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Trump, un jacksoniano solitario

Trump, a quien se nos presentaba como un personaje peligroso al que debía mantenerse alejado de los códigos nucleares, ha estado el frente de un gobierno notablemente menos intervencionista que los de sus antecesores

Con característico estilo hiperbólico, el presidente Donald Trump ha descrito las intervenciones en Oriente Medio como el mayor error en la historia de su país. Habiendo causado un combinado de trescientas mil muertes (según las estimaciones más conservadoras) es difícil no darle la razón.

Las semillas del moderno antibelicismo ‘de derecha’ fueron sembradas por el ex congresista Ron Paul en su carrera presidencial de 2008, y no es casualidad que muchos adversarios del complejo-industrial militar apoyaran a Trump en el ciclo electoral pasado, pues fue el único candidato en el bando republicano que supo extraer las lecciones correctas de Irak y Afganistán.

Recientemente, en una entrevista para al medio especializado en asuntos militares Defense One, el enviado especial Jim Jeffrey admitió haber ocultado el número real de soldados presentes en el noroeste de Siria al presidente Trump y a sus superiores. Es decir, una figura clave en la política exterior de la administración americana mintió deliberada y conscientemente para minar la estrategia de su Comandante en Jefe en un conflicto extranjero. El hecho, por más insólito que resulte, está lejos de ser aislado: elementos dentro del Departamento de Estado han actuado en forma similar los últimos cuatro años. Trump ha sido un jacksoniano solitario.

Su postura no es apaciguadora ni pacifista, tampoco aislacionista, pero se aleja de los ataques preventivos y de los recortes de libertades (véase Patriot Act) en nombre de la seguridad nacional. Por supuesto que es difícil catalogar la presidencia que ha encabezado categóricamente como “realista”, pero es la que más se ha acercado a esa escuela en las últimas décadas. Todo esto a pesar de designaciones en la escena internacional francamente desconcertantes, recuperando a halcones veteranos (Abrams, Bolton) y fichando a otros que se perfilan como futuros líderes de su partido (Haley, Grenell). No queda claro si estas han sido concesiones a los sectores tradicionales del GOP o, si en cambio, estuvo haciendo uso de la Madman Theory nixoniana y le interesaba proyectar una imagen de dureza e impredecibilidad.

Lo cierto es que la última vez que los republicanos tuvieron un poder real en la Culture War lo usaron para señalar como antipatriotas a quienes se resistieron a apoyar la agenda militar de Bush 43, fundamentada, no lo olvidemos, en premisas falsas (las temidas armas de destrucción masiva y los vínculos de Hussein con Al Qaeda). Es por ello que quizá el logro más importante en el realineamiento de la derecha americana lo haya conseguido Trump en imponer su visión de cómo —y sobre todo, bajo qué medios— debe proyectarse ante el mundo el país del Tío Sam. Hoy son muchos, desde paleoconservadores hasta liberales clásicos, quienes entienden que la guerra es la salud del Estado: una empresa indeseable y odiosa.

Contrastes

A Obama le fue concedido el Nobel de la Paz por su carisma personal, su sonrisa amplia y sus “generalidades destellantes” (Sowell dixit) aun sin haber hecho mérito alguno. La administración que presidió fue la primera en la historia en permanecer 8 años en guerra ininterrumpida, bombardeando a mansalva y ocasionando hasta un 90% de víctimas inocentes en ataques con drones. Según cifras del Bureau of Investigative Journalism, si Obama dedicara un día a disculparse por cada civil matado por sus drones, tendría que emplear 3 años. ¡Vaya Nobel!

Y mientras tanto, Trump, a quien se nos presentaba desde los medios del establishment como un personaje singularmente peligroso al que debía mantenerse alejado de los códigos nucleares, ha estado el frente de un gobierno notablemente menos intervencionista que los de sus antecesores. Logró firmar acuerdos de paz y cooperación que van desde Medio Oriente hasta los Balcanes. Sin premios, sin panegíricos. Hay que evaluar los hechos sin atender a las estridencias discursivas. En los hechos, Trump habría merecido más los honores de la Academia Sueca.

America is back

Biden declara triunfante que Estados Unidos está de regreso (America is back!). Su anuncio no debe emocionar demasiado a norafricanos, euroasiáticos y mediorientales. Recordemos que al menos dos de las operaciones de cambio de régimen que promovió como parte de la administración Obama desencadenaron guerras civiles (Ucrania y Libia) y que, a pesar del optimismo inicial que generó, la Primavera Árabe se tornó en un invierno de caos y sangre, del que salieron fortalecidos los grupos islamistas. Para muestra. Egipto, donde la traición a un aliado secular (Mubarak) facilitó la llegada al poder de un miembro de los Hermanos Musulmanes (Morsi).

El rol de Estados Unidos como hegemón, crecientemente amenazado por el ascenso de China, no depende de su incursión en ambiciosos esfuerzos militares. Al contrario, ha quedado demostrado que sus intentos de exportar la democracia y de rehacer el mundo a su imagen solo han acabado debilitándolo, mermando su seguridad a la par que sus finanzas (tan solo la Guerra de Irak le ha costado 2 trillones de dólares a los contribuyentes). Lo que Biden entiende por “regreso” no es sino el sacrificio de sus compatriotas por imponer sistemas políticos en tierras yermas donde no tienen esperanza de florecer, ignorando su historia y cultura particulares. Lo que Biden entiende por “regreso” no es sino la versión más sangrienta del proyecto homogeneizante de un globalismo dispuesto a imponerse mediante la fuerza. Lo que Biden entiende por regreso es una “american global democracy” con enemigos cada vez más abstractos e inderrotables, que preferiría combatir la contaminación y el cambio climático antes que a aquellos que lo amenazan directamente. Tengamos presente que para Biden, China ni siquiera es un competidor serio.

El paradigma wilsoniano-neocon desde hace varias décadas ha sido uno de los pilares de la ortodoxia política americana, tanto en administraciones demócratas como republicanas. El aspecto más transformador de estos cuatro años de Trump fue la ruptura que tuvo con dicho paradigma en favor de un enfoque realista (dentro de lo posible), recuperando una tradición que remonta a Andrew Jackson. Un país con un rol cuasi evangelizador vs. un país que prioriza sus intereses, sin pretender cambiar el mundo. Ha subido el gasto militar, pero ha reducido el militarismo. Es cierto, por contradictorio que parezca. En contraste, lo que Biden promete es un regreso al business as usual, es decir, al America last.

El mayor aval de Trump han sido sus enemigos, y los señores de la guerra están entre los más encarnizados de ellos. En los futuros días se decide una parte esencial de su legado. ¿Se ejecutarán sus órdenes de retirar las tropas de Somalia, Irak y Afganistán? ¿Podrá poner fin a las “guerras interminables”, una promesa central de 2016? Esta es su última oportunidad de drenar al pantano, antes de que éste lo drene a él.


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