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Tu celular te está pudriendo. Imagen: Unsplash

Tu celular te está pudriendo

Tu celular te está pudriendo a través de la adicción a las redes sociales y al aparato en sí. Nos aísla y nos vuelve agresivos, narcisistas y angustiados

Tu celular te está pudriendo, igual que a mí. Y es hora de darle a este problema la atención que merece. La evolución y popularización de los teléfonos celulares, que ya se han convertido en compañeros permanentes de buena parte de la población, trajeron consigo cambios muy profundos, no sólo en la forma en que consumimos contenidos, sino en cómo interactuamos con el mundo que nos rodea.

Sí, por supuesto que tienen una enorme cantidad de ventajas: nos brindan una puerta permanente al entretenimiento, nos permiten contar con mapas y rutas actualizadas casi en tiempo real y facilitan operaciones bancarias; incluso, muy de vez en cuando, incluso podemos utilizarlos para hablar por teléfono. Sin embargo, junto con los puntos positivos hay efectos negativos que pasamos por alto y se están agravando.

Tu celular te está pudriendo y hasta Maher lo sabe

El 20 de agosto, Bill Maher terminó su episodio de “Real Time” criticando la muy peligrosa decisión de Apple respecto a (literalmente) espiar a los todos los teléfonos de su marca, con el pretexto de combatir la pornografía infantil. Más allá de la nobleza del pretexto planteado por Apple, el potencial de abuso para un espionaje de esa amplitud sería inmenso y fácilmente expandible para arrebatarle a los usuarios información privada relacionada con cualquier otra cosa.

Acto seguido, Maher, que últimamente ha sido una de las pocas voces sensatas en la prensa industrializada, se lanzó directamente contra los efectos del uso excesivo de los teléfonos inteligentes, señalando que “los teléfonos actuales convierten a las personas en patanes” y absorben nuestra atención más que cualquier otro dispositivo, incluyendo la televisión y la radio. En sus palabras: “Yo esperaba con ansias ver “Mi Bella Genio” una vez a la semana, pero eso no alteraba mi ritmo circadiano”.

Y tiene razón.

Nos hemos vuelto adictos al teléfono celular y específicamente a las redes sociales. Yo mismo, mientras dicto este párrafo estoy jugando en mi Samsung Galaxy Note 10+, con juego de arquería “pay-to-win” e inmediatamente después me pondré a revisar si tengo alguna nueva mención en Twitter, algún mensaje nuevo en Facebook o alguna recomendación divertida en TikTok, igual que miles de millones de personas.

También igual que ellas pasé los primeros 25 años de mi vida sin un teléfono “inteligente” y no lo necesitaba. Sin embargo, ahora no puedo estar sin el celular más de 5 o 10 minutos, antes de tomarlo “para ver si ha ocurrido una nueva noticia importante” o “si hay algún mensaje urgente”.

Usted quizá se diga lo mismo, o alguna otra frase por el estilo, pues cada quien nos inventamos nuestra propia historia para encender la pantalla; en el fondo son pretextos en que nos refugiamos, mientras el teléfono se transforma en un interminable abismo de procrastinación que devora cada vez más nuestro tiempo y capacidad de atención.

A este fenómeno de “entretenimiento” hay que añadirle el de la agresividad y la angustia.

Primero, la agresividad. Por su propio diseño, las redes sociales incentivan tanto la creación de silos ideológicos como la hostilidad hacia quienes están fuera de ellos. Particularmente en el caso de Twitter, la propia limitación en el número de caracteres dificulta la expresión de matices y premia las declaraciones más estruendosas, volviendo más relevantes a las personas más agresivas.

Ese fenómeno social no es nuevo y se ha identificado desde hace mucho tiempo, por ejemplo, en las asambleas públicas. Sin embargo, sus efectos son ahora más intensos que nunca; después de todo, quienes se dejaban llevar por la pasión de un discurso político o una asamblea popular eventualmente debían regresar a casa y desconectarse; en cambio hoy la asamblea ocurre adentro del dispositivo tecnológico más seductor de la historia humana que llevamos en la mano.

Segundo, la angustia. Las redes sociales transforman a todos sus usuarios en figuras públicas, algunas de las cuales logran cientos de millones de “seguidores” mientras que otras agonizan con apenas una docena seguidores. Para ambas el teléfono celular podría convertirse en el mecanismo de validación de sus opiniones y de su valor como personas; es básicamente el estrés del baile de graduación de la preparatoria, sólo que permanente y con coreografías un poco más ridículas.

El resultante deseo de ser “popular” en las redes no sólo conlleva el riesgo de una crisis de depresión e incluso suicidios (especialmente en adolescentes) sino que puede manipular incluso a los más influyentes políticos y empresarios para tomar decisiones que se vean bien en un tuit pero no son adecuadas en la vida real.

Los efectos de estas malas decisiones influidas por la presión de las redes sociales, que (debemos ponerlo en mayúsculas, sí, en mayúsculas) NO SON EL REFLEJO DE LA OPINIÓN REAL DE LA SOCIEDAD, SINO EL ECO DISTORSIONADO DE UN SECTOR ESPECÍFICO pueden ser gigantescos.

Tu celular te está pudriendo en narcisismo, angustia y hostilidad. Imagen: Unsplash

Tu celular te está pudriendo y hasta Facebook (también) lo sabe

En la misma reflexión, Bill hizo eco de una declaración del exvicepresidente de Facebook, Chamath Palihapitiya: “Los circuitos de retroalimentación a corto plazo impulsados por dopamina que hemos creado (en Facebook y las redes sociales) están destruyendo el funcionamiento de la sociedad”.

Y la verdad es que no sorprende. Por supuesto que las empresas dedicadas a las redes sociales entienden que su negocio consiste en mantener al usuario conectado el mayor tiempo posible a su plataforma, y con este objetivo adaptan el “algoritmo” para que sea lo más adictiva posible.

Incluso en ocasiones van un paso más allá, como ocurre en el caso de TikTok, donde para salir de la aplicación pide no uno sino 2 clics en el botón de “atrás” de nuestro celular. Ese clic extra representa quizá millones de visualizaciones extra, por todos los usuarios que querían salirse de la app, pero tuvieron flojera de dar el segundo clic.

La incómoda verdad es que tanto los teléfonos inteligentes como las redes sociales están diseñadas no tanto para proveer un servicio, sino para brindar un mecanismo de adicción. Además se parecen mucho (hasta en sus respuestas ante el Congreso) a lo que en el siglo 20 hacían las grandes empresas tabacaleras.

Cierto, los gigantes digitales no venden nicotina, pero sí venden “circuitos de retroalimentación a corto plazo impulsados por dopamina” y, al igual que las tabacaleras, están conscientes del daño y de la naturaleza adictiva de sus productos.

Tal vez tu celular no te de cáncer, como decía la leyenda urbana. Sin embargo, tu celular te está pudriendo, y a todos.

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