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Empresas, aliadas, izquierda, bigtech, El American

¿Por qué algunas grandes empresas se alían con la izquierda?

Vemos en la práctica cómo las grandes empresas muchas veces se asocian con los progresistas. Recientemente lo hemos vivido con el ejemplo de las “Big Tech”

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Por Benjamín J. Santamaría

Hace tiempo vimos en España cómo el líder de Podemos, Pablo Iglesias, de ideología cercana al  chavismo venezolano, utilizaba como falacia de autoridad las palabras de Bill Gates que pedían  subidas de impuestos. Esto puede resultar llamativo, ¿cómo puede ser que un gran empresario y multimillonario comparta un discurso económico parecido al de la izquierda?

Tendemos a imaginar, dentro de una dialéctica marxista, al rico como un explotador de trabajadores cuya ideología es, de  base, un reflejo de sus intereses de clase que nada tienen que ver con las pretensiones socialistas. 

Sin embargo, vemos en la práctica cómo las grandes empresas muchas veces se asocian con los progresistas. Recientemente lo hemos vivido con el ejemplo de las “Big Tech”, grandes corporaciones privadas que, pese a ello, operan en favor de partidos cuyos proyectos políticos consisten en aumentar el intervencionismo del Estado en la economía. La dicotomía Estado-Mercado parece no encajar con la realidad. ¿Significa esto que está obsoleta? 

El problema viene al interpretar el enfrentamiento entre lo estatal y lo privado como una suerte de lucha de clases marxista. No, los grandes empresarios pueden tener, perfectamente, ideas de izquierda y, además, pueden llegar a tener intereses económicos que les lleven a querer que estos gobiernen. De hecho, podríamos afirmar que las derechas muchas veces atacan los privilegios bajo los cuales se resguardan muchas fortunas. El aumento de la presencia del Estado puede resultar beneficioso para aquellos que están bien asentados. Todo esto parece paradójico pero veremos que no. 

Imaginemos los dos tipos extremos ideales e inalcanzables de mercado que se estudian: el monopolio y la competencia perfecta. En cuanto a términos de eficiencia paretiana se suele decir que la segunda opción es preferible y la primera indeseable, pero el hecho es que todo lo que existe se suele situar entre ambos conceptos. Sabiendo esto, podemos utilizar la generalización del modelo de Cournot que nos dice cómo se reparte la demanda cada empresa. 

Bien, pues el precio de los bienes será inferior cuanto más baja sea la cuota de mercado, es decir, cuantas más empresas haya (hasta llegar a la competencia perfecta). El monopolista tiene más capacidad para “imponer  un precio” o, visto de otro modo, para hacerse con lo que se llama excedente del consumidor y, las  empresas que operan en competencia, no tienen ese poder. Según esto, esa capacidad de  “manipular” el precio viene dado (entre otras cosas) directamente por el número de entidades que operen ofreciendo el mismo bien. Además sabemos que habrá más competidores cuantas menos barreras de entrada encontremos. 

Al monopolista (o, al ser este un ideal, al oligopolista) le conviene enormemente crear barreras de entrada para quedarse con más cuota de mercado. Estas barreras pueden ser subidas de impuestos, salario mínimo o cualquier cosa que normalmente interpretamos como una injerencia estatal en el mercado. Los que ya están establecidos verán aumentar sus costes, pero la presencia de competidores les obligaría a reducir el precio de sus productos. Es decir, mientras el aumento de impuestos y gastos suponga un aumento del coste menor que la bajada de ingresos que supondría su no existencia (pues su no existencia daría más capacidad a otras empresas para introducirse en el mercado) el monopolista va a preferir el intervencionismo. 

A todo esto hay que añadirle que una corporación inexperta suele empezar con una serie de costes  ineficientes (es decir, unos costes medios superiores a los de los que ya están asentados) siendo esto ya un escollo a la hora de hacerle frente a los otros. Si, pese a ello, el Estado se dedica a aumentar esos costes, la situación se pone más difícil para poder entrar a ofrecer lo mismo que las grandes empresas ofrecen. 

Por todo lo anterior me atrevo a decir que, desde el punto de vista económico, no es descabellado ver a grandes fortunas apoyando a partidos estatistas y pidiendo subidas de impuestos. De hecho, es lógico que las pidan puesto que les benefician.

Podríamos afirmar que tanto el salario mínimo como los tributos, tasas y legislaciones restrictivas son una especie de cuota que los que más capacidad tienen pagan al Estado para seguir manteniendo su posición. Es decir, pagan una cuota para mantener el oligopolio y utilizan su influencia para tratar que no venga otro partido que le dé posibilidades al resto de hacerles frente.


Benjamín J. Santamaría es Delegado Nacional del Grado de Economía en la UNED. Estudiante de economía y articulista en diferentes medios como Navarra Confidencial.

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