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Latinoamérica, El American

Capitalismo imposible: ¿Por qué Latinoamérica está tan lejos de la prosperidad?

El desarrollo es una vida en libertad o no es desarrollo; y la economía no puede ser otra cosa que la encarnación de esa libertad ejercida a lo largo de las actividades productivas

La economía sólo tiene un fin, que es el bienestar de los pueblos. Pero, como ya os imagináis, decir bienestar no es decir mucho, o quizás decirlo todo, de cualquier manera es ser bastante imprecisos. En él cabe cualquier consideración que venga apoyada por más de uno, lo que ha alimentado la confusión de una disciplina que a veces tiene por bueno el crecimiento económico y otras lo tiene por enemigo. No ayuda rebajar el significado del bienestar a lo que cada uno vea en cada momento necesario.

El bienestar es vivir en la verdad, que en su grado más elevado es hacerlo en Dios, y su instrumento es la libertad. Así que no existen distintos fines para distintos medios como hacen llamar los compañeros de oficio sino un único medio para un único fin, los extremos colindantes de nuestra ciencia: la libertad a un extremo y al otro Dios. Solo desde la libertad se llega al verdadero bienestar que es un estar en el bien, esto es, vivir en lo correcto, que es el magisterio de la virtud.

Entonces el hombre solo puede caminar hacia adelante aunque lo haga con la vista puesta atrás y desentendido del camino más corto. El hombre no deja de ser una fase intermedia entre lo más bajo del animal y lo más elevado de Dios y desde allí todo progreso se le hace siempre torcido; sin embargo, progreso a fin de cuentas es.

Desde el destello que hace brillar en lo más humano irrumpe el capitalismo; sistema que encarna tras un duro proceso de refinamiento de las costumbres, ese camino en libertad hacia el bienestar. Pero entonces el capitalismo solo puede ser concebido como una fase, todavía inmadura, y no como un fin en sí mismo. Su defensa es todavía condicionada a servir a nuestro mayor propósito. Condicionada sí, pero también idónea; hay que transcurrir por el capitalismo porque solo bajo su paraguas el hombre hincha su libertad, a veces para errar, pero siempre para conducirse hacia lo mejor.

Pero ¿qué hay de los países iberoamericanos que haciéndose llamar capitalistas no registran la disminución de privilegios, la instauración legítima de la violencia o la garantía de los derechos de propiedad individual tan imprescindibles para descorrer el velo de la servidumbre? En ellos no parece reposar el capitalismo antes una especie de neomedievalismo mercantil con algunos sopapos de cosmopolitismo globalizadores. Falta de libertad, que es falta de madurez termina por enterrar al pueblo latino en las postrimerías del capitalismo que nunca llega. Por un lado, el capitalismo exige de amor propio para enfrentar el presente y de confianza para vislumbrar el porvenir.

Para innovar se requiere la seguridad del que está bien pertrechado bajo la realidad y la valentía del que sabe confiar en el mejor mañana. No hay rastro de esto allí donde uno sobrevive asfixiado por un sin número de inseguridades propias y por la desconfianza ejercida contra sus semejantes. No puede existir, por tanto, verdadera competencia empresarial sino algo parecido a la supervivencia personal en el reguero de microempresas que se funden con la misma velocidad con la que se encienden a diario.

El espíritu competitivo con el que los gustos de los demás hacen por progresar a través de la puesta a punto de nuevas mercancías se halla instinto en un continente donde la tremenda desigualdad pone distancia entre los recursos productivos y las facultades de los actores económicos. Entonces, sin libertad se resiente la innovación de la que, en últimas, se alimenta el espíritu de la competencia dejando al continente sometido a la inercia de la imitación que es la cruel servidora de la economía extractivista.

Un pueblo imitador es un pueblo atascado en la repetición y apartado de cualquier sello de creatividad. Un trabajador más dispuesto a obedecer que a arriesgar no está en condiciones de ofrecer sus mejores disposiciones a los demás por mucha habilidad de la que se preste. Ensombrecidos los otros tras un reguero de clichés y prejuicios el latino ocupa más energía en confirmar su desconfianza ajena que en abrirse camino con sus semejantes. Así el asunto cada vez se achica más su círculo de intimidad agrandando la incertidumbre y así la crónica aversión al riesgo que desvirtúa las inversiones más productivas en el continente.

Hay que hacer aquí un alto para recordar que no es la educación ni la provisión de buenas instituciones, ni tan siquiera una favorable adaptación al medio como la de una suerte de simpatía hacia el riesgo lo que estimula el desarrollo de las fuerzas productivas nacionales. Y en esto Iberoamérica está muy lejos de su mejor versión; tan lejos como que la desvertebración del territorio y la sociedad (índice de Gini que convive tan a gusto con el 0.5) aviva la ralentización de la información procesable, dificulta el establecimiento de redes que en última son las verdaderas cooperadoras de la maduración de buenas ideas y de la extensión de los planes de alto vuelo.

A esto se le añade la informalidad que riega cada actividad en la que se empeña. La pobreza se caracteriza por ser aquí y ahora, de tal manera que nada en ella puede ser conjurada al largo plazo. Su fragilidad es tan corrosiva como la de un helado que ve derretirse pasado el primer instante. Por eso mismo la informalidad encuentra aquí su caldo de cultivo; enemiga de cualquier acción que no sea resuelta en el instante. La imposibilidad para ejercer el aplazamiento entre la acción y sus resultados (propio de la falta de confiabilidad) impide cocinar ese tiempo necesario para que los mejores atributos de las cosas aparezcan después de que estos han sido consumados. No hay inversión productiva, por ejemplo, que no venga auspiciada por un horizonte temporal donde quepa todo el valor añadido que se le presupone a la buena actividad económica. Así ocurre con lo que en el hombre estimula el más ardiente deseo de conquista y así como igual hace al vino las delicias al gusto tras años de espera en barricas.

Puesto así el asunto, el éxito de estos pueblos pasa por abrir su mirada y enfocar sus problemas alejados de aquellos otros que afectan a los más desarrollados (téngase Latinoamérica no solo como importadora neta de lo que son tecnologías sino también de los retos, las esperanzas y los miedos ajenos). Solo así Iberoamérica podrá encarar la larga senda que la separa de la auténtica prosperidad y que, sin embargo, cada día hace por renovar cada vez que sepulta el sudor bajo la tierra y eleva la esperanza hasta los cielos.

El desarrollo es una vida en libertad o no es desarrollo; y la economía no puede ser otra cosa que la encarnación de esa libertad ejercida a lo largo de las actividades productivas. Por eso mismo el capitalismo no antecede como un enemigo culpable sobre los vicios y males que aqueja la economía latinoamericana; no hay culpa en el capitalismo tan solo hace de fiel radiografía moral de lo que es en cada momento la fatigosa sociedad latina.

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