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Venezuela: sin cambio de régimen

Una victoria de Biden podría significar, para Venezuela, volver a las mismas fórmulas que han permitido que el régimen se mantenga donde está

De confirmarse la victoria de Joe Biden, hay suficientes elementos que indican que no será una buena noticia para los venezolanos. De llegar a la Casa Blanca, la causa de la libertad de Venezuela podría sufrir un severo retroceso y un revés que se traducirá en más éxodo, miseria y muerte.

Son muchas las razones para desconfiar. El propio Biden ha asomado que, bajo una eventual administración suya y en su política hacia Venezuela, eso que llaman “cambio de régimen” no debería ser un negocio de los Estados Unidos, música para los oídos de los tiranos que conducen los regímenes criminales de la región y para los enemigos de Occidente. Estarán a salvo por un buen tiempo, ganando el tiempo que le quitan a la gente a la que someten.

¿Qué significa no buscar un cambio de régimen en Venezuela? Puede significar muchas cosas, pero seguro se traducirá en tranquilidad para quienes usurpan el poder en Venezuela, porque significa volver a las mismas fórmulas que han permitido que el régimen se mantenga donde está, gracias a falsos diálogos y negociaciones. Sí, las mismas políticas que se implementaron en Cuba con el castrismo y en Colombia con los acuerdos de paz, donde quienes debieron ser debilitados y derrotados, terminaron fortalecidos y con más poder: miremos a las FARC en el congreso colombiano.

Si algo hay que reconocerle a la administración de Trump es que volvió a colocar a Venezuela en el ojo del huracán. Además, en estos cuatros años hubo avances significativos contra el régimen precisamente porque hizo un diagnóstico correcto de la naturaleza de lo que se enfrentaba y de sus implicaciones para la seguridad nacional de los Estados Unidos y para todo el hemisferio. Dicho de otro modo, se entendió que había que aplicar la política de fuerza y presión contra los malos, porque enfrentamos a criminales y no a políticos.

Hoy todo eso corre peligro. Frente a la política de máxima presión y de tratamiento criminal, vuelve el fantasma de los mecanismos políticos y diplomáticos convencionales, esos que los tiranos adoran porque pueden pedir tiempo que les dan y seguir ganando terreno, mientras la gente sufre.

La izquierda continental, los enemigos de Occidente y los tiranos de la región si algo desean es una política de distensión; y eso es lo que Biden les dará. De confirmarse su triunfo, estamos a las puertas de ver como se reanudan las relaciones con el régimen castrista en Cuba, que volverá a enriquecerse mientras los cubanos apenas sobreviven; también veremos cómo se reanuda el acuerdo nuclear con el régimen iraní, que volverá a hacer de las suyas con beneplácito, mientras las sanciones contra ellos se levantan o se flexibilizan. Es un premio gordo para los malos.

Hoy todos ellos celebran, junto a China, Rusia y Turquía. También celebran el Grupo de Puebla y el Foro de São Paulo, que desde La Paz emiten un documento que declara la guerra contra los promotores y defensores de la libertad, argumentando que la democracia está en riesgo, cuando es ese club de sospechosos habituales quien la destruye. Saben que un cambio en la Casa Blanca significa vientos favorables para sus andanzas, mientras avanzan contra sus próximas víctimas: Chile, Ecuador y Colombia.

Es lo mismo que celebra el canciller de Irán al decretar, desde Caracas y a pocos kilómetros de Estados Unidos, que la hegemonía de Occidente ha terminado. Y lo dice así porque todos ellos ya conocen la figura de Biden, saben qué esperar de una administración como esa, por los antecedentes de la era Obama y por la debilidad de la figura del eventual nuevo presidente. Todo lo hacen sincronizadamente, mientras en Estados Unidos se debate su futuro como república y mientras algunos todavía creen que es una teoría conspirativa.

Muchos ven en la distensión una oportunidad para que el régimen criminal tenga disposición a ceder, como si eso no hubiera sido lo que se intentó en tiempos pasados. Muchos creen, además, que, al cambiar los incentivos para los regímenes iraní, cubano y venezolano, se traicionarán unos a otros. Quienes parten de esas falsas premisas ignoran por completo la naturaleza de esos regímenes y el proyecto que los reúne, que en nada pretenden ceder, sino sobrevivir a costa del engaño.

Quienes siguen apostando a esos análisis tan inocentes e ingenuos (poco creíbles a estas alturas), siguen recurriendo a la solución política convencional para enfrentar regímenes que ya son inmunes a esto. Llegar a la máxima presión y luego soltar, es justamente decirles a los enemigos de Occidente que no hay amenaza creíble y que, más allá de un regaño, podrán seguir siendo los malos de la película. Si la distensión era lo que pedía el régimen en las farsas de diálogo, ¿qué pedirá ahora que una nueva administración estaría por concedérsela sin mayor esfuerzo a cambio de nada?

De ahí que sea elemental la victoria de Trump, porque trata correctamente a los enemigos de Occidente de acuerdo a su naturaleza y no en función de los códigos de la política convencional. Trump también sabe que continuar significará avanzar en la política de máxima presión, porque ya la presión por sí sola no basta, pero siempre será mejor una política en esa dirección que una de sonrisas y oxígeno.

Si algo necesita Venezuela es un cambio de régimen y para lograrlo se requiere el involucramiento de un aliado esencial como Estados Unidos, pero no de una política de distensión como la que propone el Partido Demócrata. Lo peor que le puede pasar a la causa de la libertad de nuestro país es que ahora sólo se clame por condiciones electorales, al mejor estilo europeo, pero que no sea Estado Unidos quien lidere y genere el cambio, sino que solo observe y facilite reuniones entre partes que se confunden entre sí por sus errores e intenciones.

Lo anterior solo se traducirá en tiempo perdido para el país, tiempo ganado para el régimen y una política que se congraciará con la maldad pura. Ciertamente la actual administración también busca elecciones libres, pero el camino para lograrlas es muy distinto al que pretende Biden con su política de buenas relaciones con dictadores que son mucho más que eso: son criminales. Sin fuerza nunca podrán ser derrotados.

Por eso para los venezolanos sí importa quien gane. Para nosotros no aplica eso de “cualquiera de los dos” o “ninguno de los dos”, porque eso termina más bien haciéndole guiños al candidato demócrata producto de un odio irracional hacia alguien como Trump que ha demostrado tener más clara la defensa de la libertad que muchos. Quienes conocen la naturaleza de lo que ocurre en Venezuela saben perfectamente cuál política conviene más y cuál nos hace daño.

La negociación será inevitable en Venezuela para lograr una solución, pero la clave es cómo se llega a ella; si por la presión y amenaza creíble de la fuerza enfrentando a un régimen criminal, o por los falsos diálogos, las flexibilizaciones y el oxígeno. Los venezolanos sabemos que sólo queda la primera; otros, prefieren sonreírle a la segunda, sabiendo lo que significa.

Ojalá nos equivoquemos nosotros con este panorama nada alentador; porque si es Biden el que se equivoca, quienes pagaremos seremos nosotros los venezolanos.

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