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Subir impuestos a los ricos: cómo hacer demagogia con el dinero de los pobres

Una de las mayores mentiras de los políticos de izquierda consiste en asegurar que subiendo las tasas impositivas a las rentas más altas se consigue aumentar la recaudación pública para conseguir mayor equidad fiscal y distribuir la riqueza

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Tras confirmarse el tercer paquete multimillonario de ayuda propuesto por Biden en sus primeros 100 días en la Casa Blanca, la siguiente “ingeniosidad” del nuevo presidente no podía ser otra que apelar a la receta clásica de la demagogia socialista: subir los impuestos a las rentas más altas.

El enorme gasto social previsto por el nuevo ejecutivo —que en buena medida se destinará a cubrir los déficits presupuestarios de estados como Nueva York y California que paralizaron de manera autoritaria la economía durante la pandemia de COVID-19-, ha obligado a Biden a recurrir a las subidas impositivas con el fin de responder a la necesidad recaudatoria.

Según Fox Business, concretamente la Casa Blanca está considerando la posibilidad de aumentar el impuesto sobre las ganancias de capital a una tasa del 39.6 % para las personas que ganen un millón de dólares o más al año, casi dos puntos más de lo establecido por Barack Obama durante su administración y el doble de la tarifa actual del 20 % implantada por Trump.

Esos 19 puntos por encima de la tasa actual equivalen a 230,000 millones de dólares, lo que supone aproximadamente el doble de la estimación realizada por el Centro de Política Fiscal.

Expertos cercanos a Bloomberg señalaron que en este paquete de reformas fiscales podría adicionarse un impuesto sobre los ingresos por inversiones, lo que supone que las personas adineradas podrían ver que sus tasas impositivas federales podrían escalar hasta el 43.4 %.

Una de las mayores mentiras de los políticos de izquierda consiste en asegurar que subiendo las tasas impositivas a las rentas más altas se consigue aumentar la recaudación pública para conseguir mayor equidad fiscal y distribuir la riqueza entre las personas que están más abajo en la escala económica.

Pero los datos no engañan. Con un déficit comercial sin precedentes —la inflación interanual en abril aumentó al 2.6 %, con una subida del IPC de un 0.8 % en el mes de abril— y una deuda que asciende a 30 billones de dólares, llevar a cabo una política fiscal contractiva con semejante subida de impuestos lo único que conseguirá es una reducción significativa de financiamiento para las pequeñas empresas, dejándolas seriamente limitadas para contratar más trabajadores.

En otras palabras, tanto los ricos como los pobres son en realidad utilizados por los políticos de izquierda como subterfugios antagónicos en las batallas políticas para el diseño de los presupuestos gubernamentales.

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El veneno impositivo que prepara Biden sobre las rentas más altas solo contribuirá a transgredir más el mercado. (Archivo)

Regulaciones: más pobreza y desigualdad

Conviene tener en cuenta algunas estadísticas reales, sobre todo cuando los políticos se suelen sacar de su chistera soluciones románticas para intentar demostrar con ellas resultados efectistas que sirvan a sus agendas políticas.

En ese sentido, uno de los cebos más tontos de imposición del aumento de los impuestos utilizados por la izquierda es prometer que el hachazo fiscal solo se reservara a los contribuyentes con más ingresos. Qué bien suena eso. No es de extrañar que tanta gente desprevenida les vote, año tras año.

Pero lo que los políticos que suelen llamarse “progresistas” no dicen es que no existe el número de ricos en Estados Unidos con el dinero suficiente para financiar los excesivos planes de gasto del Partido Demócrata. De manera que para conseguir un efecto de recaudación lo bastantemente grande para financiar su delirante agenda política, se requiere además vaciar el bolsillo de las clases medias y bajas.

Por otra parte, los demócratas —y los tontos útiles que se fascinan con sus habilidades retóricas— consideran que las grandes fortunas de ciudadanos como Bill Gates, Mark Zuckerberg, LeBron James y muchos más que se comportan como avalistas del actual gobierno, serán las primeras en ser gravadas para satisfacer la campaña radical de la izquierda. Eso no se lo cree nadie.

La economía no es una ciencia lineal. Basta con analizar los recovecos fiscales del Estado para entender que las cargas impositivas a las rentas más altas se hacen más laxas en la medida que se hace más compleja la trama económica. Invertir enormes sumas de dinero en valores exentos de declaración, es una de las técnicas más socorridas.

Y no estoy hablando de fraudes fiscales sino de sutiles mecanismos de ingeniería fiscal y financiera con los que muchos ricos se defienden de las acciones confiscatorias del Servicio de Impuestos Internos (IRS, por sus siglas en ingles). Durante la administración de Obama y en el marco de la idílica relación comercial con los chinos, los ricos americanos invirtieron su dinero aprovechando oportunistamente la ventaja de los tipos impositivos más bajos que le garantizaba la economía comunista de Pekín.

No es un caso exclusivo de Estados Unidos. En Europa, casi siempre con administraciones de corte socialdemócrata, después de aplicar la receta de la penalización a las rentas más altas, han descubierto que estaban recaudando menos tributos que antes. Y lo que es peor, la medida casi siempre provoca la pérdida de un notable número de empleos cualificados, generando una fuga de cerebros hacia otros países con mejor tipo impositivo.

Nada es más seductor para un político demagogo que prometer reformas fiscales y prestaciones públicas que nada tienen que ver con la realidad. El veneno impositivo que prepara Biden sobre las rentas más altas solo contribuirá a transgredir más el mercado, reducir la competencia, incentivar las técnicas de elusión de impuestos, encarecer los precios, aumentar el desempleo y hacer más pobres a los sectores más vulnerables de la sociedad.

Los gurús de la economía —entre ellos, Joseph Stiglitz, paladín del intervencionismo estatal— especulan con términos económicos volátiles como la mutualizacion fiscal de la deuda pública para acabar con la desigualdad social. Sin embargo, lo realmente preocupante es que mientras más continuadamente se regularicen los mercados y se suban los impuestos, la recaudación corre el riego de paralizarse.

Probablemente, ese es el punto en el que nos encontremos hoy. Lo que los expertos llaman la curva de Laffer dixit que establece, entre otras advertencias, que una subida de los tipos impositivos no necesariamente conlleva un aumento de la recaudación fiscal. ¿Qué pasaría entonces con la enésima subida de impuestos de los demócratas en el poder? Que podríamos estar llegando a la reincidencia de un círculo vicioso, en el cual a un aumento de cargas fiscales seguirá una reducción de la recaudación que, a su vez, forzará al gobierno a aumentar nuevamente los impuestos con la consiguiente destrucción del tejido productivo.

Ese es el callejón sin salida en el que se han metido ellos solos con sus políticas populistas. Lo contrario sería alentar el celebrado círculo virtuoso —tuvimos un periodo de prosperidad sin precedentes durante la administración de Regan— en el que el control de la ecuación —reducción de gastos públicos e impuestos— contribuye a que los ingresos fiscales aumenten en la medida que se reducen las cargas impositivas. Pero con la administración de Biden-Harris y sus muchachos, este escenario se me antoja impensable. Ojalá me equivoque

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