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Tome la pastilla roja y no deje que le arrastren a la matriz

La matriz en la que vive el progresismo internacional no es más que un largo camino a la servidumbre

Usted, amigo conservador, estará asombrado de lo que está viendo. Su vecino demócrata, ferozmente intolerante, quiere arrastrarlo a la matrix en que Joe Biden es el indiscutible presidente electo de los Estados Unidos y Trump se niega tercamente a reconocerlo. Pero en el mundo real, al día y hora  que escribo, hay dos estados en recuentos y cuatro en litigios que podrían llegar al Tribunal Supremo. Son hechos que podrían haber cambiado cuando me lea. Pero no es lo que dice hoy, a esta hora, el grueso de la prensa de los Estados Unidos, e imponen, como matriz de opinión, a fuerza de censura y banderines unas empresas de redes sociales empeñadas en redireccionarnos a la agitación y propaganda.

Sin novedad en el frente

Lo habíamos olvidado, pero no es tan nuevo. Es diferente, en muchos sentidos peor que antes, pero no es nuevo. En las primeras décadas del siglo pasado algo como esto prevaleció en toda Europa occidental y, en menor grado, en los Estados Unidos. Lo que ocurre es que la ultraizquierda marxista está definiendo agenda y marcando ruta a toda la izquierda. Parece nuevo, parece aterrador –y es aterrador– porque en la segunda mitad del siglo pasado la izquierda moderada occidental –socialdemócratas y progresistas– se divorció de su ultraizquierda –sin abandonar aventuras de motel con su viejo amor– y abrazó, hasta cierto punto, la economía de mercado y la democracia republicana.

Pero, en la primera mitad del siglo la historia había sido otra. La ultraizquierda, que era el poder soviético, marcaba la agenda y definía el rumbo de toda la izquierda, por moderada que fuese. Así, un canalla como Walter Duranty pasó por periodista y dirigió el asesinato moral de un verdadero periodista como Garrett Johns. Así, el gran talento literario de Hemingway sirvió a las medias verdades y abiertas mentiras con Por quién doblan las campanas, adorado por editores, disfrutado por lectores, y llevado al cine brillantemente por Hollywood. Era propaganda filosoviética. La verdad, o buena parte de ella, sobre la guerra civil española la escribió otro gran talento literario, bajo el  seudónimo George Orwell, en Homenaje a Cataluña. Y qué curioso, el nuevo totalitarismo, más sofisticado que el poder soviético, intenta conducirnos a la combinación real de lo peor de dos distopías literarias, 1984 de Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley.

No es nuevo, pero tiene novedades preocupantes. En el mejor momento de lo que hoy llamaríamos hegemonía cultural del poder soviético sobre toda la izquierda occidental, su influencia sobre el progresismo estadounidense era limitada. Hoy en los Estados Unidos, por primera vez, es la ultraizquierda local –integrada en complejas y flexibles redes internacionales antioccidentales que van del marxismo en el poder al crimen organizado y terrorismo– quien define agenda y marca rumbo a toda la izquierda estadounidense. En los Estados Unidos el elefante conservador y republicano es rojo, el burro demócrata, hoy socialista –el viejo progresismo es una especie en extinción– es azul, y la rata ultraizquierdista negra en banderas y uniformes. Tomaron el color del viejo anarquismo comunista, pero son otra cosa. Son la combinación del neomarxismo de la escuela de Frankfurt con la agitación callejera de Alinsky. Pero no porque Frankfurt escasee en teoría, estrategia y táctica de la desobediencia, agitación e insurrección. Para los teóricos de la escuela de Frankfurt, la crisis, creada o magnificada por agitación ultraizquierdista, es una forma de ejercer el poder, imponiéndose como poder de hecho sobre gobiernos débiles, mediante el garrote de la crisis en la calle y la zanahoria de la falsa negociación en los salones. Les gusta Guattari. Pero conocieron antes a Alinsky. Y lo siguen al pie de la letra.

Tome la pastilla roja

Las opinión impuesta con agitación y propaganda, censura y cancelación cultural son como la matriz. Un mundo virtual, ferozmente opuesto a la realidad, cálido y agradable para quienes se sumergen en él, les hace sentirse moralmente superiores. Son legitimadores de la envidia como axioma moral, que es hipócrita y destructivo. También son dogmáticos, y su fanática creencia en dogmas los hace sentir sabios. No pueden soportar que alguien tenga la osadía de ponerlos en duda. Son sagrados para ellos. Definen su autoestima, su creencia falsa en estar del lado del bien, todo su mundo de hipocresía y puritanismo totalitario políticamente correcto.

Son peligrosos, irracionales, eternamente ofendidos, creen, además, que esta ofensa les da la razón y el derecho a censurar, perseguir, agredir y eventualmente exterminar a cualquiera que piense diferente. Son producto de la pastilla azul del adoctrinamiento. La tomaron y se sumergieron en esa matriz y se sienten tan cómodos y felices en su burbuja de falsedad que están empeñados en arrastrarnos a todos por la fuerza a su mundo. 

El problema es que, en la realidad, su matriz, no es otra cosa que un largo camino de servidumbre. Es una ruta segura a la pobreza, violencia y gris miseria del totalitarismo. Es una ruta larga, que apenas empieza para ellos, y no verán hacia dónde van hasta que sea demasiado tarde. Ese es el truco de quienes los conducen, y funciona. Por eso, tome regularmente la pastilla roja, no permita que lo arrastren a la matriz en que los idiotas elevan al poder a los malvados. Aferrarse a la realidad es indispensable para enfrentarlos.

No sé cómo terminará esta batalla, espero que bien, pero podría terminar mal. Lo que sí sé es que pase lo que pase, es una batalla, una muy importante, pero no será la única. El precio de la libertad siempre será la eterna vigilancia, y nunca descansaremos. Porque como advirtió Ronald Reagan, la libertad nunca está a más de una generación de perderse.

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