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Steven Spielberg y Norman Foster: 2 anécdotas sobre burocracia

Mientras sus compañeros entregaban cortometrajes, Spielberg presentó ante el jurado su último proyecto: “La Lista de Schindler”

Steven Spielberg es trending topic en estos días en Twitter debido al anuncio de su regreso como productor ejecutivo de una nueva temporada de Animaniacs, que vuelve 22 años después de su última emisión.

Steven Spierlberg producirá “Animaniacs”

Estaremos atentos al estreno para analizarla, ya que a pesar de ser una serie de animación aparentemente para niños, siempre tuvo mucho contenido político. Como se puede apreciar en el tráiler de esta nueva tanda de capítulos, aparece un personaje que caricaturiza a Donald Trump; y quienes recuerden la original, sabrán que el mismísimo Bill Clinton aparecía tocando el saxofón en la intro de la serie, con capítulos plagados de guiños políticos.

No obstante, en esta ocasión hablaremos de una anécdota de Steven Spielberg que si bien no guarda relación con esta serie, sí da pie a una reflexión sobre la diferencia entre el funcionamiento de la iniciativa privada frente al de la administración pública.

Spielberg y su proyecto de fin de carrera

A pesar de ser uno de los directores más taquilleros y premiados de la historia del cine, Steven Spielberg no terminó la carrera universitaria de Cine y Artes Electrónicas durante su juventud. Cuando aún era un joven estudiante en la Universidad Estatal de California (Long Beach), abandonó los estudios para trabajar como pasante en Universal Studios, colaborando con el departamento de edición en un empleo de siete días a la semana sin sueldo. Nunca se quejó de explotación, ni reclamó cobrar un salario mínimo. Él tenía otros planes.

Esta pasantía le sirvió para adquirir experiencia y contactos, y después de unos años de duro trabajo consiguió dirigir “Tiburón” (Jaws, 1975). El resto es historia del “Séptimo Arte”.

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Steven Spielberg en un discurso sobre “Saving Private Ryan”

Tras 34 años, una estatuilla de los Oscar y decenas de taquillazos después, decidió retomar y acabar sus estudios en la misma universidad de su juventud. La Universidad Estatal de California le obligó -como a todos sus alumnos- a presentar un proyecto fin de carrera. Mientras sus jóvenes compañeros entregaban cortometrajes, él presentó ante el jurado su último proyecto, nada más y nada menos que “La Lista de Schindler”.

Por supuesto aprobó. Pero imaginen por un momento que ese tribunal universitario, al fin y al cabo formado por burócratas, hubiera decidido ponerle mala nota porque, supongamos, la película no era en color, o por superar el metraje máximo estipulado en las bases del examen. Hubiera sido ridículo. Tan ridículo que nos cuesta imaginar que algo así pueda suceder en realidad, ¿verdad? Pues bien, Norman Foster -otra leyenda, en su caso de la Arquitectura- no opinaría lo mismo.

Norman Foster y el proyecto de su fundación

En julio del 2011, Norman Foster, considerado el mejor arquitecto del siglo XX, compró por 9 millones de euros el palacete del Duque de Plasencia, en Madrid (España). En este edificio, parte del Patrimonio Histórico de la ciudad, Foster pretendía emplazar la sede de su Fundación Norman Foster, donde organizar actividades relacionadas con la arquitectura, el urbanismo, el arte y el diseño. Al igual que a Spielberg su universidad le reclamó presentar un proyecto, a Foster le fue exigido el suyo por parte de la Comisión Institucional para la Protección del Patrimonio Histórico-Artístico y Natural (CIPHAN).

El proyecto de reforma lo entregó de su puño y letra el propio Norman Foster. Estos planos, un documento histórico de gran valor en sí mismo, fueron rechazados por el burócrata de la comisión. Según pudo saber el diario español Vozpopuli, las modificaciones hechas por este cargo de designación política (ni siquiera era funcionario de carrera) fueron hechas a lápiz ¡sobre el original de Norman Foster! 

Es cierto que las normas deben ser iguales para todos, pero en el caso de la administración pública madrileña, muchos periodistas denunciaron casos de arbitrariedades y supuestos tratos de favor a otros constructores.

Aunque en 2017, la sede de su fundación finalmente acabó en Madrid, durante 5 años a partir del insultante incidente, Foster se negó a construirla y quiso huir de la burocracia y la inseguridad jurídica de España, tratando de llevársela a Nueva York.

Si a Steven Spielberg alguna regulación laboral, supuestamente para “liberarle de la explotación”, le hubiera impedido trabajar gratuitamente todos los días de la semana para Universal Studios, quizás hoy no estaríamos hablando del “Rey Midas de Hollywood”, sino quién sabe si de un universitario con título oficial del gobierno quien, al quedarse sin su oportunidad, acabó trabajando algunos años rodando anuncios para la televisión.

Estas anécdotas de Steven Spielberg y Norman Foster sirven para manifestar que el exceso de regulación y el intervencionismo, así como la inherente burocratización de la administración pública, convierten el camino para emprender cualquier iniciativa privada en un auténtico campo de minas propio de la película “Saving Private Ryan”.

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