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Volvamos al Logos

La racionalidad es una exigencia interior del ser humano, que lleva consigo una sed por el infinito, por lo intangible, por aquello que le sobrepasa y que al mismo tiempo le habla directa y personalmente.

La tradición griega nos dice que en el principio fue el Caos: lo primero que existió antes de todo, donde todo era imprevisible. Pero en algún instante de esa incertidumbre se abrió un espacio, una hendidura y un primer motor sacó al cosmos de su estado de confusión elemental inicial y comenzó así un proceso de desarrollo que estableció un orden y que, muchísimo tiempo después, dio paso a la aparición del ser humano.

Desde el mismo momento en que el hombre entra en escena dentro de la historia universal ha buscado respuestas. Desde el primer instante ha sentido la necesidad de salir de sí mismo y abrirse a lo absoluto, a lo infinito, que le atrae y al mismo tiempo le aterroriza. Es dentro de esta idea de trascendencia donde los antiguos filósofos desarrollan el concepto del Logos. Ahora bien, sería imposible resumir aquí milenios de pensamiento humano que dieron forma al concepto. No es mi intención, no quiero pecar de soberbio. Hablemos en términos sencillos, sin caer en rebuscadas y complicadas definiciones filosóficas.

El Logos en la antigüedad

La mente humana intentó explicar el cosmos ordenado que derivó del Caos y responder a sus grandes preguntas existenciales a través del Logos. El primero en la lista es Heráclito: 500 años antes de Cristo habló de una “Inteligencia sustancial que está presente en todas las cosas, que dirige, da armonía al devenir y genera la existencia misma”. No es poca cosa.

Para Heráclito el Logos es la razón que domina el universo y que hace posible la existencia de orden y regularidad dentro de las cosas que lo componen, pero también —y para mí esto es importantísimo— es la Razón inherente a la naturaleza humana, esa que está inscrita en el corazón y en la conciencia de cada hombre, para diferenciar el bien y el mal, para guiar nuestra conducta y labrar nuestro camino al conocimiento.

Para la Escuela Estoica luego, todos los acontecimientos del cosmos estaban rigurosamente determinados por el Logos universal y —al formar parte el hombre de esta realidad— su libertad no puede consistir en más que aceptar su propio destino: vivir conforme a esta Razón universal para obrar según el bien y alcanzar la virtud. Planteamientos parecidos habían tenido los filósofos clásicos poco antes.

En la misma línea, la teología judía y la cristiana enriquecerían el concepto con características propias. Todo esto permitió a la humanidad explicar de manera lógica casi toda su existencia, eliminando de una vez por todas el mito de su cosmovisión y —como piedra fundacional— sentó las bases para que, durante 2000 años, se conformara la sociedad occidental que hoy conocemos.

Logos. Caos.
Magnum Chaos. Taracea del coro de la basílica de Santa María la Mayor. Por Capoferri y Lotto (Dominio Público)
La Crisis del Logos

Creo que no es una exageración afirmar que fue —y es todavía— un concepto excepcionalmente indispensable para el desarrollo intelectual, social y espiritual del ser humano. Si no el más importante, pega en el palo, como decimos los futboleros. El Logos estuvo desde el principio: es pensamiento y sentido. Un pensamiento creador que desde el Caos llamó al mundo a la existencia y, en el mismo instante, le ha dotado de un sentido y de un orden. Más aún: un pensamiento creador que llamó al hombre a la existencia y le ha dotado de un sentido, de la capacidad de conocer y trascender.

La racionalidad es una exigencia interior del ser humano, que lleva consigo una sed por el infinito, por lo intangible, por aquello que le sobrepasa y que al mismo tiempo le habla directa y personalmente. Todo lo que nos rodea nos habla del Logos: en él vivimos, nos movemos y existimos. Todo tiene un orden y un sentido. Por supuesto, al ser un concepto metafísico, le exige al hombre un ejercicio de fe que ha ido de la mano con el desarrollo filosófico. Razón y fe: Atenas y Jerusalén. Logos griego y dabar bíblico, en palabras de Joseph Ratzinger. Ambos fundamentales para el mundo occidental.

Sin embargo, la modernidad llegó para hacer desaparecer la Razón universal. El pensamiento de nuestro hemisferio está a punto de caer, si no lo hizo ya, en el abismo del relativismo. Parece un mal chiste, pero la transformación intelectual por la que atravesó la humanidad, dejando atrás el misticismo y abrazando el conocimiento a través de la Ilustración griega, está siendo completamente anulado. Dos milenios de pensamiento tirados por la borda en poco menos de un siglo. Estamos en crisis. La Razón última —el Logos griego— ahora parece un ideal desechable.

Todo lo que hace la sociedad actual es invitarnos a contradecir esa Razón. Bien dijo Chesterton que “llegará el día en que haya que desenvainar la espada por afirmar que el pasto es verde”. Ese día llegó hace ya mucho tiempo. Hoy decir la verdad es considerado como inaceptable y uno corre el riesgo de ser tildado de intolerante y retrógrado. El relativismo es la religión dominante de hoy y todo el que se atreva a tener concepciones y valores apegados a la realidad puede ser borrado del mapa. Es una guerra abierta en contra del orden, la perfección, el sentido común y en última instancia en contra del ser humano, en cuya esencia se refleja todo lo anterior.

De regreso al primer motor inmóvil

Las consecuencias principales de cualquier guerra son la destrucción, la muerte y la tristeza. Casi todas terminan con un bando completamente aniquilado. Esta es algo diferente: no se enfrentan enemigos por diferencias geopolíticas o socioeconómicas. Lo más probable es que —por ahora— tampoco sea cruenta, no es una guerra convencional. Estamos probablemente ante el inicio de una guerra de pensamiento, pero eso no la hace menos violenta. El objetivo en este caso no son riquezas, recursos, ventajas territoriales o cualquier cosa material. Es atentar contra lo más íntimo del hombre y eso es siete veces más peligroso.

Estamos hablando de ir contra lo que somos, contra todo lo que hemos logrado en dos milenios con altos y bajos. El relativismo de estos tiempos busca reducir nuestra inteligencia y voluntad a meros sentimientos escuálidos. Busca que neguemos lo que somos y que le demos la espalda a lo que es obvio, a aquello de donde surgió todo, al conocimiento, a nuestro criterio natural, a la moralidad, al bien, a la felicidad. Busca que le demos la espalda al Logos.

Esta guerra es distinta, sí, pero las consecuencias serán las mismas de cualquier otra —y aún peores—: destrucción, muerte, tristeza. El fin de nuestra sociedad como la conocemos. No quiero ser fatalista, pero nada bueno puede venir de atentar contra nuestros ideales más sagrados. Todo reino dividido contra sí mismo, fracasa. Nuestra única esperanza es volver a fijar el rumbo hacia ese primer motor inmóvil que nos sacó del Caos. Solamente la Razón última y objetiva puede verdaderamente mostrarnos el camino.

1 comment
  1. Dios con nosotros quien contra el !!
    A poner cada uno nuestro grano de arena para volver a la verdad!!!

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