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El títere de la Casa Blanca en la era dividida

Para quienes votaron por Trump, la Presidencia de Biden empezó de la forma más divisiva posible. Con un récord de órdenes ejecutivas, el primer día, cuyo único objeto fue borrar todo el legado de Trump –hasta donde fuera posible– de un plumazo

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Que el Partido Demócrata no esté unido tras una única agenda general –otro asunto serían los grupos de intereses concentrados y tendencias que dentro tal agenda pugnaría, de un lado por la captura de rentas y del otro, por inclinarla hacia su propia visión– es una buena noticia para los Estados Unidos por una sola razón.

Hoy la agenda más influyente del partido azul es abiertamente socialista. Y más o menos moderada, sería una agenda socialista la única que habría logrado un consenso ahí.

Los presidentes y sus partidos

Fuera de los Estados Unidos, los partidos políticos son muy diferentes a los que conocen los americanos. Carecería de propósito explicar aquí esas diferencias. Lo menciono únicamente porque si los partidos políticos americanos funcionaran como los de otras democracias occidentales, la situación que hoy enfrenta los Estados Unidos sería peor. Y porque dentro del Partido Demócrata, los radicales de ultraizquierda, tarde o temprano, reclamarán esa otra forma de organización partidista.

Pero siendo como son los Estados Unidos, un presidente necesita tener liderazgo natural sobre su propio partido. Y siendo como son los partidos políticos de Estados Unidos, ese liderazgo no lo garantiza el cargo –aunque el poder de la presidencia lo incrementa– sino el prestigio que, como líder político, tenga antes de llegar a la Casa Blanca.

Y lo que agregue, mediante el discurso y las acciones de su Administración, especialmente en los primeros 100 días. De que la agenda de la Administración y su partido sean una sola, dependerá como la negociarán –o impondrán de serles posible– con, o sobre, la oposición. Y dentro del sistema de contrapesos institucionales del país.

Pero el Partido Demócrata, no está hoy unificado tras una agenda de su nueva Administración. Y Biden está más lejos que casi cualquier otro presidente de ser un líder natural de su propio partido.

La era dividida

Thomas Del Beccaro en su libro La era dividida explica que desde mediados de los ’90 al presente, hay divisiones cada vez mayores en los Estados Unidos, no solo por ideología, sino por incentivos económicos.

La política es –cada vez más– captura de rentas por grupos de interés. Y crece con cada aumento en el gasto público. El Gobierno federal gastó casi USD 2 billones más en 2020 que en el año 2019. Quienes pueden –de una u otra forma– compiten intensamente para obtener esos dólares. Las elecciones son, en gran parte, sobre cómo se repartirán esos dólares. Y sobre quiénes pagarían en impuestos esos dólares. Por ello, explica Del Beccaro, cuanto más dinero se gaste mayor será la división.

Y el grueso de los demócratas del Congreso, empezando por la presidente de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, tiene gigantescos planes de gasto. La ultraizquierda del Partido Demócrata –hoy su ala más influyente– exige políticas totalmente socialistas.

Biden no se opone, pero la representante Ocasio-Cortez y el senador Sanders lo quieren todo. Y lo quieren rápido. Y Biden necesitaría ralentizarlo. Pero Sanders ya está a cargo del Comité de Presupuesto del Senado.

El títere de la Casa Blanca
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“Y siendo como son los partidos políticos de Estados Unidos, ese liderazgo no lo garantiza el cargo –aunque el poder de la presidencia lo incrementa– sino el prestigio que, como líder político, tenga antes de llegar a la Casa Blanca”. (EFE)

Biden necesitaría un interregno unido para lograr sus primeros 100 días de luna de miel. Al menos con los votantes de su propio partido y la mayoría de independientes. Los no partidarios importan.

Pero su candidatura no reflejó un liderazgo propio, fue un mascarón de proa admitido por los radicales para unificar, tras una apariencia lo menos radical posible, hasta el último voto anti-trumpista, tras alguien sin liderazgo propio para amenazar o favorecer las agendas que pugnan por el control del partido. Y ahora de la Administración.

Además, medio país sigue convencido del presunto fraude electoral. Y una luna de miel de 100 días implicaría lograr con ellos un “cese al fuego” como mínimo.

Para quienes votaron por Trump, la Presidencia de Biden empezó de la forma más divisiva posible. Con un récord de órdenes ejecutivas, el primer día, cuyo único objeto fue borrar todo el legado de Trump –hasta donde fuera posible– de un plumazo.

Biden, en esto acertó el senador Ted Cruz, habla como centrista y gobierna como ultraizquierdista. Esa y no otra, es la dirección que sus palabras y acciones iniciales señalan. Para su propia ultraizquierda no es suficiente. Y está el imperdonable pecado –para demócratas adoradores de “Antifa” y “Black Lives Matter” (BLM)– de intentar disfrazar la creciente caza de brujas por sus aliados del cartel de Silicon Valey, sacrificando secundarias cabezas de turco de esa ultraizquierda, en la gran purga virtual.

Todos, en su propio partido, ven a Biden como un títere. Pero nadie tiene claro quién manejaría finalmente los hilos. Uno o varios. Desde la esposa de Biden, Jill. Ron Klain, jefe de personal de Biden.  Susan Rice, directora del Consejo de Política Interior de la Casa Blanca. Y por supuesto, Kamala Harris, la candidata de la ultraizquierda para 2024.

Y si para bien del títere, quien maneje realmente sus hilos no lograse detener el impeachment de Trump en el Senado –lo que Biden haría si pudiera– Biden perderá para siempre hasta al último de los conservadores. Ganará la desconfianza de los independientes. Y de todos los que quieren que Washington se concentre en problemas reales y deje de lado odios partidarias.

Pero, para el grueso de los demócratas del Congreso ese impeachment es vital. Temen tanto el regreso de Trump a la Casa Blanca como su entrada al Senado. Y lo odian demasiado.

La unidad se limitará a los discursos, pero quedará fuera de la agenda. Y recuperar la unidad es lo que en realidad querían más de la mitad de quienes realmente votaron a Biden-Harris.

Quizás comiencen a entender que la división ya estaba ahí. Que no la inició Trump. Y que no la curará un socialismo, cuya influencia en la cultura política, la legislación y las políticas públicas, está en la base de lo que inició, profundizó y seguirá empeorando las divisiones. Y alimentando odios. Ni más, ni menos.

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