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Siete días en la histeria de las mascarillas en España

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Al día de hoy, no existe ni un solo estudio científico revisado por pares que concluya que las mascarillas, especialmente las de tela, sean eficaces para prevenir la transmisión del COVID-19. Este hecho fue ampliamente reconocido por los científicos al comienzo de la pandemia, aunque un inexplicable cambio de opinión entre los líderes mundiales revirtió esa decisión a mediados de 2020. Desde entonces, las autoridades de todos los credos y colores han exigido a sus poblaciones que se cubran la cara, a pesar de que no hay pruebas creíbles de que sean eficaces. Para algunas actividades, sobre todo el esfuerzo físico, las mascarillas son en realidad un obstáculo más que una ayuda. 

El gobierno español es una de esas autoridades. Cuando llegué a Barcelona la semana pasada, mi amigo se giró hacia mí y me dijo: “Tienes suerte de haber llegado hoy. Es el primer día que han levantado el mandato de las mascarillas al aire libre”.

Sí, has leído bien. Hasta el lunes pasado, España tenía un mandato oficial que establecía que la gente debía llevar mascarillas tanto en la nariz como en la boca cuando estaba al aire libre. Tanto si eres un agricultor arando los campos como un atleta entrenando para su próximo maratón, el requisito legal era llevar un protector facial en todo momento, independientemente de tu ubicación.

En este caso había que verlo para creerlo, a pesar de que mi amigo me aseguró que el cumplimiento superaba ampliamente el 90 %. Aunque el gobierno ha levantado esa norma, otras igualmente atroces siguen plenamente vigentes. Como parte del Programa Sanitario de Pedro Sánchez, todos los españoles están obligados a llevar la cara tapada en todos los recintos cerrados. Esto incluye los cines, los centros comerciales, los teatros y, quizá lo más sorprendente, los gimnasios. Aquellos que no lo hagan podrán ser enjuiciados, aunque lo normal es que se les imponga una fuerte multa. 

Independientemente de lo que imponga Sánchez, la única manera de que se cumplan estas normas es que la gente esté dispuesta a hacerlas cumplir. A pesar de las protestas de algunos políticos y de las manifestaciones organizadas, el cumplimiento es tanto agresivo como generalizado. Viajando en el transporte público de Barcelona, no estaba dispuesto a taparme la nariz, lo que atrajo innumerables miradas e intentos de apartarse de mí, como si yo mismo fuera portador del virus. En un momento dado, una chica de unos 20 años empezó a gritar “mascarilla, por favor”. Los miembros del público suelen ser los ejecutores más agresivos del gobierno.

Sin embargo, nada podría haberme preparado para lo que experimenté en el gimnasio Metropolitan Club Sagrada Familia. No solo se obligaba a todos los clientes a llevar mascarillas durante su entrenamiento, ya fuera con pesas o en la cinta de correr, sino que esto se extendía al uso de las instalaciones del Spa. Así, mientras disfrutaba de la sauna (salas que alcanzan hasta 90 grados centígrados), me llevé una desagradable sorpresa.

El gerente general del club, (un hombre que después me enteré, tiene 20 años de experiencia en el sector de los gimnasios), se acercó completamente desnudo (con la excepción de unas sandalias y una mascarilla de grado químico N-95) y me exigió que me pusiera un protector facial. “Eso debe ser muy antihigiénico”, contesté. “Son las normas”, respondió. La típica respuesta burocrática.

Otro ejemplo de tiranos de las mascarillas en España en acción fue cuando salía de un centro comercial con una bebida y un sándwich en la mano. Obviamente, beber y comer mientras se usa una mascarilla no es una maniobra muy fácil que digamos, pero eso no era preocupación de la seguridad privada del centro comercial. Mientras salía del edificio, un guardia de seguridad corrió desde el otro extremo gritando “¡caballero!” para informarme que mi mascarilla debería permanecer en todo momento. Ignoré por completo la solicitud, enfureciéndolo aún más. “Nunca vuelvas a este centro comercial”, gritó mientras yo salía del edificio. 

Mientras me tomaba unas copas con los colegas, surgió el tema del COVID. “Nunca hubiera creído que España sería el país más responsable de Europa”, remarcó uno. “Nosotros somos los que seguimos protegiéndonos contra la pandemia”, me pareció la interpretación más generosa.

Mi opinión es menos optimista. Para cualquiera que valore las libertades civiles, tal obediencia obstinada a los políticos enloquecidos por el poder es una indicación preocupante de su voluntad de cumplir con los dictados del Estado español. Como la historia ha debido de enseñarnos, la tragedia y la injusticia ocurren cuando la gente buena tiene miedo de hablar. Esto no es solo una advertencia para el pueblo de España, sino para los países de todo el mundo.

Ben Kew is English Editor of El American. He studied politics and modern languages at the University of Bristol where he developed a passion for the Americas and anti-communist movements. He previously worked as a national security correspondent for Breitbart News. He has also written for The Spectator, Spiked, PanAm Post, and The Independent

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Ben Kew es editor en inglés de El American. Estudió política y lenguas modernas en la Universidad de Bristol, donde desarrolló una pasión por las Américas y los movimientos anticomunistas. Anteriormente trabajó como corresponsal de seguridad nacional para Breitbart News. También ha escrito para The Spectator, Spiked, PanAm Post y The Independent.

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