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Shinzo Abe fue asesinado y el mundo es un lugar más oscuro

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ES IMPOSIBLE hablar de la política japonesa sin mencionar a Shinzo Abe. No solamente porque fue el primer ministro nipón luego de la Segunda Guerra Mundial que más duró en el cargo (2012 a 2020), lo que obviamente lo consolida como un político trascendental. Además, Abe forjó un papel decisivo de Japón en el mundo que disentía de una tradición de años. Shinzo Abe, con 67 años, falleció este 8 de julio.

En la mañana de este viernes, fue asesinado por un exsoldado de la Fuerza Marítima de Autodefensa de Japón, que baipaseó las estrictas leyes de control de armas y, con una invención casera, le disparó dos veces mientras el ex primer ministro daba un discurso en la ciudad de Nara, a casi quinientos kilómetros al oeste de Tokio.

En el que es uno de los países más seguros del mundo, donde casi nadie muere asesinado, el político más influyente de la historia reciente de Japón recibió un disparo. Herido en el pecho y en el cuello. A las pocas horas, los medios anunciaban lo que todos temían.

Líderes de todo el mundo y de todas las ideologías se juntaron para expresar su tristeza por el asesinato de Abe. Pero, sobre todo, su admiración y respeto. Porque Abe, sin duda alguna, fue uno de los mejores primeros ministros que tuvo Japón y era uno de los líderes mundiales más visionarios, sensatos y precisos que aún vivía.

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Bajo su gobierno, Japón rompió con una tradición de neutralidad y pacifismo que arrastraba desde su trágica rendición al terminar la Segunda Guerra Mundial. Esta ruptura era urgente ante las amenazas que se alzaban en la región Indo-Pacífica. Por ello, y aunque hoy es evidente, es claro que Shinzo Abe fue un visionario al prever la inminente amenaza que significaría la fuerza militar (y nuclear) de países como China o Corea del Norte.

Abe será recordado como uno de los mejores estadistas de su época. Ajeno a la timidez nipona, el ex primer ministro se planteó el liderazgo de una alianza de seguridad en el Indo-Pacífico, lo que lo llevó a tejer una estrecha relación con la Casa Blanca. Si hubo un muro de contención contra los esfuerzos arbitrarios y abusadores de China fue gracias a la voluntad de Shinzo Abe de enfrentarse con firmeza al comunismo y los regímenes socialistas.

Inscrito en la exitosa narrativa política de recobrar el orgullo nacional, Japón se vio por primera vez reivindicado como uno de los países más exitosos y prósperos del mundo bajo su Gobierno. Aunque siempre fue un sistema ejemplar, el orgullo por ello se debe en gran parte a los esfuerzos del ex primer ministro.

Los diálogos del 2007 de la alianza Quadrilateral Security entre Estados Unidos, Australia, India y Japón, en su primer Gobierno, que duró un año, perfilaban ya a Abe como un idealista de la seguridad asiática ante el avance de las potencias iliberales. El propósito del premier entonces era la construcción de un “arco asiático por la democracia”. No se puede tomar a la ligera el logro de sumar a India a un frente de seguridad, que buscaba, de alguna forma, emular a la OTAN.

El agradecimiento de Asia a Shinzo Abe quedó representado en las palabras del vicepresidente de Taiwán, Lai Ching-te, quien, luego de que los medios informaran que el ex premier nipón había recibido dos disparos, imploró: “¡Ex primer ministro Abe, por favor, luche por su vida!”.

No es para menos. Shinzo Abe llevó a Japón a convertirse en un aliado decisivo y necesario para Taiwán. Y su firmeza frente a ello, es un legado de generaciones: su abuelo, el ex primer ministro Nobusuke Kishi, jugó un papel importante a favor de Taiwán cuando gobernó a finales de la década de los cincuenta.

Más allá de eso, el mérito de Shinzo Abe en la recuperación económica de Japón, gracias a sus políticas que trascendieron bajo el término de Abenomics, es innegable. The Economist describió su régimen económico como “una mezcla de reflación, gasto gubernamental y una estrategia de crecimiento diseñada para sacar a la economía del estancamiento que ha tenido por más de dos décadas”.

A pocos meses de la implementación del plan económico de Abe, “el mercado de valores aumentó un 55 %; el gasto de los consumidores impulsó el crecimiento en el primer trimestre hasta un 3,5 % anualizado; y su popularidad despegó al 70 %”.

Bajo el slogan Meiji de fukoku kyohei (“¡Enriquece el país, fortalece el Ejército!”), Shinzo Abe rescató a Japón de décadas de inercia y pasividad. Para poder defenderse, que siempre fue el deseo del ex primer ministro, Japón debía de ser un país próspero y robusto, que se reinsertara nuevamente al cuadrilátero de las potencias militares y económicas del mundo. En ese sentido, aunque Abenomics se planteó como un plan de estímulo económico, realmente se enmarcó dentro de una agenda de seguridad.

Al revitalizar a un Japón entonces marchito, Shinzo Abe logró lo impensable y en cuestión de meses catapultó al país hasta el Olimpo de las potencias. Su liderazgo fue decisivo para inyectar combustible a una sociedad que siempre tuvo el talento, pero que necesitaba quién lo esculpiera. Por ello, Abe se convirtió rápidamente en el político más poderoso y uno de los jugadores más influyentes de la historia de Japón. Incluso, luego de que renunciara como primer ministro en 2020, argumentando problemas de salud, Shinzo Abe pasó a ser el líder de la facción más larga del parlamento Japonés, la Dieta Nacional.

Por su peso en la política nacional e internacional, me atrevería a comparar a Shinzo Abe con su antiguo homólogo israelí, Benjamin Netanyahu —con quien el japonés tuvo excelente trato, lo que lo convirtió en arquitecto de las mejores relaciones en décadas entre el país asiático y el judío. También conservador, el nipón sabía que, ante la inminencia de los tiempos turbulentos que venían, la principal preocupación de la sociedad japonesa debía de ser la seguridad nacional. Su empecinamiento por construir un Japón blindado y robusto nos deja con la paradoja de su asesinato: no hubo suficiente seguridad para evitar que un trastornado le arrebatara la vida con el disparo de un arma casera.

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