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La tiranía woke de Justin Trudeau

¿Cuál fue la respuesta del primer ministro ante la exigencia legítima de los ciudadanos canadienses? Honró el mito de que supuestamente es el hijo perdido de Fidel Castro

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Recuerdo cuando era un fenómeno. Todos (pero sobre todo, todas) morían por él. Guapo, bien vestido y con ideas progresistas, muy dignas de estos tiempos afeminados. Pero cuánto lo subestimamos. Justin Trudeau tiene muy poco de demócrata y bastante de dictador.

Canadá no estuvo al margen de la histeria disparatada de la pandemia, que llevó al país a imponer todas las medidas absurdas del cuadernillo progre-liberal. Lo que dijera la Organización Mundial de la Salud o lo que saliera del establecimiento de expertos, que al principio hablaban como si supieran todo pero resulta que nunca supieron nada. El tapabocas en exteriores, el pase sanitario, el carnet de vacunación y hasta la vacuna obligatoria.

Por todas las medidas absurdas, que han quedado expuestas como obsoletas en su propósito de frenar al virus, miles de camioneros canadienses tomaron la iniciativa de alzar la voz (¡o la bocina!) y exigir libertad. A ellos se les sumaron miles de ciudadanos, que se solidarizaron con los camioneros a los que les quitaron trabajo porque no podían cruzar la frontera hacia Estados Unidos si no estaban vacunados.

Y no es que muchos no estén vacunados. De hecho, ocurre lo contrario. Más del 90 % de los camioneros de Canadá están vacunados. Y en el país, más del 80 % tiene por lo menos una dosis de la vacuna. Por lo tanto, ha quedado claro: el denominado Convoy por la Libertad nunca fue un movimiento antivacunas o anticiencia. No se trata de ninguna de esas nimiedades. Se trata, al final, de libertad. De que para un camionero vacunado es inaceptable que a un camionero no vacunado no lo dejen trabajar tras haber tomado una decisión que es personalísima y, claro, legítima.

Lo del Convoy ha sido sorprendente. Una verdadera revolución pacífica por la libertad. Decenas de miles manifestándose todos los días, al grito de “Libertad” y “abajo las restricciones”. Su único propósito es que Canadá se aparte de la paranoia caprichosa de la pandemia y levante todas las medidas que rebanan las libertades civiles. ¿Cuál fue la respuesta de Justin Trudeau ante la exigencia legítima de los ciudadanos canadienses? Honró el mito de que supuestamente es el hijo perdido de Fidel Castro y transformó su Gobierno en una completa tiranía. Tiranía woke, porque debemos ser justos y agregar la coletilla.

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Este 14 de febrero Trudeau invocó poderes especiales para declarar el estado de emergencia en Canadá —algo que no ocurría desde la Segunda Guerra Mundial— y, de esa manera, suspender las libertades civiles de los manifestantes. Su propósito, según ha confesado, es el de “restablecer el orden”. Y, para ello, Trudeau decidió cruzar la línea roja.

La viceprimera ministra y ministra de Finanzas de Canadá, Chrystia Freeland, adobó el impulso de Trudeau y anunció las primeras medidas autoritarias amparada en el estado de emergencia. “Si su camión está siendo utilizado en bloqueos ilegales, sus cuentas corporativas serán congeladas y el seguro de su vehículo será suspendido”, dijo Freeland, en una declaración a la prensa, junto a Trudeau.

A raíz de la reciente deriva del Gobierno supuestamente liberal, la Asociación Canadiense por las Libertades Civiles, una de las organizaciones más prestigiosas e imparciales, denunció que las últimas decisiones de Trudeau amenazan la democracia y que se trata de una arbitrariedad la invocación del estado de emergencia.



“El Gobierno federal no ha alcanzado el umbral necesario para invocar la Ley de Emergencia. Esta ley crea un estándar alto y claro por una buena razón: la ley permite eludir procesos democráticos ordinarios. Estos estándares no se han cumplido”, dijo en un comunicado la organización.

“Los Gobiernos se enfrentan regularmente a situaciones difíciles, y lo hacen utilizando los poderes que les otorgan los representantes elegidos democráticamente. La legislación de emergencia no debe normalizarse. Esto amenaza nuestra democracia y nuestras libertades civiles”, añadió, enfática, la Asociación Canadiense por las Libertades Civiles.

Entonces, no hay duda, el Gobierno de Justin Trudeau se ha vuelto completamente tiránico. Eso de congelarle las cuentas bancarias a los disidentes es bastante soviético. No dude que ya Maduro, Díaz-Canel o Xi Jinping estén tomando nota.

En algún momento Trudeau pretendió perfilarse como símbolo de esa nueva generación de progresistas, demasiado sensibles y aniñados. Fuimos ingenuos. En verdad es un dictadorcito en potencia. Cuando toca rebanar las libertades civiles, no lo piensa.


Una tiranía. Pero progre. Una progre tiranía woke. Qué chic. Te congelan la cuenta del banco, te reprimen y te quitan el trabajo, pero con una sonrisa, el pulgar alzado y la banderita arcoíris sostenida en la otra mano, junto a un letrero que grite “Welcome Refugees!”. Patético. Le va a quedar grande la pretensión tiránica a Trudeau, quien quedará marginado, como esa generación de políticos frágiles. Como dijo Dave Rubin: “Es el principio del fin de un tirano mezquino que llegó al poder predicando la diversidad y el arcoíris”.

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