista en Integración Regional. Director Académico del Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga.

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