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Biden nota Irán

Un mal acuerdo nuclear con Irán sería el peor error estratégico de Biden

La prioridad de la Casa Blanca sería levantar las sanciones a Teherán para permitir el ingreso del petróleo iraní al mercado

La suma de malas políticas energéticas, fiscales, monetarias y regulatorias de la administración Biden está debilitando la economía en un momento crítico. Washington enfrenta grandes y complejos desafíos externos que los errores de política exterior de ésta administración están empeorando.

Mientras un multimillonario fabricante de autos eléctricos como Ellon Musk señaló la urgencia de recuperar la independencia energética de los Estados Unidos, fortaleciendo inmediatamente la producción doméstica de petróleo y gas, la Casa Blanca sigue aferrada a su sueño socialista verde y ante el golpe de realidad de la invasión rusa a Ucrania intenta responder al problema energético inmediato fortaleciendo a enemigos tan peligrosos como Teherán.

Ya antes de esta crisis la administración Biden se sumó a la oportunista condescendencia europea con Teherán presionando por un nuevo acuerdo nuclear, tan o más débil que el fallido JCPOA firmado por la administración Obama y abandonado por la administración Trump.

El peor error de política exterior de Biden estaría a la vuelta de la esquina. Luce inminente el nuevo acuerdo nuclear con Irán. Lo único que lo estaría dificultando es que Rusia, como signatario del JCPOA original negociado por la administración Obama, ha participado en las nuevas conversaciones para revivir el acuerdo y Moscú apoya a Irán para resistir las escasas presiones de  Washington. Complicaría el actual escenario que las sanciones al Kremlin por la invasión de Ucrania se aplicarían al intercambio comercial entre Rusia e Irán tras el levantamiento de sanciones que Teherán exige para firmar el nuevo acuerdo.

El canciller ruso, Sergey Lavrov, en una reciente visita a Teherán reveló que Moscú tenía “garantías por escrito” de Washington para continuar comerciando con Irán a pesar de las sanciones de Estados Unidos a Moscú por la invasión a Ucrania. Dichas garantías, dijo Lavrov, “están incluidas en el texto del propio acuerdo sobre la reanudación del JCPOA del programa nuclear iraní”.

Si la interpretación de Lavrov fuera correcta, mostraría la desesperación de la Casa Blanca por firmar un nuevo acuerdo con Teherán, haciendo concesiones inaceptables sobre las actividades nucleares de Irán, su patrocinio del terrorismo en el medio oriente y sus relaciones estratégicas con otros enemigos de Washington.

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Actualmente se estima que Teherán ya tiene uranio enriquecido para cuatro ojivas nucleares y sus capacidades de misiles balísticos ICBM quedaron demostradas cuando lanzó su segundo satélite al espacio. Corinne Kitsell, representante permanente del Reino Unido ante la Agencia Internacional de Energía Atómica, comentó recientemente que:

“Irán ha seguido avanzando en su programa nuclear mediante el desarrollo de su reserva de uranio enriquecido y la realización de actividades que proporcionan ganancias de conocimiento permanentes e irreversibles. El programa nuclear de Irán nunca antes había sido tan avanzado y está exponiendo a la comunidad internacional a niveles de riesgo sin precedentes”.

Pero con los precios mundiales del combustible en alza por la crisis de Ucrania, la prioridad de una Casa Blanca que se niega a liberar la producción interna de hidrocarburos, sería levantar las sanciones a Irán para que el ingreso del petróleo iraní al mercado reduzca el precio de la gasolina en los Estados Unidos antes del 8 de noviembre.

Al negarse a enfrentar las ambiciones nucleares de Irán o incluir en un nuevo acuerdo el cese del patrocinio de Teherán al terrorismo en Yemen, Irak, Siria, Líbano y Palestina, Washington se aleja de aliados tradicionales como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos (EAU). Y la distancia  quedó clara con la negativa de los gobernantes de ambas naciones a recibir llamadas de Biden para discutir la crisis energética mundial.



Mientras la administración Biden se niegue a recuperar velozmente la producción domestica de petróleo y gas para no molestar a la ultraizquierda “verde” de su propio partido, tendrá que complacer sobre la mesa a Teherán y bajo la mesa a Moscú, en una apuesta de corto plazo por el petróleo iraní que ya está desestabilizando al medio oriente y puede destruir a mediano y largo plazo las estratégicas alianzas de Washington con productores petroleros tan importantes como Arabia Saudita y los EAU. Dos países a los que ya se aproximó sagazmente Beijing.

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