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Still Mine, la lucha de un hombre de 88 años contra el gobierno

Al igual que el protagonista de Still Mine, muchas personas se ven impotentes ante la implacable maquinaria estatal

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Still Mine es un drama romántico canadiense del año 2012 basado en hechos reales. La película está dirigida por Michael McGowan y protagonizada por los veteranos James Cromwell y Geneviève Bujold, que llevan a cabo unas magníficas interpretaciones.

En 2010 llegaba a la prensa canadiense la historia de Craig Morrison, un nonagenario que llevaba años defendiéndose en los tribunales de los ataques del gobierno local, que lo tenía atrapado en una maraña de burocracia e hiperregulación urbanística, a cuenta de una pequeña casa que con sus propias manos se estaba construyendo.

Dos años después, en 2012, esta conmovedora a la par que irritante historia es llevada a la gran pantalla, con una gran acogida por parte de la crítica y del público, ya que es muy sencillo sentirse identificado con el tormento legal por el que tiene que pasar el señor Morrison. Al igual que el protagonista de “Still Mine“, muchas personas se han visto impotentes ante la implacable maquinaria estatal a la hora de enfrentarse a absurdas regulaciones y al laberinto burocrático que éstas conllevan.

Después de 70 años dedicado a la construcción, el señor Morrison, ahora con 88 años, se dedica al cultivo de fresas y otros productos agrícolas en su pequeña finca. Lleva una vida austera y tranquila, subsistiendo gracias a la venta de sus cultivos en los mercados locales.

Con la entrada en vigor de ciertas regulaciones alimentarias, no puede seguir vendiendo sus productos frescos, a pesar de que son de gran calidad y muy bien valorados por sus clientes. Con una producción tan pequeña, simplemente no puede hacer frente a los gastos que supondría adaptarse a los nuevos requisitos impuestos por la normativa.

Aunque este contratiempo le supone un grave perjuicio, decide resignarse y seguir viviendo de sus pequeños ahorros y del autoconsumo. Sin embargo, sus verdaderos problemas comienzan cuando su anciana esposa es diagnosticada con Alzheimer. Se da cuenta de que su pequeña casa de dos pisos ya no es un lugar seguro para ella, y decide construir en su parcela una casita de madera de una sola planta, mucho más adecuada para la nueva condición de su mujer.

A sus 88 años, con toda su experiencia en la construcción, con la sabiduría sobre la madera heredada de su difunto padre —constructor de barcos—, y con todo el amor del mundo por su mujer, empieza a construir con sus propias manos la que será su residencia para sus últimos años de vida juntos.

Es en este momento cuando recibe la primera visita del funcionario urbanístico, quien le reclama toda suerte de documentación técnica, rellenar interminables formularios y, por supuesto, el correspondiente pago de tasas al ayuntamiento.

Para él es evidente que se trata de una mera excusa del ayuntamiento para sacar más dinero a los contribuyentes y justificar el sueldo de un innecesario empleado público, y aunque no dispone de grandes medios económicos, decide pagar para no meterse en más problemas.

Pero sus problemas, lejos de acabar, no han hecho más que empezar. Es sometido a múltiples inspecciones, y a pesar de que su casa supera con creces todos los estándares de calidad y seguridad, siempre le falta algún papel, alguna certificación oficial, o algún permiso especial escondido entre la interminable letra pequeña de la regulación.

Como el señor Morrison de la vida real dijo: “Pensé que este era un país libre, que teníamos libertades y derechos como antes, pero estaba tristemente equivocado. Todo lo que quería hacer era construir una casa, y me trataron como si fuera una especie de peligroso criminal”.

Tuvo que enfrentar hasta 6 juicios bajo amenaza de derribo y cárcel, pero nunca claudicó y siguió construyendo su casa a su manera. El deterioro en la salud de su mujer se aceleró por culpa de toda esta angustia, pero él tenía claro que, tras cada juicio, o bien dormiría en su nueva casa junto a su esposa, o bien dormiría en la cárcel, pero que jamás cedería ante las agresiones gubernamentales.

Still Mine y los principios de la libertad

“Still Mine” muestra el comportamiento heroico del señor Morrison. Cuando todo a su alrededor le empujaba a institucionalizar a su mujer en un asilo y bajar los brazos, con 90 años se mantuvo firme, independiente y libre. Hizo lo que sabía que era lo correcto aunque no fuera lo legal, siendo leal a su mujer y a sus principios.

El gobierno, justificándose tras el típico recurso de “esto es por su bien”, quedó desenmascarado como cruel, sin alma y carente de compasión. Craig Morrison al final ganó como David frente a Goliat; y no sólo triunfó en los tribunales, sino que se erigió como auténtico vencedor moral, demostrando que aún quedan personas dispuestas a defender su vida, su libertad y su propiedad.

Lamentablemente, poco después del estreno de “Still Mine“, el señor Morrison falleció en febrero de 2013, a los 93 años de edad. En agosto del mismo año, su esposa Irene murió con 87 años. Pero ambos murieron como personas libres, dueñas de sus vidas y de la casa que el gobierno no consiguió derribar.

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