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Un Tom Cruise totémico e inmortal

Tom Cruise, El American

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CANNES, sala Debussy. Suena Así hablo Zaratustra, el poema sinfónico de Strauss. En pantalla, el historial filmográfico de un hombre al que ya es tópico referirse como la «última estrella de cine». Las imágenes lo muestran colgando de los bordes del Gran Cañón, huyendo de explosiones y haciendo lip sync en ropa interior.

Si el cine es emoción, en el cine del homenajeado están contenidas todas las emociones. Su repertorio se pasea, con idéntica facilidad, por los géneros más variados: thriller de ciencia ficción, comedia deportiva o docudrama bélico. No menos impresionante es la lista de los directores de dichas películas: Kubrick, Coppola, Scorsese, De Palma, Stone, Mann… En suma, los nombres más señeros de las producciones que se enmarcan dentro del canon hollywoodense.

El festival de cine de mayor prestigio en el mundo ha confirmado lo que solo aquellos que no temen ser acusados de filisteos culturales se atrevían a afirmar: Tom Cruise es uno de los más grandes actores de su tiempo. La Croisette se le rindió, instalando un casco gigante de Maverick, el héroe de Top Gun que lo introdujo a las audiencias masivas y que hoy, tras 36 años, retoma en la secuela que lleva su nombre. Hasta la patrulla aérea francesa se sumó a la bienvenida. El acto fue un tanto pomposo, seguro; pero nunca inmerecido.  

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La guinda llegaría después, cuando Thierry Frémaux, director artístico del evento, anunció que lo haría acreedor de la Palma de Oro Honoraria. Un premio que se inauguró con el maestro sueco Ingmar Bergman como primer galardonado en el año de 1997 y que, concediéndose con cierta intermitencia, ha recaído en manos de personajes de la talla de Bernardo Bertolucci y Clint Eastwood. Una coronación en toda regla. La última aparición de Cruise en la cita francesa había sido cuando presentó Far & Away, una cinta épica de Ron Howard, con su entonces esposa Nicole Kidman en un distante 1992. En el ínterin se hizo leyenda.

El cine pertenece a las salas

Aunque resulte curioso, por encarnar dos visiones aparentemente antitéticas (cine como arte y cine como industria), Tom Cruise y los organizadores de Cannes están defendiendo una misma causa: la preservación del cine como hecho colectivo. Top Gun: Maverick representa la vuelta definitiva del cine a las salas, frente al ensimismamiento de la pantalla del teléfono inteligente al que nos había condenado el coronavirus. Preguntado sobre la posibilidad de estrenar sus películas en una plataforma de streaming el intérprete neoyorquino fue tajante: «Eso no pasó ni va a pasar jamás».

Un aspecto adicional que Cruise quiso destacar fue la oportunidad de reencontrarse con su público, viendo sus caras, sin el odioso tapabocas. Todo un elogio a la normalidad, a la de siempre, que debe imponerse a la deshumanizante y orwelliana «nueva normalidad».

¿Merece la pena Top Gun: Maverick?

Al margen de sus excéntricas creencias religiosas y sus salidas de tono mediáticas —que abarcan desde saltar en el sofá de Oprah, hasta atacar a Brooke Shields por tomar antidepresivos— es difícil cuestionar que Tom Cruise es un profesional como la copa de un pino. Hay incluso quien ha llegado a sugerir que la completa entrega física de sus actuaciones, en las que prescinde de dobles de riesgo, conlleva tanto mérito como la de cualquiera que emplea el método Stanislavski para sumergirse en la piel de un personaje. Eso dejando de lado que Cruise no es solo el héroe de acción Ethan Hunt de Misión Imposible, sino también el Ron Kovic de Nacido el 4 de julio.

Una mezcla de todas esas habilidades está presente en Top Gun: Maverick, prueba de su magnetismo incombustible. La cinta se sostiene por sí misma y no es un mero ejercicio de nostalgia (aunque esta, sin duda, está muy presente desde el arranque). Las escenas aéreas poseen realismo y resultan muy emocionantes.

Si bien no rompe con la dinámica de secuelas, precuelas y spin-offs que recicla historias ya conocidas, demuestra que el blockbuster de verano puede sobrevivir sin la necesidad de incorporar capas y superpoderes. Gran alivio para quienes estamos un poco saturados de esa fórmula. No ha faltado alguna queja por la falta de personajes fuertes femeninos o la exclusión de Kelly McGillis, pero está claro que el compromiso del director Kosinski y su protagonista es con el entretenimiento. El entretenimiento en el sentido más puro del término, incontaminado de moralina izquierdista.

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