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Historia, quema de libros, nacionalsocialismo

Quienes no aprenden las lecciones de la historia están condenados a repetirla

Una lección de la historia que para repetirla quizás todavía estemos a tiempo de aprender. Antes que sea tarde. Porque la noche ya ha empezado. Y será obscura

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70 mil personas ocupaban la gran plaza de la Opera de Berlín el del 10 de mayo de 1933. Los estudiantes universitarios transportaron a la plaza más de 20 mil libros. Obras de autores como Heinrich Mann, Erich Maria Remarque y Heinrich Heine. Fue un gran acto del ministro de propaganda nacionalsocialista Joseph Goebbels, en el que en hogueras ardieron decenas de miles de libros. Fue lo que sus legítimos herederos morales denominan hoy cancelación de todo lo que no coincida con su cultura política totalitaria.

Colores y los símbolos han cambiado. La ideología totalitaria en auge es otra. Y a sus antecesores nacionalsocialistas da el papel de villanos, mientras  adopta sus prácticas, adaptándolas al presente.

En 1933 destacó el odio de salvajes con cultura universitaria, como el líder estudiantil nacionalsocialista Herbert Gutjahr, quien a sus 23 años gritaba “Hemos dirigido nuestro actuar contra el espíritu no alemán. Entrego todo lo que lo representa al fuego”. Pero, el acto multitudinario de la plaza de la Opera de Berlín, ya no era de los estudiantes –y profesores– universitarios nacionalsocialistas que habían iniciado todo persiguiendo –hoy dirían sus equivalentes morales: cancelando– todo lo que no querían escuchar en sus Universidades.

Historia, quema de libros
“Ya antes “Donde se queman libros se terminan quemando personas”, había predicho Heinrich Heine”. (Imagen)

Con el ministro de propaganda a cargo de la escena –y adelantándose a Orwell, que no hizo otra cosa que describirlos a ellos y a los soviéticos en todo lo que tenían en común, a través de la ficción literaria– denominaron aquello: fiesta de la cultura, transmitida por radio en vivo, a Alemania y al mundo. Incluyó quemas de libros por estudiantes y profesores, simultáneas en toda Alemania. En todas las ciudades universitarias alemanas se quemaron ese 10 de mayo títulos de autores, declarados indeseables por aquel totalitarismo.

Todo había empezado con universitarios que espontáneamente robaban y destruían libros de escritores, poetas y periodistas que denominaban indeseables, de los estantes de las bibliotecas públicas y universitarias. No solo los libros. Sus esfuerzos por expulsar a profesores y estudiantes que no compartieran su totalitarismo eran notorios en las universidades. Pero de pronto se empeñaron en hacer desaparecer los libros. Pensaron –porque a fin de cuentas eran salvajes con formación universitaria– que era la única forma de desaparecer realmente a los autores.

Y es importante destacar que sus campañas de terror en las universidades habían precedido por mucho a la llegada del nacionalsocialismo al poder. No sin resistencia, pero con creciente éxito en aplastarla. A los violentos fanáticos nacionalsocialistas universitarios les costó más derrotar a los violentos fanáticos comunistas universitarios, que atemorizar y neutralizar al cuerpo docente y las autoridades académicas.

Pero el caso es que en enero de aquel año habían llegado democráticamente al poder los nacionalsocialistas –el partido más votado pero al que hasta entonces, aunque fuera el más votado, el presidente Hindemburg había maniobrado efectivamente para impedirle formar gobierno, hasta que finalmente se rindió ante la realidad política innegable. Y les abrió paso.

Poco después el comunista holandés Marinus van der Lubbe, firme creyente de los dogmas del otro gran totalitarismo en liza entonces, planeó y ejecutó el incendio del Reichstag, creyendo que encendía la antorcha que iniciaría la gran revolución proletaria –de corte soviético– que desde Alemania se extendería al resto de Europa. Nadie sabe para quien trabaja. Y van der Lubbe, que había trabajado solo y en secreto –a la manera de los anarquistas con los que simpatizaba– sorprendió a comunistas y nacionalsocialistas por igual.

Los nacionalsocialistas no podían creer que se trataba de un intento aislado. Atribuyéndolo a los comunistas se apresuraron a la represión –legalizada posteriormente en los decretos de emergencia– que justificó el atentado de van der Lubbe. Goering descartó la tesis del terrorista aislado. Creyó realmente en la inexistente conspiración comunista –de creer lo contrario no hubiera desaprovechado la oportunidad para responsabilizar y perseguir a los comunistas– y el inminente levantamiento armado del KPD.

Aunque no tenía planes inmediatos de levantamiento alguno, el numeroso armamento, parque y explosivos del KPD –incautado casi completamente por la rapidez que el equivocado sentido de urgencia forzó en Goering– convenció al Presidente Hindemburg de la inminencia del mítico levantamiento comunista. Por ello firmó el decreto de emergencia que el Canciller Hitler le presentó, por medio de von Papen.

Los comunistas alemanes tampoco pudieron creer fue un atentado individual aislado. Razonaron que no habiendo sido ellos, debían haberlo hecho los propios nacionalsocialistas, para acusarlos a ellos y justificar su represión.

Pese a la popularidad que todavía tiene la tesis de la conspiración, de unos u otros, los documentos apuntan a que fue un acto aislado, cuidadosamente planeado y eficazmente ejecutado por van der Lubbe. Pero con el efecto contrario del que se proponía. Como explica el historiador  Kurt Zentner: “Para Hitler (…) el incendio del Reichstag resultó un magnífico trampolín propagandístico para las próximas elecciones (…) Hitler consigue, por primera vez desde hacía muchos años en Alemania, una mayoría realmente capaz de mandar”.

El NSDAP obtuvo en la siguiente elección 17,277,189 de votos, contra los 7,181,620 de su más cercano contendor, el SPD. Los otros aliados del NSDAP obtuvieron a su vez 3,136,760.

El ministro de propaganda pudo encender su propia gran antorcha apoyando al movimiento de estudiantes totalitarios desde el Gobierno. Y a medianoche, con el gusto por lo dramático que lo caracterizaba, Goebbels afirmaba en la Plaza de la Opera –y las radios de todo Alemania– “la era del intelectualismo judío está llegando a su fin y la consagración de la revolución alemana le ha dado paso también al camino alemán”. Ya antes “Donde se queman libros se terminan quemando personas”, había predicho Heinrich Heine.

No se equivocó. Y donde se cancelan personas –para censurar ideas– de la academia, prensa e Internet, se terminará por encerrarlas en campos de concentración. Una lección de la historia que para repetirla quizás todavía estemos a tiempo de aprender. Antes que sea tarde. Porque la noche ya ha empezado. Y será obscura. 

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