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satélite de Beijing,El American

¿Transformará Putin a Rusia en un satélite de Beijing?

El costo de eso será transformar a la federación rusa en un satélite de la órbita de Beijing. Y el “patriota” Putin está más que dispuesto a pagarlo

Explicaba en una previa columna sobre la maldición de la cleptocracia en Rusia que tras fallidas promesas de reforma y modernización el autoritarismo de Putin ha consolidado una cleptocracia en la que la decreciente riqueza rusa depende de sectores primarios que se expolian con máximo impacto ambiental, baja inversión y alto rendimiento de corto plazo. Y que aunque el discurso  patriotero sea clave para Putin, es difícil creer en la sinceridad de un patriotismo que sacrifica la eficiencia operativa de sus fuerzas armadas en el altar de la corrupción. 

Putin rechaza la influencia globalista en Rusia no por patriotismo, sino principalmente porque como hijo de la KGB entiende que jamás serían socios confiables para él quienes están tras esa peculiar agenda socialista de elites. Y en menor grado porque la agenda globalista es opuesta a ciertas claves del peculiar tradicionalismo del partido de Putin.

La debilitada economía rusa sufrió en medio de la pandemia los efectos de una caída de la demanda mundial de energía. Poco antes el Kremlin apostó a una guerra comercial contra Arabia Saudita, que bajó el precio del Brent  de 69 dólares a menos de 20 dólares. Y mientras su Gobierno juega a la diplomacia de vacunas de la mano de Beijing, los rusos de a pie todavía temen desde enfermarse y morir sin ser atendidos hasta perder su sustento y padecer hambre debido a los cierres. 

La popularidad de Putin cayó a un mínimo histórico del 59 % en abril. Menor que durante las masivas manifestaciones antigubernamentales del invierno de 2011 a 2012. Lejos del 85 % de aprobación que le dio la re-anexión de Crimea. En ese sentido, que la apuesta de Putin en Crimea sacara a Rusia del grupo de los ocho dándole un 85 % de aprobación explica que Putin apueste al discurso contra Occidente. Así, Rusia se aísla y protege a sus oligarcas de la competencia foránea.

En la pandemia se sintieron los recortes del presupuesto de Salud que compensaron el incremento de gasto militar. Rusia intenta mantener algo de la imagen de superpotencia de la colapsada URSS y ejercer de potencia regional importante entre Asia y Europa con una economía más pequeña que la de España. Y sobre una corrupción rampante que impide la mínima eficiencia del aparato del Estado. 

La pandemia pasará factura a los esfuerzos de reelección de Putin en 2024, pero nadie apuesta a que le cueste la elección en un autoritarismo que únicamente juega a las apariencias democráticas. Putin ganó el referéndum constitucional que le permite postularse para dos nuevos períodos consecutivos. Pero fue una victoria políticamente costosa. Si no encuentra un truco “patriótico” como el de Crimea, su popularidad puede seguir cayendo y su reelección requeriría un masivo fraude.

Pero a lo que todavía no recurre Putin —y eso ha salvado a la economía rusa del desastre— es a una emisión inflacionaria que hunda en la miseria a una población mayormente empobrecida. Aunque el impacto de las sanciones, la caída de los precios del petróleo y la incapacidad de la protegida industria de la oligarquía que rodea a Putin han llevado al país al borde del caos. La caída de 11 % del valor del rublo en medio de aquello es un éxito del ministerio de finanzas y el Banco Central. Pero el Banco Central ruso ya redujo la tasa al mínimo histórico postsoviético de 4.5 %.

Desde la óptica de la oligarquía cleptocrática, a la economía rusa le ha ido relativamente bien. Pero la economía de los rusos de a pie se ha hundido: los hogares han perdido un quinto de sus ingresos y la tasa de desempleo no oficial roza los 20 millones. 

Cuando llegó la pandemia, la clase media ya se había reducido en un quinto desde números previos a la crisis del 2014. Una clase media fuerte sería el motor del crecimiento económico y la innovación. Pero también la base de una gobernabilidad democrática por la que Putin no está dispuesto a pasar. Tampoco está dispuesto a un modelo económico competitivo que mejore el nivel de vida otorgando cierta legitimidad económica a su autoritarismo, porque implicaría renunciar a la cleptocracia que ha consolidado. Y eso estrecha mucho su margen de maniobra.

Antes de las elecciones presidenciales de 2024, el Kremlin tendría que reconstruir la atención médica, reducir en algo la pobreza y recuperar la confianza del decreciente empresariado real que todavía resta en el país. Nada de eso es posible. Las medianas y pequeñas empresas con potencial competitivo quiebran o abandonan el país, mientras las grandes empresas incompetentes de los oligarcas cercanos al poder se sostienen por la protección junto a las grandes corporaciones estatizadas. La industria militar perdió “patrioticamente” sus vitales proveedores ucranianos y tal vez su capacidad de mantener su actualización tecnológica competitiva en los mercados internacionales. 

Un futuro incremento en los precios de petróleo y de gas permitiría a Putin maniobrar clientelarmente. Pero, los precios de la energía deprimidos en una depresión post-pandemia le forzaran a jugar su carta más autoritaria. Dos cosas están claras:

  • Putin hará lo que tenga que hacer para seguir en poder en 2024 y 2030.
  • La Rusia de Putin no se aproximará nuevamente a Occidente porque el discurso antioccidental le ha funcionado a Putin para mantener su base de partidarios.

Rusia ya no tiene la capacidad de jugar el papel de una potencia regional realmente poderosa y menos aún de retomar el papel de gigante con pies de barro que fue la URSS. Así que únicamente puede seguir cayendo en la órbita de influencia de la emergente superpotencia totalitaria china. Mientras que Beijing está dispuesto a apoyar la autoritaria y corrupta cleptocracia rusa y la permanencia de Putin en el poder hasta el último de sus días. Pero el costo de eso será transformar a la federación rusa en un satélite de Beijing. Y el “patriota” Putin está más que dispuesto a pagarlo.

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