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Políticas sociales, El American

Políticas sociales, infierno latinoamericano

Que pocos contribuyan mucho dilapida la recaudación fiscal y hace soportar sobre una raquítica clase media la carga financiera de todos

No les falta razón a aquellos que manifiestan que la desigualdad es algo de lo que preocuparnos aquí en América Latina. Llegados a un punto —desconocido estadísticamente, pero reconocible por los sentidos— la desigualdad deja de ser aquel estímulo benigno que alienta la inversión productiva para consagrarse al dios Saturno capaz de devorarse a sí mismo engullendo a su estirpe.

De la misma manera que se hace imposible reconocer en qué momento la pérdida de un cabello hace calvo a un hombre, tampoco podemos asegurar el instante en que la desigualdad deja de ser estimulante. Para la tranquilidad del lector tampoco resulta relevante a la vista de que ninguno de los problemas que nos acechan simpatizan con el sentir de los datos. Una vez instalado bajo unos niveles extraordinarios de desigualdad —sea esta la que sea— se ve amordazada, primero, y condicionada, después, a una especie de efecto boomerang que dilapida la vocación igualitarista con el que se fundaron las políticas públicas encaminadas en hacerle frente.

No solo consigue arruinar los niveles de eficiencia que garantizan el bienestar social, sino que, a más inri, los desgasta hasta el extremo de atormentar los niveles ya raquíticos de prosperidad económica. La desigualdad que en un primer momento agranda, por su naturaleza, la distancia social entre los agentes económicos se transforma en desconfianza cuando esta se dispara. A la desconfianza solo le faltará que se le una la sospecha para que se instaure en el corazón de la sociedad esa política pobrista de “barrer para casa”. Dispuestas así las cosas no hace falta nada más para que se enturbien los costos de información, se encumbre la informalidad asentada sobre los altos niveles de ineficiencia y se dilapide la corteza social de las relaciones económicas.

Una vez acá, la desigualdad pierde cualquier bastión de empuje para reproducirse sin descanso. La preocupación por la misma que bien haría encender un plan de emergencia social se ve ahora interrumpido por la perversión de unos incentivos perversos. Por ejemplo, en el marco de la financiación, una estructura social tan desigual solo contribuirá a la ineficiencia impositiva y a una fuerte asimetría entre los contribuyentes. Que pocos contribuyan mucho dilapida la recaudación fiscal y hace soportar sobre una raquítica clase media la carga financiera de todos. Tanto los muy ricos como los muy pobres se sustraen de la obligación común de contribuir fiscalmente bajo la sombra de países donde resultan ser, paradójicamente, la clase dominante.

Y no porque en su causa se oculte algún sentimiento aporofóbico o incluso de corrupción del carácter público. Y mucho menos porque se presuma sobre ellos algún tipo de privilegio. Es la desigualdad la que acrecienta la incapacidad para hacer soportable sobre capas más extensas de la población un sistema tributario que exige para su puesta en marcha de un número infinito de reglas espinosas, y de otros tantos aspectos, que aturden al contribuyente y desfigura la tarea del órgano fiscalizador. Bajo el paraguas de un sistema impositivo asimétrico e ineficiente no hay manera efectiva de conocer cuán pobre son los pobres ni cuán ricos son los ricos. Del lado de los gastos el asunto se hace mucho más turbio si cabe. No solo en el intento por hacer más grande los ingresos se hace más grande la desigualdad; además, al gastar se distorsionan y amplifican los niveles de injusticia.

Muchos son los que quedan fuera de los beneficios diseñados en su nombre. Nuevamente, la falta de información y los altos costos que desquician el conocimiento de entre los más desiguales deja afuera de la red de beneficiarios a los más necesitados. No es por envidia ni por ninguna otra pasión que aliente la corrupción de las voluntades políticas por lo que los muchos se ven apartados.

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Este campo es un campo de validación y debe quedar sin cambios.

El hombre que es hombre por la gracia de Dios es ciudadano por la gracia del Estado, y fuera de este, su situación languidece bajo un caudal de indiferencia civil, ya sea consentida o irrevocable. Como europeo, uno se acostumbra a presenciar la dolorosa incomodidad de ver a una gran mayoría de los ciudadanos trabajando por ellos y a pesar de ellos. Además, se cuenta de muchas políticas sociales que su debilidad para identificar a lo más desiguales de entre los iguales hace que el gasto público termine concentrado entre los menos desiguales de los desiguales.

Solo en un país como Colombia el 10 % más desigual absorbe el 7 % de todo el gasto amarrado para combatirla. Así, lo que estaba llamado a hacer más iguales a los diferentes termina por hacerlos más desiguales por medio de la cruel malformación de quienes son incapaces de alarmar ante la falta de formalidad en la que muchos se encuentran instalados. Unas políticas llamadas a congraciar el destino común de los ciudadanos contribuye en su defecto a distanciarlos haciendo regresivo lo que los baluartes de la política profesional creen ingenuamente hacer progresivo.

En países latinos la preocupación por la desigualdad debe disociarse de la instauración de políticas sociales correctivas que lejos de contenerla la propagan con mayor fuerza. De esto, un hecho: las políticas sociales, lejos de levantarlos, aplastan a los más pobres del continente. Habrá que abrir paso a medios distintos, más heterodoxos y creativos, con el fin de desatar de raíz el muñón de buenas intenciones con las que se construyen los infiernos latinoamericanos.



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