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Pogromos woke

Las redes se quedan atrás. De la turba mediática a la de las calles: crímenes de odio en Diamond District y en Beverly Grove. Una sinagoga vandalizada en Skokie y otra en Salt Lake City

Los pogromos parecen cosas del pasado, pero no lo son, tristemente. Y ya no en Medio Oriente o bajo algún sistema totalitario, que alienta los linchamientos como política de Estado. Ocurre en el corazón de Occidente. En los barrios más cosmopolitas y modernos de Estados Unidos: turbas contra judíos en Nueva York, Los Ángeles o Chicago.

El peligro de este nuevo ánimo antisemita es que es estimulado desde la propia vanguardia política y cultural americana. Esa que ya hace años alzó las antorchas y emprendió la cacería.

La cultura woke viene siendo peligrosa desde hace mucho. Su herencia es la cancelación, el revisionismo histórico y la cursilería en toda discusión, que nos deja un mundo frágil y pusilánime. La corrección política. La necedad de restringirnos obscenamente para evitar la ofensa. Un puñal contra la libertad de expresión.

Pero del linchamiento mediático se pasa rapidito al linchamiento real, el ávido de sangre y destrucción. Entonces Hollywood y el Partido Demócrata instaló la idea de que el conflicto árabe-israelí empezó hace unos meses, que no existe el pasado y que las partes ya están bien dibujadas: Israel, como Estado agresor; y los palestinos, como víctimas de la potencia judía. Nunca existió 1917, 1948 o el 67. Nunca existieron las intifadas, las masacres y atentados contra judíos. En el imaginario woke, Israel empezó todas las guerras, no fueron los árabes fundamentalistas que nunca han concebido la idea de que exista un Estado judío en Medio Oriente.

Describe muy bien Suzy Weiss en Tablet Magazine el peligroso ambiente que está tomando las calles de las ciudades de Estados Unidos: la izquierda, que acordó que el Estado de Israel es el victimario, quiere forzar a los judíos a avergonzarse de lo que son, de sus familiares, de su historia. A odiarse a sí mismos. Y entonces vemos expresiones como las de la comediante Sarah Silverman, cuya propia hermana es rabina en Jerusalén, diciendo que los judíos «no son el Estado de Israel». A Seth Rogen asegurando en el podcast de Marc Maron que lo «llenaron de mentiras» sobre Israel cuando era niño. Al director de comunicaciones de la antisemita Ilhan Omar, el judío Jeremy Slevin, confesando en Twitter que le avergüenza su educación y que creció en un ambiente «sionista».

El problema de que el antisemitismo estructural, ahora palpable e intenso, se convierta en bandera de la cultura woke es que termina acorralando a todos hasta el punto de forzar a quienes deberían de ser voces afines a la defensa de Israel a someterse completamente al relato distorsionado de la izquierda. Judíos, con millones de seguidores, por Hamás.

Como Andrew Yang, quien siendo del Partido Demócrata se atrevió a alzar la voz por los judíos pero luego tuvo que disculparse y retractarse ante el asedio de sus camaradas.

Las redes se quedan atrás. De la turba mediática a la de las calles: crímenes de odio en Diamond District y en Beverly Grove. Una sinagoga vandalizada en Skokie y otra en Salt Lake City. Y no lo cubren ni el New York Times ni el Washington Post. Que ni se les ocurra hacer quedar a los judíos, perseguidos bajo el alarido de Allahu Akbar, como víctimas.

Pogromos woke. Linchamientos cool, progres. Cobijados bajo la extrema-tolerancia que ya arrastra varias víctimas consigo. Pero no importa, al menos alzan las banderitas de la causa trans: ¡vivan Hamás, los gays, las mujeres y abajo Israel!

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