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Putin, El American

Putin y la recurrente maldición de la cleptocracia en Rusia

El Kremlin aumentó su control sobre la empresa privada y la riqueza dependió cada vez más de la cercanía al poder y menos de la eficiencia y competitividad

Si algo ha quedado claro con Putin es que Rusia es una nación en que el poder gobierna para sí mismo, las leyes se hacen para que las rompan quienes la dictan y toda vía hacia la riqueza pasa por la influencia política. Así funcionaba el Politburó de la Unión Soviética y en eso no difería de la corte imperial de San Petersburgo. También así han funcionado los gobiernos de la Federación Rusa tras el colapso de la URSS. 

Entregar el poder arbitrario de una cleptocracia tan autoritaria como la rusa, puede ser un camino a la prisión, e incluso a la muerte porque sin la protección del poder, los enemigos que sobrevivan buscarán vengarse, mientras los aliados y clientes se ocuparán de sí mismos aliándose al nuevo poder que surja. Putin recibió el poder de Yeltsin y cumplió el pacto tácito de proteger a quien se lo entregó, pero sabe muy bien que nada le garantiza obtener lo mismo de alguien a quien le entregue el poder. Y sabe que la enorme riqueza que acumuló no le garantiza no rendir cuentas  —del origen de la misma para empezar— por cualquiera de sus abusos autoritarios.

2024

En una democracia cada vez menos confiable, los rusos ya votaron las enmiendas constitucionales que permitirán a Putin postularse para dos nuevos períodos, y con una participación de 65 % del electorado, los resultados oficiales dieron 78 % a favor de las enmiendas. Así concluyeron las alucinantes especulaciones sobre la manera en que Putin intentaría mantener el poder sin pasar por la reelección, entre las que destacó la idea de una nueva confederación Ruso-Bielorrusa presidida por Putin. Más probable habría sido que presidiera el Consejo de Seguridad y desde ahí siguiera siendo el poder real tras algún presidente títere como Medvédev. 

Pero ahora es claro que cuando concluya el cuarto mandato de Putin en 2024 será reelegido, de una u otra forma, para otro mandato de seis años. Y lo previsible es que en 2030 repita lo mismo por los medios que le sean necesarios. Así que, al llegar a 84 años, Putin seguiría en un poder que habría mantenido durante 36 años. Y aunque el futuro suele sorprendernos con lo imprevisible, es indiscutible que el objetivo de Putin es permanecer en el poder hasta el último de sus días. De eso ya no hay duda, si es que alguna vez la hubo.

Promesas fallidas 

Rusia suele ir de las ilusiones de la reforma a la realidad, de una u otra forma, de nueva cleptocracia, un patrón al que no escapó la totalitaria y criminal historia del poder soviético. Y que se repitió en el periodo post-soviético. Hablar de democracia en un autoritarismo como el que Putin ha logrado imponer en Rusia, pero hay elecciones y pese a los abusos de poder con que se manejan, lo cierto es que Putin concluyó su primer mandato con suficiente popularidad como para ganar limpiamente el segundo. Los dos primeros mandatos de Putin fueron el período de las grandes promesas hoy claramente fallidas.

Rusia salía del caos de la presidencia postsoviética de Yeltsin y con Putin se adelantaron reformas administrativas, económicas y políticas modestas pero muy necesarias. 

Reformas que luego quedaron en duda por la deriva al autoritarismo de su segundo mandato. Hoy es claro que Medvédev fue el títere de un Putin que retenía el poder real, pero entre 2008 y 2012 el títere llegó a parecer algo más que eso, al impulsar la modernización y mejorar las relaciones con Occidente. La clase media rusa, esperanzada tras el primer mandato de Putin y dudosa tras el segundo, llegó a creer durante el interregno de Medvédev que el poder tras el poder sí apostaría por impulsar la innovación y el espíritu empresarial.

La rokirovka  —enroque en ruso— de Putin y Medvédev intercambiando los cargos de presidente y primer ministro dejaba claro que Putin, de una u otra manera, se aferraría siempre al poder. Y aunque era perfectamente legal, según la Constitución, la oposición movilizó fácilmente protestas callejeras masivas. Pero Putin fue elegido para un tercer mandato como presidente en 2012 en un Moscú lleno de protestas apenas contenidas por el despliegue de todas las fuerzas posibles.

Allí fue cuando la clase media y empresarial rusas perdieron la fe en las posibilidades de la democracia y el Estado de derecho en Rusia. La fuga de cerebros y de capitales se iniciaba, pero la popularidad real de Putin seguía siendo alta. Y algunos pensaron que Putin adoptaría un modelo autoritario en lo político, pero abierto a un estado de legalidad que garantizará una verdadera economía de mercado con eficiencia y competitividad empresarial. Querían ver en Putin la promesa del Lee Kuan Yew eslavo que jamás fue. 

Una nueva cleptocracia

El Kremlin aumentó su control sobre la empresa privada y la riqueza dependió cada vez más de la cercanía al poder y menos de la eficiencia y competitividad. Se imponía la nueva cleptocracia a la que se asoció un sector “empresarial” de oligarcas. 

Una señal de lo que vendría fue que los estratégicos contratos de la urgente modernización militar se otorgaron por la vía del amiguismo y la corrupción. Y las fallas de lanzamiento de misiles —especialmente misiles navales— aumentaron significativamente. 

Es difícil creer el discurso patriótico de un Gobierno que sacrifica la eficacia de sus Fuerzas Armadas en el altar de la corrupción. Pero el discurso patriotero y revanchista de Putin es una clave de su régimen que se acentuó tras el rompimiento con Occidente por la guerra en Ucrania. 

Y para disfrute de oligarcas incompetentes ese discurso patriótico en economía adoptó la sustitución de importaciones. La decreciente riqueza de Rusia se vincula nuevamente al sector primario con patrones de depredación y apuestas de corto plazo, mientras la emergente superpotencia totalitaria china veía en todo aquello una oportunidad que no podía desaprovechar. Pero ese será el tema de otra columna.

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