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Las políticas identitarias niegan la pluraridad humana

No eres tu color de piel: 3 argumentos sobre las políticas identitarias

Las políticas identitarias dividen a las personas entre opresores y oprimidos, manipulando identidades al servicio de la izquierda y negando la pluralidad humana

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Las “políticas identitarias”, según las cuales los aspectos externos (la raza, el sexo, etc.) definen la personalidad, el valor, la culpabilidad o inocencia de los seres humanos, se han convertido en una de las modas más peligrosas dentro del debate público, particularmente en los Estados Unidos, donde son impulsadas por la maquinaria cultural y política de la izquierda partiendo del concepto de interseccionalidad.

En términos generales, la interseccionalidad plantea que la identidad de los seres humanos puede distinguirse a partir de una serie de ejes que dividen privilegio y opresión; por ejemplo: blanco/de color, hombre/mujer, heterosexual/homosexual, cisgénero/transgénero. Dependiendo de su posición en estos ejes, las personas se convierten automáticamente en privilegiados u oprimidos.

Es evidente el atractivo de esta teoría para el activismo político, pues brinda automáticamente una serie de víctimas y de enemigos contra los cuales dirigir la colectiva ira justiciera. Sin embargo, también es profundamente venenosa, porque caricaturiza hasta el absurdo realidades mucho más complejas, porque implica en sí misma un acto de segregación y porque se ha convertido en una herramienta de manipulación política, especialmente desde la izquierda.

3 argumentos en contra de las políticas de identidad

PRIMERO. La identidad humana es demasiado compleja como para reducirla a un modelo estandarizado de opresor/oprimido. Sin importar cuántos ejes se añaden al modelo interseccional, nunca serán suficientes para capturar los infinitos matices de los seres humanos.

En la vida real el nivel de “privilegio” u “opresión” no solo variará de persona a persona (por más que se parezcan físicamente) sino también de momento a momento, por lo que, ni todas las personas blancas son igualmente privilegiadas, ni lo serán siempre en la misma medida. Por ejemplo, ser blanco definitivamente implicaba un privilegio si querías debutar con éxito en los cotillones de alta sociedad en Los Hamptons hace 50 años, pero definitivamente será menos beneficioso si te encuentras perdido en un barrio del sur de Chicago.

Esos ejemplos pueden sonar exagerados, pero ilustran un hecho que de forma más sutil se refleja en nuestra vida cotidiana: los roles y privilegios son dinámicos y dependen del contexto. Una persona qué está en posición de privilegio al interior del salón de clases, debido a sus amplios conocimientos, queda automáticamente en desventaja en el momento en que la interacción se traslada al campo deportivo. Una persona que tiene posición de privilegio en la oficina bien podría volverse vulnerable al llegar a casa o incluso al salir a la calle.

De The Big Bang Theory a Un Detective en el Kinder, esa premisa funciona porque en el fondo sabemos tiene una base real. En otras palabras: It’s funny because it’s true.

Las políticas identitarias no entienden que el camino y la identidad de cada persona es único.
Las políticas identitarias no entienden que el camino y la identidad de cada persona es único. Imagen: Unsplash

SEGUNDO. Quienes defienden interseccionalismo y las políticas identitaria eligen arbitrariamente algunas condiciones (raza, género, etc.) y las promulgan como los elementos definitivos de la identidad humana, sin tomar en cuenta que hay muchísimas otras características que le dan forma a nuestra identidad, y que el compartir un rasgo externo o una preferencia no significa que las personas sean iguales en el resto de su personalidad o decisiones.

Se habla de la necesidad de “cuotas” para ciertos grupos arbitrariamente definidos, prometiendo que estas garantizarán la representación de la diversidad social, pero en realidad esas cuotas no garantizan una verdadera representación de la identidad o los intereses de las personas a las que se parecen, y además no toman en cuenta otros ejes de diferencia que podrían ser incluso más relevantes.

Pensemos, por ejemplo, en las acciones afirmativas a partir de la raza o del género. Supuestamente buscan garantizar que todos estén representados por alguien “como ellos”.

Pero, de acuerdo con esa misma lógica, ¿no debería contarse con cuotas para fomentar la contratación de personas introvertidas, que pudieran estar en desventaja respecto a los extrovertidos?, ¿de personas feas, que pudieran estar en desventaja frente a personas bonitas?, ¿de personas de menor estatura, que pudieran estar en desventaja frente a sus colegas más altos? O, quizá, ¿de personas a las que les gustan los atardeceres, que pudieran estar en desventaja frente a sus colegas que gustan de la vida nocturna en la gran ciudad? Y así hasta el infinito…

Obviamente, el resultado de esas visiones identitarias sería no sólo un conflicto permanente, sino también una tiranía absoluta dónde el poder lo tiene quien define cuáles son los rasgos que deberán ser promovidos y en qué medida. Eventualmente, todo rol humano tendría que ser asignado por un comité de planificación central que equilibre la composición “interseccional” de la sociedad, sin que las personas valgan o decidan por sí mismas. Por eso el discursito de la equidad, le gusta tanto a la izquierda: debajo de la empatía esconden el anhelo de control.

TERCERO. Ello nos lleva a la incómoda realidad: la izquierda está manipulando abierta y perversamente las políticas de identidad, para construir estereotipos que los benefician directamente.

A través de su maquinaria cultural, la izquierda construye estereotipos y posiciona referentes, ya sean afroamericanos, “latinxs”, mujeres, homosexuales. Acto seguido, les dan una carga ideológica y los presentan como si ellos fueran la representación auténtica de esos grupos, presionando a todas las personas que comparten ese rasgo específico a que sigan el ejemplo.

El mecanismo funciona de la siguiente forma: la izquierda toma una característica de las personas, la convierte en una marca, la rellena de contenido ideológico y la posiciona cómo el modelo a seguir. De acuerdo a ese discurso, si tienes la piel de tal color, posees ciertos antecedentes geográficos o preferencias sexuales, entonces deberás asumir las posiciones políticas definidas por la izquierda, y quien no lo haga será un traidor o un “alienado”. Es básicamente la misma estrategia que utilizaron los socialistas del siglo XIX y XX con la lucha de clases y los obreros, pero ahora lo han convertido en un circo de 10 pistas.

Las políticas identitarias colectivizan y oprimen

A consecuencia de estos 3 factores, las políticas identitarias no son un factor de liberación, individualidad y paz, sino un instrumento de colectivización, tiranía y polarización. El gran atractivo de la interseccionalidad es también su gran veneno: un pensamiento grupal que genera condiciones de conflicto, disminuye la empatía y pervierte el anhelo de justicia en deseos de castigo, recompensados con dopamina por el cerebro y con palmaditas por los políticos del partido Demócrata.

En la versión cinematográfica de Fight Club, el personaje de Tyler Durden proclama “no eres tu trabajo. No eres cuánto dinero tienes en el banco. No eres el automóvil que conduces. No eres el contenido de tu cartera. No eres tus malditos pantalones”. Habría que añadirle que tampoco eres el color de tu piel, tu preferencia sexual o tu ascendencia.

Sí, todos esos elementos influyen en nuestra identidad, pero esta es mucho más compleja que una simple etiqueta. Tu privilegio u opresión depende de infinidad de contextos y características físicas, biológicas y emocionales. Al final del día, la interseccionalidad acierta a entender que hay ciertos elementos que nos vuelven más o menos populares de cara a los demás, pero no capta que esa receta es diferente para cada persona.

No es que haya 2, 4, 10 o 20 grupos distintos de opresores y oprimidos. Hay 7,594 millones, porque al final del día cada persona tiene una identidad INDIVIDUAL y no es posible dividir limpiamente a víctimas y verdugos, pues, como escribió Aleksandr Solzhenitsyn: “la línea que divide el bien del mal atraviesa el corazón de todos los seres humanos”. Lo demás son etiquetas.

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