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quémenlo todo, la destrucción como política. Imagen: Koshu Kunii via Unsplash

“Quémenlo todo”: 3 razones contra el coro de la destrucción

“Quémenlo todo” es manipular la indignación para conseguir metas políticas, es destruir sin resolver nada. Es apostarle al caos y avanzar hacia la tiranía

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“Quémenlo todo” es uno de los llamados más constantes y peligrosos que circula en las redes sociales en relación con distintas reivindicaciones indicaciones políticas, especialmente de corte feminista. En una primera instancia pareciera tratarse de un grito de justicia, pero en realidad, es una voz de tiranía escondida tras un manto de manipulación emocional. Hay muchas razones para no caer en ese juego, aquí van tres:

Razón 1: “Quémenlo todo”, no resuelve nada

El planteamiento de “quemarlo todo” parte de la idea subyacente de que las estructuras institucionales (la sociedad civilizada, pues) son injustas y opresivas y si estas desaparecieran, los seres humanos serían automáticamente justos y bondadosos. Es básicamente la misma idea detrás del mito viejo mito del “buen salvaje” que durante siglos ha justificado los impulsos destructivos de la izquierda: que el ser humano es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo vuelve malvado; en consecuencia, al quemarlo todo y destruirlo todo, lo que quedaría sería una especie de nuevo paraíso terrenal.

Sin embargo, sabemos que esto no es cierto. El ser humano no es alguien “bueno” a quien la malvada sociedad corrompe, si no, una criatura dentro de la cual coexisten impulsos positivos y negativos; citando una vez más a Alexandr Solzhenitsyn, la línea que divide el bien del mal atraviesa el corazón de todos los seres humanos.

Por lo tanto, quemarlo todo no nos llevaría de regreso al paraíso terrenal; por el contrario, nos dejaría hundidos en un campo de cenizas, mucho más vulnerables a la maldad ajena mientras morimos de hambre o de genocidio. La izquierda lo “quemó todo” en las purgas estalinistas, en las fosas colectivas de los jemeres rojos, en los campos de exterminio de prisioneros políticos y en las heladas tundras del gulag. En cada uno de esos casos, las llamas no calcinaron la injusticia, sino la certeza y la prosperidad.

Razón 2: El radicalismo del feminismo izquierdista no ofrece soluciones, sólo destrucción

En países como México, el fenómeno de la violencia es una tragedia permanente que victimiza cada año a millones de mujeres. Eso es cierto, indiscutible e indignante.

Sin embargo, los grupos radicales que escudan su propia violencia bajo el pretexto de quemarlo todo, no plantean ninguna solución real. Exigen prebendas políticas, espacios mediáticos y fondos para “capacitar” en su ideología, pero nada de eso resolverá el problema de fondo. Un problema que no está en un pacto patriarcal, sino en un pacto de impunidad.

Irónicamente, muchos de estos grupos y activistas de izquierda, que tanto dicen estar indignados por los feminicidios y la violencia criminal, son los mismos que impulsan reformas para convertir las cárceles en puertas giratorias para los delincuentes y rechazan con furia desatada el establecimiento de políticas públicas de cero tolerancia. Políticas que podrían detener a tiempo a los criminales que atacan no porque les falte deconstruirse, sino porque saben que, en la abrumadora mayoría de los casos, no los denunciarán. Si los denuncian, no los atraparán. Si los atrapan, no los juzgarán. Y, si los juzgan, no los condenarán.

Razón 3: Quemarlo todo es apostar al caos

La destrucción colectiva, especialmente cuando se “ritualiza” en un entorno como el de las manifestaciones convocadas bajo la bandera del feminismo, brinda una sensación de comunidad y de liberación en el corto plazo, pero es un autoengaño. En realidad, profundiza los problemas, porque esa destrucción añade todavía más caos a la sociedad, reduce las certezas necesarias para el desarrollo y consolida la misma sensación de impunidad de la que luego se aprovecharán los criminales que atacan a millones de mujeres.

La verdad es obvia, pero vale la pena recordarla: La solución a cualquier problema no es “quemarlo todo”, sino entenderlo y corregir lo que sea necesario, superando el mero ejercicio emocional a cambio de un compromiso racional que se mantiene en el tiempo.

En el caso de México y América Latina es muy claro que para resolver el desafío de la violencia contra las mujeres, el punto fundamental a corregir es el de la impunidad de los criminales. Todo esfuerzo que no parta de esta realidad será o un mero desahogo o una mera trinchera política para beneficio de grupos de poder. Así de sencillo.

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