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Teoría Crítica de la Raza, El American

Teoría Crítica de la Raza: adoctrinamiento encubierto del marxismo en Estados Unidos

Al convertirse los valores de la raza como los únicos símbolos legítimos de la nación, parecería que se comienza a producir una transferencia o mutación definitiva e irreversible de la identidad nacional

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El último de una larga lista de artículos de opinión disfrazados de adoctrinamiento publicados por el New York Times ha sido una columna firmada por Charles M. Blow bajo el título de “Demonizing Critical Race Theory” que pretende aterrorizar a la sociedad americana sobre un supuesto nuevo “monstruo creado por la derecha política”.

Pronto ha olvidado la izquierda americana que fue ella —con Obama como autor intelectual más reciente— quien alentó este nuevo Frankenstein ideológico.

El columnista se preocupa por un sector cada vez más mayoritario en la sociedad civil americana que considera la teoría del racismo sistémico como una ideología peligrosa y divisoria. 

Valiente impostura. Percatandose que están perdiendo el control de la estrategia racial, los medios de comunicación de izquierda han lanzado una rabiosa contraofensiva.

Es lo que caracteriza a las sociedades abiertas y democráticas: que la ciudadanía, harta de una narrativa viciada por el odio y por los actos de linchamiento propios de un fascismo contrario a las libertades, ejerce periódicamente su derecho a ser escuchada.

Blow, que para nada menciona en su artículo la etapa cuando la batalla del racismo sistémico de Black Lives Matter se convirtió en el remedio democrático de los negros contra el exterminador blanco, ahora victimiza su opinión cuando numerosos líderes de opinión, educadores y padres americanos se han movilizado en contra de una peligrosa narrativa —de la cual él es uno de sus publicistas— que obliga a los niños en las escuelas a deconstruir sus identidades raciales, al tiempo que exige a los maestros someterse a una “terapia antirracista” y alienta a los padres blancos a convertirse en “traidores blancos”.

Asegurar —como lo hace Blow en su columna de opinión— que los conservadores están usando sus análisis sobre la Teoría Crítica de la Raza (CRT, por sus siglas en inglés) como una supuesta maniobra de propaganda del miedo para hacer frente al desplazamiento de la blancura y asegurar el patriarcado y la narrativa blanca dominante, es hacer de la confrontación y el odio social el eje del ejercicio periodístico.

“Con insistente frecuencia en los últimos años, los círculos intelectuales próximos al Partido Demócrata están obsesionados en imponer una versión oficial de la historia que persigue presentar la Teoría Crítica de la Raza como un “concepto piadoso” cuyo único fin es atribuir a las estructuras, leyes y prototipos sociales preestablecidos —léase identidad blanca y poder racial— el origen de los problemas sociales actuales”. (EFE)

Equidad racial versus capitalismo

Esta estrategia de cinismo de adjudicar a la derecha y a la raza blanca todo tipo de prejuicios raciales a pesar de que muchos de los líderes —especialmente los Padres Fundadores— han dedicado buena parte de su trayectoria política a apoyar incondicionalmente los derechos civiles, no es exclusiva del New York Times, del Washington Post o de la CNN. Es frecuente entre la ‘intelligentsia’ de la izquierda.

Ello explica que las representaciones negativas del racismo sistémico no sean sólo un lugar común en la prensa sino en cualquier parte donde se reúnan los sectores llamados progresistas, especialmente activos en centros de enseñanza y universidades, Hollywood y círculos artísticos donde la defensa del status quo segregacionista se ha convertido en un sello social.

Su objetivo: dividir pérfidamente en dos bandos irreconciliables a la sociedad americana entre quienes buscan mantener jerarquías opresivas y quienes —como los sectores de izquierda, únicos legitimados— exigen derrocarlas. 

Con la CRT —un movimiento claramente inspirado en el pensamiento del neomarxista italiano, Antonio Gramsci, pero que prioriza la raza más que las diferencias de clase— la izquierda en Estados Unidos ha encontrado el mejor pretexto para generar una guerra civil encubierta. 

El investigador principal del Manhattan Institute y editor de la revista “City Journal”, Christopher F. Rufo, se ha referido a la existencia de numerosos informes que confirman el adoctrinamiento de teorías raciales en las escuelas públicas americanas donde “no solo enseñan sobre la historia de la raza” sino también una serie de conceptos como privilegio blanco, fragilidad blanca, supremacía blanca presumida, culpa blanca y asesinato espiritual”. 

Un peligroso plan de estudio que, como advierte Rufo, tiene entre sus propósitos principales generarle a los niños blancos un sentimiento de culpabilidad para estigmatizarlos como opresores.

Al contrario de ser un ejercicio para promover la sensibilidad racial y comprender mejor la historia, la CRT cuenta con una plataforma doctrinal con concepciones sumamente ambiguas. Se llama 1619, un proyecto dogmático que se ha inventado la izquierda progresista para reescribir la historia y condicionar la fundación de Estados Unidos colocando los padecimientos y las contribuciones de los americanos de raza negra como el eje legítimo de la gesta americana.

La orquestada visión histórica de intelectuales como William F. Tate IV, de que Estados Unidos es una nación irremediablemente racista y que los principios constitucionales de libertad e igualdad son meros “camuflajes” para justificar la hegemonía blanca, encuentra también en el activista y director del Centro de Investigación Antirracista de la Universidad de Boston, Ibram X. Kendi, un irrefutable respaldo. 

Según Kendi, quien es un asiduo conferenciante de la Federación Americana de Maestros, para deshacer siglos de racismo sistémico hay que acabar con el capitalismo e instalar una burocracia federal todopoderosa con poder suficiente para invalidar el imperio de la ley y silenciar todo discurso político que no sea antirracista.

Totalitarismo de la raza

El discurso de ambos intelectuales sería suficiente para demandar mayor cautela en las aproximaciones al estudio de las ideas de la izquierda sobre categorías históricas tan susceptibles de manipulación como nación, libertad, raza, derecho y poder.

Con insistente frecuencia en los últimos años, los círculos intelectuales próximos al Partido Demócrata están obsesionados en imponer una versión oficial de la historia que persigue presentar la Teoría Crítica de la Raza como un “concepto piadoso” cuyo único fin es atribuir a las estructuras, leyes y prototipos sociales preestablecidos —léase identidad blanca y poder racial— el origen de los problemas sociales actuales.

La concepción de la raza dentro de una armazón jurídica y constitucional sólida —y por tanto beneficiaria de los derechos civiles y políticos— define el carácter corporativo de esta teoría.

Ante ese andamiaje teórico, lo primero que se percibe es que el sujeto jurídico fundamental es la raza y no el individuo. Podría pensarse entonces que, a diferencia del ordenamiento del constitucionalismo americano, para la izquierda neomarxista no es la nación ni la ciudadanía, sino la raza la que está llamada a establecerse políticamente. Lo cual no es más que una ambivalencia y una perversión jurídica.

Desde una obra precursora como “Los orígenes del totalitarismo” de Hannah Arendt hasta los estudios recientes de Claude Lefort sobre el fundamentalismo de la raza, una conclusión esgrimida por este último resulta suficiente para echar por tierra estos tópicos marxistas: “El totalitarismo tiende a abolir la autonomía de la sociedad civil en nombre del fantasma del uno”.

Esta utopía de la raza negra redimida, al encarnarse en la izquierda justiciera de la sociedad progresista, actúa como verdad conceptual del pretendido nuevo pensamiento dominante para justificar la eliminación de las diferencias sociales y políticas, ya sea por medio de un ajuste institucional entre la Nación-desblanqueda y el Estado-revolucionario o de una corporativización racial de la sociedad civil.

Los conceptos de la unanimidad racial, la disolución de las diferencias del otro en la imposición de una raza elegida por la vía de la victimización, el mito totalitario del reconocimiento histórico del martirizado en el marco de una “sociedad irremediablemente racista” pretenden enmascararse bajo el principio de una falsa identidad favorecida.

Las retóricas de la nueva identidad racial ocultan el totalitarismo civil del pensamiento de izquierda americano. Según su tesis, conceptos antagónicos como mérito-pereza, excelencia-incorrección, asociados a un análisis patológico del desequilibrio racial solo han servido históricamente a la derecha para establecer un racismo igualitario y unificador.

Criminalizar la historia

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“El hecho de que muchos de los que hoy llaman a cancelar el legado y derribar las estatuas de Jefferson o del general Lee sean los mismos que, hace décadas atrás, se enfurecían por la destrucción de estatuas de Lenin o de Sadam Hussein, dice mucho de esta ideología totalitaria”.(Flickr)

Por tanto se persigue establecer una nueva sociedad civil que trascienda los moldes constitucionales de la identidad Nación-Estado, sobre la imposición de un nuevo orden revolucionario establecido en las ideas divisivas sobre la raza y en la generación de la culpa colectiva de los grupos dominantes.

Detrás de esta teoría justiciera y reivindicadora, bautizada por la izquierda como un lente único y excepcional para examinar la historia del racismo en Estados Unidos, se oculta un programa de ideología radical y de revanchismo que busca utilizar la raza como un medio de revolución autoritaria y dogmática.

Una narrativa oportunista, como bien señala Thomas Sowell, que busca la confrontación en lugar del análisis. “Este tipo de gente no buscan la verdad, sino oportunidades para denigrar a sus propias sociedades, o agravios con los que hacer caja a expensas de gente que ni siquiera había nacido cuando se cometieron esos pecados del pasado por los que claman”.

Según la CRT, el estigma histórico de una estructura social y cultural preestablecida de la sociedad americana —probablemente segregacionista en algunos discursos del patriotismo postcolonial dentro del imaginario fundacional de la nación— deviene tres siglos después en el mejor pretexto de la intelectualidad de izquierda para anunciar la implantación de una nueva ciudadanía definida en términos raciales y jurídicos.

Esta cruzada para criminalizar la historia de la cultura occidental no es nueva. El socialismo, el comunismo y otras ideologías de izquierda utilizan la memoria afectiva para sustituir los hechos históricos. Y una de sus tesis más socorridas —sobre la base de una visión falsa y propagandística del pasado— es que la esclavitud fue una maniobra lucrativa proyectada por Estados Unidos para pasar de una economía colonial rural a convertirse en la segunda potencia industrial más grande del mundo.

Por eso no es solo la historia de la esclavitud lo que es objeto de distorsión en esta embustera teoría marxista de la raza. Quienes revisan la historia de los Estados Unidos para socavar los cimientos de la sociedad americana tienen muy poco interés en reconocer que su doctrina tiene un objetivo esencialmente anticapitalista y comunista.

El hecho de que muchos de los que hoy llaman a cancelar el legado y derribar las estatuas de Jefferson o del general Lee sean los mismos que, hace décadas atrás, se enfurecían por la destrucción de estatuas de Lenin o de Sadam Hussein, dice mucho de esta ideología totalitaria.

La Teoría Crítica de la Raza se ha convertido en el centro de batalla de la guerra cultural planeada por los sectores de la izquierda intelectual en Estados Unidos. Y como la sociedad civil no está académicamente instruida para descubrir la amenaza de una ortodoxia marxista-leninista, los líderes de esta campaña recurren a la ideología popular de la raza —que siempre humaniza el discurso del poder— para recodificar emblemas nacionales y patrióticos que le permiten simbolizar las ventajas de su teoría en sus tres pilares emblemáticos: justicia social, equidad económica y cultural y emancipación racial.

Al convertirse los valores de la raza como los únicos símbolos legítimos de la nación, parecería que se comienza a producir una transferencia o mutación definitiva e irreversible de la identidad nacional, obtenida sobre la base del enfrentamiento ideológico y la institucionalización de una memoria sesgada y excluyente.

El control de la historiografía de la izquierda radical en Estados Unidos sobre el Partido Demócrata —y en concreto sobre el sistema educativo en manos de funcionarios servidores de esta agrupación política— ha sido clave para incitar a la sociedad a que adopte este programa de concienciación racista.

De ahí que no habrá avances concretos en el proceso de convivencia social y lealtad constitucional, mientras no se rechace y desmantele el sistema de opresión educativa que se construye en torno a la Teoría Crítica de la Raza, cuyos materiales pertenecientes a la Red de Enseñanza Abolicionista ya se practican de manera extendida en el Sistema de Educación del país.

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