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El fraude y el futuro, frente a la aduana de la sensatez

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Tras mes y medio de señalar el “fraude”, es momento de recordar algo: la perseverancia es una virtud, la necedad es un vicio y entre ambas existe una muy pequeña frontera, marcada por la aduana de la sensatez, que divide aquellos esfuerzos desafiantes (pero necesarios) de los otros que están directamente condenados al fracaso y el desperdicio: escalar el monte Everest es ejemplo de perseverancia. Hacerlo en ropa de playa es necedad.

Bueno, pues conforme han pasado las semanas posteriores a las elecciones, el presidente Donald Trump, el movimiento conservador y el Partido Republicano han caminado a lo largo de esa tenue división entre la perseverancia y la necedad, haciendo equilibrismos cada vez más arriesgados, y urge que bajen los pies a tierra. A estas alturas, insistir en que de algún modo Trump podrá demostrar judicialmente el fraude e impedirá que Joe Biden se convierta en presidente, ya no es perseverancia. Es necedad.

El fraude se siente en el aire

Sí, es cierto. Después de ver los estadios llenos de simpatizantes de Trump y compararlos con las desangeladas fiestas de jardín de la campaña de Biden, resulta al menos sorpresivo que el candidato demócrata haya superado por casi 7 millones de votos al presidente y que haya obtenido 16 millones de votos más de los que consiguió el también demócrata Barack Obama en aquella histórica elección del 2008.

Sí, también es cierto que el proceso estuvo marcado por irregularidades, particularmente alrededor del voto electrónico (del que en ciclos electorales anteriores incluso los científicos han manifestado serias dudas) y de las conductas fraudulentas, como las comprobadas en vídeo por el equipo de Project Veritas y de las que platicamos desde octubre.

Sin embargo, la fría realidad es que todo proceso electoral tiene este tipo de irregularidades, y no por ello se anula. Anular una elección presidencial o revertir sus resultados sería algo muy peligroso para la sobrevivencia del sistema democrático y el futuro del país. Por lo tanto, para que la elección se anule o revierta es indispensable contar con pruebas contundentes, que demuestren no solo incidentes aislados, sino que el presidente electo Joe Biden y su equipo más cercano de campaña estuvieron involucrados en un esfuerzo sistemático para alterar el resultado de la elección. Se necesitaría la smoking gun, y eso es justo lo que no tenemos.

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El fraude se siente en el aire, pero no se comprobó en las cortes.
El fraude se siente en el aire, pero no se comprobó en los tribunales. (Efe)

Pruebas son amores, y no buenas razones

A partir de la noche de la jornada electoral, el presidente Trump y su equipo de campaña denunciaron el fraude, señalaron que tenían las pruebas y que las presentarían ante los tribunales. Giuliani y otros miembros del equipo legal, al igual que múltiples insiders de la campaña afirmaron que estaban en camino revelaciones escandalosas que revelarían el «fraude masivo», confirmarían la abrumadora victoria de Trump y obligarían a los tribunales a revertir el triunfo de Biden. Estas pruebas nunca llegaron.

Así de sencillo. El equipo de campaña del candidato republicano tuvo múltiples oportunidades para demostrar las acusaciones de fraude sistemático y revertir el resultado de la elección, pero nunca presentaron algo con la contundencia suficiente como para dar marcha atrás al resultado. Plantearon conjeturas y presentaron pruebas de casos indignantes, pero aislados.

Insisto: sí, sentimos (y digo “sentimos” porque yo también lo creo) que a Trump le jugaron sucio y no nos hace sentido que Biden, con su pésima campaña, de repente se haya convertido en el candidato más popular en la historia de América. Sin embargo, el sistema judicial y las instituciones no funcionan con base en sentimientos.

Justamente esta convicción ha sido una de las banderas más importantes del movimiento conservador en los últimos años, encarnada en la frase de Ben Shapiro: «facts don’t care about your feelings» (a los hechos no les interesan tus sentimientos), y que simplemente actualiza la idea que hace más de 200 años planteó John Adams, cuando señaló que «los hechos son tercos y nuestros deseos, inclinaciones y pasiones no pueden alterar los hechos y la evidencia». Es el momento de ser coherentes con ese precepto, especialmente ahora que nos resulta tan doloroso.

Litigar el pasado significa perder el futuro

Es verdad que en 2020 hubo irregularidades y deben atenderse, especialmente la fragilidad de los sistemas de voto y el comprobado desequilibrio mediático a favor del Partido Demócrata. En el primer aspecto, los republicanos harían bien en impulsar, desde el nivel local, reformas a los sistemas de votación, privilegiando el voto en papel y fortaleciendo la transparencia en el manejo y conteo de los votos; en cuanto el segundo tema, la derecha tiene que redoblar sus esfuerzos para construir alternativas periodísticas y para negociar una posición más equilibrada en los grandes medios de la prensa industrial, particularmente en la televisión.

Por lo pronto, el triunfo de Biden se siente injusto, pero no podemos atascarnos en el rencor o la negación. A estas alturas, el peor error que puede cometer el presidente Trump, su equipo, el Partido Republicano y el movimiento conservador es aferrarse a pelear una elección ya definida, distrayendo enfoque, credibilidad y recursos de las contiendas que todavía están en marcha, empezando por la elección de los senadores del estado de Georgia, a realizarse el 5 de enero.

El futuro no está en la necedad del fraude, sino en la perseverancia del esfuerzo: trabajar más, trabajar mejor, aprender de los errores y mantener la esperanza, sin perder la sensatez.

Gerardo Garibay Camarena, is a doctor of law, writer and political analyst with experience in the public and private sectors. His new book is "How to Play Chess Without Craps: A Guide to Reading Politics and Understanding Politicians" // Gerardo Garibay Camarena es doctor en derecho, escritor y analista político con experiencia en el sector público y privado. Su nuevo libro es “Cómo jugar al ajedrez Sin dados: Una guía para leer la política y entender a los políticos”

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