fbpx
Trump, Latinos

Trump aspira a reelección con defensa del Estado de derecho

Trump tiene la virtud de expresar en voz alta, sin corrección política, lo que piensa la inmensa mayoría de los norteamericanos, y eso es algo que no le perdonan los sectores de la izquierda

Donald Trump tiene salud, ganas y razones para querer ser reelegido. Lo avalan miles y miles de simpatizantes que acuden cada vez más a sus mítines en las diferentes ciudades del país, pero sobre todo una aritmética electoral silenciosa -que no reflejan las encuestas- pero que tiene en vilo a los asesores de la campaña de Biden.

El mérito del presidente es doble porque ha tenido que sortear durante casi cuatro años todo tipo de ataques del Partido Demócrata y una campaña mediática de descredito personal y linchamiento político, sin precedentes en la historia de EE.UU. además de un mandato difícil marcado por la crisis de la pandemia en 2020.

¿Por qué los sectores de izquierda le profesan tanto odio al mandatario norteamericano? Trump tiene la virtud de expresar en voz alta, sin corrección política, lo que piensa la inmensa mayoría de los norteamericanos, y eso es algo que no le perdonan los sectores de la izquierda, empeñada en desacreditar todo lo que hace -incluso aquellas decisiones que son vitales para la nación-, como llevamos viendo desde que el presiente llegó a la Casa Blanca.

Por primera vez en mucho tiempo, el modelo de sociedad que enfrenta a demócratas y republicanos en estas elecciones presidenciales, no puede ser visceralmente más antagónico.

Delatados por el voto útil, los demócratas apelan a los votantes negros, latinos, católicos, feministas, jóvenes universitarios adoctrinados por las teorías marxistas, consumidores de marihuana –revisar debate de Kamala Harris vs Pence- y a los martirizados por el coronavirus.

Mientras, los feudos tradicionalmente progresistas son ahora caladero de votos para el gobierno conservador de Trump-Pence: obreros, clase media, minorías. En definitiva, el ciudadano común que ama a su país, que no quiere que EE.UU. se meta en guerras al servicio de elites económicas y de oscuros intereses ideológicos, ajenos a la nación.

No importa si su votante es blanco, negro, amarillo, homosexual o extraterrestre. Para todos, el aspirante republicano propone por igual reformas fiscales, un puesto de trabajo seguro, ley y orden en la calle y un país competitivo y defensor de sus industrias y negocios, que no se supedite a los dictados comerciales y financieros de China, como así aspiran Biden y el Partido Demócrata.

El debate es intenso porque EE.UU. durante estas elecciones se juega la supervivencia de un modelo de Estado, vigente desde 1860 a favor de la unidad de la nación, y se hace en circunstancias únicas nunca vistas hasta ahora en la historia de la democracia americana.

Por eso a diferencia de otros comicios donde se discute sobre políticas domésticas, atención médica o subida de impuestos, en éstos el debate se centra en la supremacía de dos regímenes o dos formas de vida irreconciliables entre sí.

El modelo de país que representa Trump

Un modelo -respaldado por la derecha- que reivindica al individuo como ser soberano y que defiende la democracia, la separación de poderes, la tolerancia, el trabajo, la autosuficiencia, la solidaridad, el humanismo cristiano y al amor a la patria como valores supremos.

Frente a otro basado en el colectivismo, la corrección política y el odio de clases y de razas, promovido por la izquierda desde una visión de la sociedad no muy diferente de los aberrantes experimentos utópicos de los regímenes socialistas-marxistas y fascistas de la historia.

Esta divergencia política está causando mucha incertidumbre y mucha inseguridad en los ciudadanos. Pero los republicanos no están haciendo bien su trabajo para explicar lo que sucede. Pareciera como si se sintieran avergonzados de su propia identidad ideológica que ha sido caricaturizada por los progresistas. La falta de iniciativa y capacidad propositiva del partido rojo es inquietante en todos los niveles. Y salvo honrosas excepciones, sus líderes carecen de altura de miras, responsabilidad y sentido de Estado para explicar que el Partido Demócrata ha sido secuestrado por los sectores radicales que lideran una revolución.

Ello explica por qué la campaña de Trump para su reelección lleva el lema de “Keep America Great” (“Mantengamos grande a Estados Unidos”). No es fruto de la casualidad. Las claves de su programa para reconstruir el país no pueden ser más oportunas: estimular el empleo nacional, mantener la reforma fiscal y aumentar la inversión en infraestructuras.

El candidato republicano a la presidencia aboga porque EE.UU. lidere una nueva revolución industrial y para ello se centra en potenciar el sector de las manufacturas y los productos hechos en EE.UU. Sólo en los primeros tres años de gobierno, el país recuperó 500 mil empleos en este importante sector secundario de la economía que antes estaba en manos de China.

En materia de empleo, la nueva agenda de Trump apuesta por estimular la creación de puestos de trabajo mediante una gran inversión pública en infraestructura, medida valorada en unos dos billones de dólares y con apoyo bipartidista en el Congreso.

“El presidente está ayudando a los trabajadores estadounidenses mediante la expansión de los programas de aprendizaje, la reforma de los programas de capacitación laboral y uniendo a empresas y educadores para garantizar una instrucción en las aulas de alta calidad y capacitación en el trabajo”, reza un comunicado reciente de la Casa Blanca.

Asimismo, Trump y Pence impulsarán, a través de la ley Tax Cuts and Jobs Act, una reforma fiscal que rebaje el impuesto que pagan las empresas del 35 al 21%. La ley permitirá también recortar las cargas impositivas federales que pagan tanto los trabajadores, las clases medias y las grandes fortunas de manera regresiva hasta 2025.

Es entendible que su política económica incremente el déficit presupuestario para luchar contra la desaceleración de la economía a causa del Covid-19. Sin embargo, la ley -siempre y cuando continúe encarrilándose por la senda del ajuste y de la austeridad presupuestaría- ha supuesto un enorme estímulo fiscal alentando el índice de consumo y la inversión.

Conocedor de la importancia crucial que los principios del liberalismo tienen frente a los dogmas que el socialismo pondera como intocables, Trump ha preferido la responsabilidad individual antes que las políticas estatistas: bajar impuestos y beneficiar un marco adecuado para que la iniciativa privada pueda desarrollarse.

Los principales objetivos del aspirante republicano son reducir aún más el paro y garantizar el sistema de la seguridad social. Y en ese sentido, quizá la prueba más elocuente es que a pesar de la parálisis política y social a causa del Coronavirus, en EE.UU. se han creado más de 11 millones de puestos de trabajo en los últimos meses. La economía se está recuperando a una velocidad vertiginosa. Dejó de caer y muestra síntomas de recuperación, sobre todo en términos de empleo, consumo e índice de mercado.

El programa electoral mantiene el compromiso para estimular que los 2,6 billones de dólares en beneficios que las grandes empresas de EE.UU tenían aparcados en el extranjero (sobre todo en China) sean repatriados pagando un impuesto del 15,5% (si son activos líquidos) y 8% para los activos no líquidos como maquinaria o bienes inmobiliarios.

Con la condescendencia de la administración de Obama, el Partido Comunista Chino (PCCh) consiguió una penetración sin precedentes en la vida estadounidense. La influencia de Beijing sobre muchos aspectos de la vida es preocupante. Por solo citar un ejemplo, Estados Unidos y sus aliados están en una desventaja creciente frente al monopolio que ejerce China en la cadena de suministro mundiales de muchos artículos cotidianos esenciales como es el caso de los medicamentos.

Bajo el lema “Estados Unidos primero”, Trump ha señalado que estudia un nuevo plan de incentivos fiscales “agresivos e inteligentes” para competir con China cuya economía proviene en gran parte del trabajo esclavo.

Pero otro gran tema que preocupa a los norteamericanos es la seguridad y el aumento de la delincuencia en todas las ciudades gobernadas por demócratas.

Trump, Best presidente, Latinos
La campaña de Trump para su reelección lleva el lema de “Keep America Great” (Flickr)
La agenda republicana de Donald Trump

La agenda futura de Trump reafirma su compromiso con la Constitución, con la legalidad y con la convivencia. “Si el Partido Demócrata quiere apoyar a los anarquistas, agitadores, alborotadores, saqueadores y quemadores de banderas, eso depende de ellos. Pero yo, como su presidente, no seré parte de eso”, advirtió Trump.

Por eso, el aspirante republicano, en contra de lo que reclaman los grupos marxistas radicales, propone reforzar la cohesión nacional mediante una batería de medidas legislativas para garantizar la ley y el orden, al tiempo que prevé aplicar una serie de disposiciones urgentes para reducir las desigualdades raciales y combatir la violencia policial.

En lo relativo a la ley de salud conocida como ‘Obamacare’, Trump valora un proyecto de reforma para que la atención médica reduzca el costo del seguro médico sin aumentar excesivamente el gasto público.

En el terreno legislativo los retos también son mayúsculos: su reivindicación del mérito y de la excelencia calan cada vez más en un amplio sector de la sociedad contra ese revisionismo que la izquierda propaga para manipular la historia sobre la base del resentimiento y en detrimento de la libertad.

Asimismo, el programa electoral de Trump da prioridad a la política exterior norteamericana en un momento en el que el mundo occidental está en una encrucijada. Estados Unidos necesita ser fuerte, con una acción exterior que responda a la magnitud del desafío de China, cada vez más militarizada y con un poderío económico conseguido a base de empresas estatales de inteligencia y subvenciones públicas que tienen como objetivo destruir decenas de miles de puestos de trabajo en Estados Unidos.

Legitimado por un modelo de buena gestión y de firmeza en sus principios durante sus primeros cuatro años al frente del ejecutivo, el aspirante a la reelección se enfrenta al trascendental reto de estabilizar la vida política y sacar al país de la grave crisis institucional en la que está sumido.

Uno de los grandes aciertos de la legislatura de Trump fue alejar al país de ese modelo tan extemporáneo apoyado en los rancios y burocráticos sectores de la política norteamericana que prioriza más la solvencia partidista que los intereses públicos.

Sabe que su Ejecutivo es el símbolo del nuevo republicanismo en el poder, y por ello también es un referente para sus votantes y el objetivo a abatir de los radicales socialistas que ven en su figura una amenaza contra sus excesos de revanchismo extremista en plena crisis ideológica del país.

Con el reforzamiento del Estado de derecho, Trump debería asumir una de las tareas más importantes de su vida política: garantizar la cohesión social y el progreso de este país. Una vez superado su Rubicón, hay que pedirle que llegue hasta Roma. La izquierda marxista, saltándose las leyes, quiere expulsar a los constitucionalistas de las instituciones democráticas. Los ciudadanos quieren que la nación sea respetada.

Por eso estas elecciones son cruciales para los norteamericanos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Previous Article
tecnología china

Tecnología china sufre fuerte rechazo por violación a Derechos Humanos

Next Article
Estados Unidos, Guerra fría

Estados Unidos está inmersos en una guerra fría contra China (parte I)

Related Posts
Total
0
Share