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Trump, Cuba y los cubanos en el 2020

Trump ha apretado a los tiranos de La Habana como ningún otro. En medio de una crisis sin precedentes, los cubanos tenemos que tenerlo presente

Por Juan José López Díaz:

Quiero que Trump gane su reelección. Y no solo por el presente y futuro de Estados Unidos, sino para que también nos ayude en la solución de Cuba. Pero sin fantasías políticas. 

Los cubanos, como todos los pueblos, aunque vivamos bajo el totalitarismo, tenemos que hacer nuestra parte, y lo primero es encontrar un propósito común que nos represente para que el presidente americano sepa claramente, sin intermediarios que tergiversen ni ideas ni deseos, qué es lo que de verdad queremos y necesitamos. 

El presidente de Estados Unidos no lo puede hacer solo. Tiene que lidiar con el Congreso y otras agencias de balance, contrapeso e inteligencia. El tiempo de órdenes ejecutivas, como sucedió en Panamá, tiene límites.

En democracia hay que saber negociar. Gracias a esto, Estados Unidos y el resto del mundo democrático ha llegado hasta aquí. Y eso no se va a detener. Con sus virtudes y defectos, la democracia es hasta el momento la mejor fórmula para gobernar y convivir. 

Entre los cubanos sobreviven algunas tendencias que yo rechazo y que me aburren: esperar que el presidente de Estados Unidos sea quien resuelva nuestra quimera (una cosa es ayudar y otra cosa es hacer casi todo el trabajo), enemistarse fácilmente con el que expresa ideas tácticas que no son las nuestras a veces convirtiendo al amigo en enemigo, y la manipulación del “problema cubano” para que realmente no se resuelva y continuar ganando intereses eternamente. 

Los presidentes de Estados Unidos han manejado las dos tácticas: las restricciones y las aperturas. Aún estamos tratando de lograr la ansiada libertad y los cambios políticos. Trump ha sido un abanderado en apretar, como nunca, al régimen de La Habana. Incrementar las sanciones a la cúpula castrista es correcto, pero se necesita mucho más.

A Estados Unidos se le ha pedido actuar con firmeza, más allá de instrumentos legales surgidos en otros tiempos como es el caso del TIAR, contra la amenaza del castrochavismo o el “socialismo del siglo XXI”, o como sea que quiera llamársele. Está claro que se trata de un mismo enemigo. Pero tenemos que reconocer que aunque las realidades de Cuba y Venezuela son similares, no son exactamente lo mismo.   

En Venezuela, Nicolás Maduro y su grupo son muchísimo más jóvenes que la generación de la Sierra Maestra, ya en decadencia. En la isla cautiva, la generación sucesora de Fidel y Raúl Castro no ha manejado ninguna gran crisis como la que se avecina -algo que deben aprovechar tanto Trump como la oposición interna- y tendrán que enfrentarla sin el auspicio de los constructores del totalitarismo cubano. Por ello quizás hoy tengamos más chance los cubanos que los venezolanos para avanzar hacia el fin de estas dictaduras. 

En todo esto, pareciera que los cubanos nos hemos acostumbrado a vivir en esta amarga y dilatada situación, y no sabemos cómo hacerlo fuera de ella. Además de que hay gente muy poderosa y hábil que se beneficia de la estabilidad o el status quo. 

En espera de que estas más de seis décadas finalmente nos ayuden a reconocer cómo no llegar y cómo alcanzar la meta, y que la necesidad del abrazo de los hombres libres nos permita aceptar y desarrollar una táctica común que nos saque de este atolladero, yo sigo convocando, 24 años después del intento de concilio cubano, una reunión seria entre los principales actores políticos que aspiran a resolver el problema cubano. Sigo creyendo que vale la pena y que será posible. 


Juan José López Díaz es abogado, especialista en derechos humanos, humanista y activista político. Integró la oposición interna cubana en los años 1980 y 1990. Vive exiliado en Miami.

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