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¿Por qué tantos desean destruir su propia libertad?

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En 1873 explicaba Lord Acton que por libertad entendía “la seguridad de que todo hombre estará protegido para hacer cuanto crea que es su deber frente a la presión de la autoridad y de la mayoría, de la costumbre y de la opinión”.

Aunque en nuestros tiempos es más cierto de lo que nunca antes fue, que gran parte de la humanidad disfruta de mayor libertad personal de la que jamás disfrutaron nuestros antepasados, no es menos cierto que el orden social contemporáneo se divide entre sociedades cuya actividad política y legislativa se limita al enfrentamiento entre grupos de interés luchando por unas u otras, más o menos sutiles, restricciones arbitrarias de la libertad, sancionadas finalmente por circunstanciales e irresponsables mayorías democráticas bajo la influencia de tan minoritarios como efectivos intereses concentrados; y otras sociedades que sufren diversos grados y tipos de totalitarismos con o sin sutilezas.

Pero demasiados de quienes viven hoy en las sociedades más libres que han existido reirían ante la definición de Lord Acton, porque están seguros de no estar protegidos en forma alguna de las presiones de mayorías o minorías organizadas para imponer sus arbitrarias opiniones a través de persecuciones intolerantes apoyadas, directa o indirectamente, en la autoridad del Estado.

Llegamos a eso en el mundo libre mediante un profundo y cada vez más extendido rechazo a la idea misma de libertad, producto, entre otras cosas, de una prensa en guerra con la objetividad y la verdad y entregada a la agitación y propaganda ideológica de izquierda.

Gran parte de la humanidad es más libre que nunca, pero ni es muy evidente que esa libertad la comprendan o valoren quienes lo disfrutan, ni es claro que sean capaces de reconocer lo extraordinario de su situación. Buena parte de quienes habitan en el mundo libre ya no desean la libertad.

La existencia misma de la civilización, un orden espontaneo producto de la selección evolutiva de resultados involuntarios, impredecibles e ineludibles de acciones humanas creativas que buscaban únicamente y exclusivamente fines propios, nos da cuenta del enorme poder de esa creatividad que en potencia se encuentra en cada cerebro humano. Miles de millones de mentes creativas actuando libremente son una fuente inconmensurable de cambios imprevistos y, con ellos, de una necesidad de adaptación constante. En un mundo libre, la incertidumbre parece ser la única certeza.

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El hombre libre se niega tercamente a asumir su propia libertad, negándose a ver que todo valor material, intelectual y moral ha emergido de ella, y que sin la misma no sólo no surgirían nuevos valores, sino que se perderían poco a poco los existentes. El hombre no solo se empreña en renunciar a ella sino en destruir la de todos. Un ser abrumado por la incertidumbre del futuro se empeña en una ilusión de “seguridad” sin futuro. El más débil de los primates, angustiado por la incertidumbre de una civilización sin la que su existencia sería infinitamente más incierta, se empeña en destruir la libertad de la que depende ese orden civilizado.

De la comprensión de la libertad que prevalezca en nuestros tiempos, dependerá con mucho que en el futuro prevalezca la esperanza de la libertad o la amenaza de la servidumbre. La libertad es inevitablemente individualista y el problema es que el escapismo moral de nuestros tiempos pasa por asumir una retorcida e impracticable ética colectivista para “señalar la propia virtud” donde no hay ninguna. La mayor falsedad de la “ética” colectivista está en postular, de una u otra manera, que la virtud suprema consiste en sacrificarse por el bien colectivo. Pero es imposible que todos y cada uno de los hombres que forman parte de cualquier tipo de colectividad oriente coherentemente su conducta por tal norma, ya que si todos han de sacrificarse por los demás, no restarán otros que disfruten el supuesto bien producto de tales sacrificios.

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