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resentimiento envidioso, El American

El socialismo es el reclamo del más primitivo resentimiento envidioso

Fuel Helmut Shoeck quien demostró que es la envidia la fuerza tras la aspiración a la igualdad material con la cual sus fanáticos defensores recurrirán inevitablemente al totalitarismo

Corría el año de 1966 cuando se publicó un libro en el que su autor, el sociólogo Helmut Schoeck, se atrevió a analizar el fenómeno de la envidia desde sus orígenes en la noche de los tiempos hasta  sus efectos en el orden social civilizado, revelando sin concesiones que el socialismo no es otra cosa que una manipulación antisocial del más primitivo resentimiento envidioso.

Su extraordinaria obra, La envidia: una teoría de la sociedad, ofendió y escandalizó a los socialistas –de marxistas revolucionarios a tibios socialdemócratas y de intelectuales comprometidos a tontos útiles– al demostrar indiscutiblemente que sus teorías de la explotación y alienación no son otra cosa que falacias creadas para servir de sucedáneos de la primitiva creencia en la hechicería, para enmascarar al resentimiento envidioso de un absurdo reclamo irracional ante “injusticias” míticas, en las que los envidiosos necesitan desesperadamente creer para disfrazar su inconfesable envidia. Schoeck profundizó en la envidia como causa de fenómenos sociales tan terribles como el totalitarismo, explicando que su objetivo era:

“Explicar –a modo de teoría, y con la ayuda de diversas hipótesis– cómo se ha llegado a una serie de normas determinadas de comportamiento que actúan en todo grupo y en toda sociedad, sin las que no es posible la convivencia social, pero que, por otra parte, pueden degenerar también en peligrosas agresiones y crear enormes obstáculos para la acción. No tiene sentido querer analizar las estructuras sociales sin intentar antes comprender cuáles son los impulsos humanos que crean, soportan, modifican o destruyen esas estructuras”.

Schoeck  explica que la envidia tuvo en la noche de los tiempos una razón de ser evolutiva, una específica utilidad para la supervivencia de los grupos humanos más primitivos, y que sin aquella envidia no hubiera evolucionado la sociedad humana. Pero también nos explica que sin reprimirla no puede funcionar ningún orden social a gran escala. La envidia fue la clave de la unidad de propósito y obediencia a un mando, indispensables para la supervivencia en aquellos minúsculos grupos tribales primitivos en que la temprana humanidad apenas subsistió por cientos de miles de años, limitada a vidas cortas y miserables, marcadas por la enfermedad y el hambre. Pero al empezar a emerger evolutivamente la civilización en algún momento de los últimos diez mil años –poco más o menos– y aparecer eventualmente altas culturas, ese atavismo ancestral de la envidia pasó a ser una fuerza emocional peligrosamente antisocial –no por accidente condenada por todas la religiones conocidas– que llegará a ser incluso la clave de los modernos totalitarismos. Sobre ello explica Shoeck que:

“La sociología del poder y del dominio debería tener en cuenta el factor de la envidia cuando se observa que algunos de los que se someten al poder desean que otros –que todavía han logrado substraerse a este influjo– se sometan también, para ser todos iguales. Fenómenos como el Estado totalitario, la moderna dictadura, solo se entienden a medias en la sociología si se pasan por alto las relaciones sociales entre los ya igualados y los todavía inconformistas”.

La paradoja de la envidia que nos reveló Shoeck es que aunque de la envidia dependió la cohesión de los grupos menores que permitieron la mísera supervivencia del hombre primitivo que apenas se diferenciaba de otros grandes primates, fue justamente del manejo y represión de esa envidia de lo que dependió que aquellos grupos crecieran en número y capacidades materiales y culturales mediante nuevas formas de interacción social de las que emergería la civilización, como producto de la acción mas no de la voluntad de hombres que no podían prever las maravillas que estaban desencadenando. En palabras del autor “los grupos menores y las familias cuyos miembros no acertaron a desarrollar sensibilidad bastante frente a la amenazadora envidia (…) a la larga se mostraron incapaces de formar los grupos mayores requeridos para poder conquistar su medio ambiente”.

En culturas primitivas muy dominadas por la envidia no hay otra explicación de cualquier diferencia que la creencia en hechicería, porque creer en la hechicería permite al resentido envidioso creer que quién por sí mismo alcanza más que otros, se los habría robado mediante maleficios mágicos. De una amplia investigación de la etnografía Schoeck concluye que los hombres primitivos:

“Consideran como caso normal el de una sociedad en la que en cada momento concreto todos sus miembros tienen una situación absolutamente igual. (…) Comoquiera que no consigue explicarse racionalmente las desigualdades existentes, este hombre primitivo atribuye causalmente las desviaciones, tanto hacia arriba como hacia abajo, respecto de la supuesta sociedad normal de iguales, a los poderes maléficos de otros miembros de la comunidad”.

Lo más importante que nos revela Shoeck es que legitimación intelectual de la envidia en aquellas culturas que han superado las creencias supersticiosas en el poder de la hechicería se rehízo  mediante un sucedáneo ideológico que justifica y enmascara la envidia disfrazándola falazmente de “justicia” porque :

“La autocompasión, la incapacidad de reconocer que otros pueden tener ventajas o méritos que no han debido robar necesariamente a un tercero (…) se encuentra también entre los individuos de las altas culturas (…) No hay, en verdad, una gran diferencia entre las creencias en la magia negra propias de los pueblos primitivos y ciertas ideas modernas (…) Mientras los socialistas se consideran robados y estafados por los empresarios (…) en virtud de una abstrusa teoría del proceso económico, el hombre primitivo se considera robado por su vecino (…) capaz de embrujar una parte de la cosecha de sus campos”.

Fuel Helmut Shoeck quien demostró que es la envidia la fuerza tras la aspiración a la igualdad material con la cual sus fanáticos defensores recurrirán inevitablemente al totalitarismo –imponiendo una escandalosa desigualdad entre nomenclaturas privilegiadas y empobrecidas masas sojuzgadas– pues, la realidad del socialismo nunca será diferente de la de aquella reveladora fábula de Orwell en que el poder revolucionario admite finalmente que “todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros”. 

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