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Vacunas

Vacunas sí, apartheid sanitario no

No hay razón para temerle a las vacunas. Pero para temerle a la pérdida de libertades, nos sobran los motivos

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No hay racionalidad en el “movimiento antivacunas”. De hecho, no la hay en todo aquello que elija definirse por la negativa (he aquí el gran gol de marketing de la causa “provida”). Las personas que militan activamente contra la vacunación son víctimas de sus prejuicios, de sus miedos y de su ignorancia (nadie debe ofenderse por este último punto, todos somos mayormente ignorantes).

Todo individuo que haga un mínimo repaso histórico a través de nuestras epidemias y enfermedades puede concluir fácilmente que la vacunación ha salvado millones de vidas. Aun así, las políticas sanitarias implementadas en varios países son abiertamente discriminatorias y dejan entrever impulsos autoritarios que deberían haber quedado enterrados en el pasado.

El problema no es el pase sanitario en sí (que, bien usado, puede ser una herramienta útil), ni el derecho de admisión de los privados, sino la segregación oficialmente impuesta: el Estado se ha organizado para discriminar y, no contento con ello, extiende esta marginación a sectores que, tras año y medio de confinamientos parciales o totales, no se pueden dar el lujo de seguir contando pérdidas.

Por supuesto que hay una innegable urgencia sanitaria y es evidente que el COVID y sus distintas variantes no desaparecerán la próxima semana. Es igualmente innegable y evidente que la única forma que tenemos hoy de volver a algo tímidamente parecido a la normalidad es la vacunación. Usted debería vacunarse y sería conveniente, además, exhortar a toda su familia a hacerlo. No obstante, es objetivamente inmoral crear políticas de discriminación ideológica y obligar a los privados a aplicarlas.

Los miembros del movimiento “antivacunas”, por mucho que pese, son simplemente personas que piensan diferente. ¿Qué tan distinto es incitar a una compañía a despedir a sus empleados no vacunados de inducirla a licenciar a sus colaboradores ateos, o de derecha, o vegetarianos? ¿Quién está marcando el límite entre lo que nos es aceptable o no en tanto sociedad democrática?

Suponer que quienes nos oponemos a la implementación del pase sanitario para ir a un bar somos “antivacunas” es una mera reducción intelectual que tiene como único propósito ridiculizar y simplificar una urgencia republicana absolutamente válida. Esta conjetura, además, solo sirve para profundizar grietas sociales que no nos ayudan como comunidad.

Lo que aquí está en juego es cómo nos paramos frente a un dilema moral que afecta, nada más y nada menos, a nuestras libertades más básicas.

Tampoco es argumento alguno, como ciertos sectores políticos sugieren, afirmar que este atentado a la libertad “funciona” porque se ha observado un incremento descomunal de vacunación desde su anuncio. Sostener tal cosa es como decir: “Jessica no quería acostarse conmigo, pero después de unos minutos a punta de arma, lo hizo. Funcionó”.

Voltaire nunca dijo “no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo”. Fue la autora británica Evelyn Beatrice Hall en un intento de resumir los postulados del mencionado filósofo francés. Esto, sin embargo, es irrelevante. El movimiento “antivacunas” es producto de la misma pereza intelectual y antisistema de los terraplanistas. Están profundamente equivocados. Pero sus libertades deben permanecer intocables, porque de ellas dependen también las nuestras.

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