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Sin voluntad, la libertad no ganará

Para defender la libertad y la república, la batalla cultural deberá ir de la mano de la ofensiva política

Este artículo debuta en una nueva tribuna para la libertad, la cual debe ser celebrada y promovida porque ya, de por sí, su existencia es un triunfo. Hay razones para ser optimistas cuando nacen espacios que entienden la importancia de promover y defender la libertad. Sin embargo, viendo el entorno que rodea a esta tribuna, debemos preocuparnos -y ocuparnos-.

Desde hace algunas semanas estoy participando en una serie de sesiones con el gran profesor Aníbal Romero, donde la pregunta ordenadora es si nuestra civilización occidental está en decadencia. Entre las discusiones, en uno de sus textos más notables, Romero analiza la perspectiva del poder y de la voluntad, a la luz de Manuel García-Pelayo, para resaltar la energía como concepto y así hacernos entender por qué cayó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y por qué se acabó la Guerra Fría a partir de la actuación decisiva de un hombre: Ronald Reagan.

En resumen, el profesor Romero sostiene que, si Ronald Reagan no hubiera invertido toda su voluntad y su propia energía personal, la URSS probablemente no hubiera caído. Fue su determinación contra el comunismo lo que lo motivó a actuar e incluso a cambiar una estrategia que pretendía contener a los comunistas para pasar a una ofensiva contra el comunismo. 

Como sostiene el escrito, la energía puede ser personal u objetivada. La energía personal es un recurso muy intangible e incuantificable porque pertenece al carácter, pero crucial en el ejercicio del poder, ya que «implica no sólo el deseo de mantener en forma o, por el contrario, alterar el estado de cosas existente, sino también el élan vital, la voluntad, la constancia y el valor para llevar a cabo todas las acciones necesarias para la consecución de tales objetivos (…) y para asumir las responsabilidades». Por su parte, la energía objetivada se puede contabilizar y se refiere al conjunto de instrumentos organizativos y materiales disponibles (recursos militares, económicos, diplomáticos, etc.).

Reagan supo combinar ambos tipos de energía con una enorme convicción que lo llevó, discursivamente y en acción, a derrotar al comunismo soviético con una fuerza imbatible y admirable. 

Sin embargo, 30 años después, el panorama parece ser desolador ante la ausencia de esa energía y esa voluntad por derrotar a una izquierda marxista que, lejos de desaparecer, se replegó para redefinirse y mutar mientras la libertad enviaba un mensaje de empedernida confianza y optimismo que nos hizo abandonar lo importante.

Basta con ver lo que es nuestra región hoy, entre vandalismo, destrucción, fraudes electorales, chantajes, hambre, miseria y crimen, para entender las últimas dos décadas de populismo en América Latina, para comprender cómo el Foro de São Paulo y sus satélites han sobrevivido entre bonanzas y crisis, y, sobre todo, para comprender por qué el régimen castrista lleva más seis décadas oprimiendo a los cubanos, valiéndose de la ayuda de los poderes de turno de la izquierda global y regional, sin disimulo alguno.

Como decía Edmund Burke, «para que el mal triunfe, solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada», y, la verdad, es que los buenos, desde una confianza exagerada, abandonaron ese ímpetu con el que Reagan logró desafiar al comunismo soviético. Nos confiamos de la victoria de la libertad, olvidando que, como el propio Reagan decía, nunca está a más de una generación de extinguirse. Grave error.

El mal ha triunfado porque se ha sabido articular. No tiene escrúpulos para hacerse del poder como sea, sin importar de dónde vienen los recursos, sin importar a quién se unen, sin importar nada. Han tomado la academia, la cultura, la sociedad civil, los medios, los partidos, todo, con los buenos como testigos, en medio de una tolerancia que raya en la tibieza y de un entendimiento que en realidad es mediocridad. La cobardía es un signo frecuente entre quienes, sabiéndose promotores de la libertad, han optado por contener al mal y no por combatirlo de frente, mientras ese mal cada vez avanza y es más criminal.

Peor aún, mientras se ha buscado contenerlo, se ha abandonado el trabajo necesario e importante: la narrativa liberal, el enamorar a la gente del discurso, rescatar las banderas, el articularse en espacios comunes a todo nivel, el asumir la política desde la ruptura y el shock y no desde la continuidad. Ha faltado todo, mientras la izquierda nos deja sin nada. Entre quienes defendemos y promovemos la libertad, perdemos más tiempo viendo quién conoce mejor a Hayek o quién es más o menos liberal o de derecha, en lugar de asumir un discurso y metas comunes que deben partir de la libertad individual, de la libertad económica y de la república como base. En todo eso hemos fallado porque vemos más enemigos entre liberales y conservadores, por ejemplo, que entre los amantes de la libertad y los liberticidas. Así, la izquierda siempre seguirá ganando.

Los recientes episodios en Chile y Bolivia, entre el vandalismo y el retorno del MAS al poder, nos recuerdan dos caras de la misma moneda donde el socialismo busca imponerse desde la fuerza y desde la dominación; desde la destrucción y de la propaganda. Esa izquierda necesita derribar el poder actual, para tomarlo para sí, al costo que sea. De nuestro lado, el proyecto parece invisible, silente y hasta inexistente, solo con respuestas tibias desde el poder (Argentina es otro ejemplo).

La batalla cultural debe ir de la mano de la ofensiva política. La primera tarda mucho, tanto como la izquierda lo ha demostrado y, sin la segunda, su viabilidad se diluye en las intenciones. Eso debe cambiar. Es momento de entender que la izquierda continental no descansará hasta ver a bastiones de libertad destruidos, porque la odian. Un proyecto como el que lidera la izquierda criminal en América Latina, sólo se puede derrotar con el mismo ímpetu y voluntad política que esa izquierda tiene hoy a la hora de hacerlo todo para tomar el poder. Narrativa, llegar a la gente, sí, pero también y, sobre todo, voluntad, como la tuvo Reagan. Acobardarse frente a los enemigos de la libertad, es entregarse.

Es momento de articular esfuerzos reales para tener alternativas políticas viables a favor de la libertad en nuestra región y que la defiendan sin tapujos. Es momento de ver a los enemigos en el lugar correcto y no entre nosotros. Esa madurez ideológica de quienes creemos en la libertad es indispensable para evitar que sigan ganando los malos. Tenemos dos pruebas inmediatas: el plebiscito en Chile y la elección presidencial en los Estados Unidos.

Es tiempo de salvar la república. Sin voluntad, la libertad no ganará.

2 comments
  1. Cierto Pedro señala a un mal que sin disimulo se apropia de los elementos de la libertad para ponerla tras las rejas; el social-comunismo se disfraza, engaña y nos vende sin reparos, sin azares y despreocupadamente con la misma voz ensordecedora de la izquierda lo que en verdad es la esclavitud y pobreza. Nosotros no lo percibimos o lo dejamos pasar. Y así, así vamos dejándole trozos de libertades que después juntan ellos para hacer los muñecos de paja que continúan asustandonos en el Siglo XXI.

  2. Wow, gran artículo. ?
    Inspirador, un llamado a unirnos no solo para resistir y contener, ahora, también para contraatacar.

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