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Opinión │ ¿Suicidio político?: los pecados capitales que pueden condenar a Justin Trudeau

¿Suicidio político? Los pecados capitales que pueden condenar a Justin Trudeau

Marginar a gran parte de la sociedad canadiense fue lo que puso al primer ministro contra las cuerdas. Ahora, casi sin opciones de salida, redobló la apuesta buscando meter a todo disidente en el ostracismo financiero

Uno de los mejores artículos sobre Canadá, el histórico convoy de camioneros y el despertar de los canadienses contra las medidas sanitarias impuestas por el gobierno de Justin Trudeau lo escribió la periodista Rupa Subramanya, en el Substack de Bari Weiss, Common Sense.

«What the Truckers Want», reza el titular de esta pieza periodística que desgrana, a detalle, el sentimiento de los manifestantes que están en Ottawa desde hace tres semanas protestando contra lo que creen es un abuso estatal.

Allí, con gran tino literario y un trabajo fotográfico magmagníficonifico, Subramanya le da un importante espacio a los camioneros y manifestantes en Ottawa, quienes explicaron que fueron hasta la capital —arriesgando enemistarse con familiares, amigos y hasta perder empleos— porque se sentían completamente marginados; especialmente las personas no vacunadas.

Pero, más allá de que el convoy evidentemente tuvo un apoyo de la minoría de los canadienses que no están vacunados, esta no es una protesta en absoluta antivacunas; tal y como el gobierno de Canadá y los medios locales e internacionales quisieron presentarla. De hecho, el grueso de la protesta está impulsada por una buena parte de los canadienses, la mayoría vacunados. Sin irse muy lejos, los camioneros, la cara mediática del convoy, son un gremio cuya tasa de vacunación alcanza el 90 %.

¿Se está suicidando Justin Trudeau?

Ese fue el primer pecado capital de Justin Trudeau, darle la espalda no solo a los no vacunados, sino al grueso de la sociedad civil canadiense que está hastiada de los confinamientos, toques de queda, de las medidas sanitarias discriminatorias como el pasaporte sanitario; o incluso el mandato de vacunación obligatoria. El primer ministro, de hecho, tuvo mucho que ver en impulsar el convoy cuando llamó a los camioneros una «minoría marginal» con «puntos de vista inaceptables». Sus palabras fueron el preámbulo de su propio ridículo histórico, porque apenas días más tarde, Canadá y el mundo presenciaron la protesta más grande jamás vista en el país.

Después la cobardía hizo acto de presencia, convirtiéndose en el segundo pecado capital del primer ministro, quien se escondió durante una semana sin darle la cara al país, mientras las calles de Ottawa estaban rebosantes de ciudadanos de toda Canadá. Ya no era una cuestión de ir contra las restricciones sanitarias, sino de libertad, de recuperar un país que está virando rápidamente hacia el autoritarismo.

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La soberbia fue su tercer grave error político. En sus primeras palabras tras los primeros de días de protesta, Trudeau, en lugar de buscar la desescalada del conflicto aceptando las pocas y sensatas peticiones de los canadienses (volver a la normalidad), perdió la oportunidad de jugar la carta de reconciliación nacional.

Un breve discurso vendiendo la búsqueda de la unidad de los canadienses, aceptando un par de errores, y dándole una victoria a los manifestantes hubiese sido suficiente. Pero el primer ministro eligió redoblar la apuesta y empezar una feroz campaña de desprestigio contra los truckers.

Asociando al convoy con el racismo, el supremacismo blanco e incluso el nazismo, Trudeau y los medios de comunicación afines —en Canadá gran parte de la prensa es financiada por el gobierno— vendieron al mundo la idea de que las protestas eran únicamente impulsadas por antivacunas blancos de ultraderecha que buscaban una insurrección contra el gobierno progresista.



Opinión │ ¿Suicidio político?: los pecados capitales que pueden condenar a Justin Trudeau
Agencias de noticias, como EFE, impulsaron la narrativa de Justin Trudeau, desprestigiando a los manifestantes. (Captura de pantalla)

Hacer esto fue una declaración de guerra, pues empezó a jugar con las percepciones del público y el mundo, buscando imponer su versión del relato. Los manifestantes sintieron esto como una traición.

No obstante, y a pesar de que una gran mayoría de los medios está del lado de Trudeau, el convoy se convirtió en una referencia de los amantes de la libertad y en una inspiración para Canadá. Las imágenes y vídeos hablan por sí solas. Un movimiento pacífico y multicolor, replicado en varios países, con gente de todas las edades y razas, uniéndose contra un primer ministro que les dio la espalda.

«Venían de todo el país. Vaxxed, unvaxxed, blancos, negros, chinos, sijs, indios, solos o con sus esposas e hijos. Se acurrucaron en torno a las hogueras. Montaron cocinas improvisadas y tiendas de campaña con capitanes de cuadra repartiendo café y mantas», así describía el ambiente en Ottawa Subramanya en Common Sense. «Tocaron el claxon (y tocaron el claxon una y otra vez). Atronaron con “We Are the World”. Y dondequiera que miraras, alguien agitaba la Hoja de Arce».

Nunca antes en la historia Canadá había visto una protesta tan masiva. (EFE)

Ese párrafo basta para quebrar toda la narrativa de los medios liberal-progresistas y también la retórica del gobierno canadiense sobre el convoy.  


Por ello, el relato impulsado por Trudeau y los medios del mundo, no terminó de cuajar. Y fue allí cuando la ira irrumpió para convertirse en el cuarto pecado capital de Justin.

Trudeau elevó su discurso anti convoy, llamando a los manifestantes violentos y un peligro para la seguridad nacional. De la noche a la mañana, las fuerzas del orden empezaron a arrestar y acosar ciudadanos; generando indignación en redes sociales e impulsando todavía más el descontento contra el Gobierno. 

Lejos de aplacarse, las protestas continuaron, y un Trudeau acorralado políticamente —con críticas desde su propio partido y midiéndose ante una oposición conservadora con liderazgo renovado— decidió tomar una muy arriesgada apuesta: sacar el manual del tirano.  

El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, habla durante una reunión de la Cumbre de Líderes de América del Norte (NALS) en la Casa Blanca en Washington, DC, Estados Unidos, el 18 de noviembre de 2021. (EFE)

El quinto pecado capital cometido por Justin Trudeau, y que puede ser mortal para el primer ministro, fue haber invocado la Ley de Emergencia este pasado 14 de febrero. Esta suerte de Estado de Alarma, que no se activaba desde la segunda guerra mundial, le da facultades al gobierno de coartar libertades civiles bajo la excusa de salvaguardar la seguridad nacional. Esta Ley de Emergencia, para que se entienda bien, solo se aplica en situaciones muy específicas y determinadas, como contextos bélicos, y Trudeau la está utilizando para socavar protestas pacíficas.

Varios primeros ministros provinciales, otrora aliados del primer ministro, criticaron a Trudeau dándole la espalda. Prestigiosas organizaciones democráticas canadienses, como la Asociación Canadiense de Libertades Civiles, hicieron lo propio. Expertos legales cuestionaron las bases de Trudeau para invocar la Ley de Emergencia y explicaron que esta decisión sienta un muy mal precedente para la democracia de Canadá.

Con esta Ley de Emergencia, además, el gobierno de Canadá le dio facultades a entidades bancarias y financieras para bloquear cuentas, seguros o billeteras a manifestantes o personas que están apoyando al convoy. La intención es clara: ahogar financieramente la protesta.

Este pecado de Trudeau, aunque le esté valiendo con justa razón la etiqueta de tirano, también puede ser la carta que lo salve de su suicidio político. Él mismo se metió en esta comprometida situación, acorralándose con errores no forzados en un corto tiempo. Sin embargo, el ahogamiento del financiamiento del convoy puede funcionarle para terminar con esta incomoda protesta.

Justin Trudeau está, básicamente, jugando una partida de ajedrez con el objetivo de sobrevivir. Él sabe que para muchas personas caer en el ostracismo financiero no es una opción y, por ende, dejarán de lado su apoyo a los camioneros. Pero, si sus cálculos fallan, y los manifestantes se mantienen firmes, el primer ministro corre el inmenso riesgo de sentenciar su carrera política; con un suicidio que inició por marginar a una gran parte de la sociedad y terminó de consumarse al redoblar su propia fallida apuesta.  

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