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¿Por qué está mal la cancelación de una racista antisemita como Whoopi Goldberg?

Nadie, por muy ofendido que se sienta, tiene el derecho de forzar a otros adultos, decidiendo por ellos qué tienen permitido leer, ver o comprar

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El reciente intento de cancelación a Whoopi Goldberg por un comentario racista y antisemita es una muestra de la revolución comiéndose a los revolucionarios. Es inevitable ver ahí cierta “justicia poética”. Goldberg usó la teoría crítica de la raza para negar que el holocausto fuera “un asunto de raza” debido a que en su opinión era un conflicto entre “dos grupos de gente blanca”.

Para Goldberg, como para todo racista, la “correcta” definición arbitraria de raza le pertenece a ella exclusivamente.”

No acepta las categorías de raza de los nacionalsocialistas, lo que estaría bien si no pretendiera imponernos sus propias categorías racistas que no son menos absurdas ni menos peligrosas que las de los nazis. Todo racismo es peligroso, no hay racismo inofensivo ni bueno.

Ella tiene sus propias categorías racistas “correctas” y ateniéndose a ellas creía que podía decir cualquier cosa sobre la “gente blanca” impunemente. Se equivocó y fue “cancelada”, pero solo un poquito, con cómplice hipocresía para evitar discutir el fondo de su racismo antisemita. La “cancelaron” por racismo inverso quienes niegan que exista el racismo inverso. Claro que su comentario antisemita, y el feroz racismo inverso que lo inspiró, fueron ofensivos para cualquier persona decente de cualquier “raza”. Pero cancelarla, real o falsamente, está mal porque evita la discusión ocultando el problema.

La cancelación no es por libre asociación y acción voluntaria en el libre mercado, sino todo lo contrario. Quienes deciden por sí mismos a qué empresas o personas quieren recompensar comprándoles productos u opiniones, al igual que quienes castigan a empresas o personas negándose a comprarles lo que ofrecen, sean buenas o malas sus razones, están en su derecho.

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Nadie, por muy ofendido que se sienta, tiene el derecho de forzar a otros adultos, decidiendo por ellos qué tienen permitido leer, ver o comprar. Y sí, la libre asociación nos permite agruparnos para convencer a otros de nuestros puntos de vista. Podemos criticar a una antisemita y racista inversa como Goldberg y recomendar a otros que rechacen sus viciosas opiniones. Pero no podemos obligarla a callarse, ni obligar a otros a no escucharla.

Una turba enfurecida de “ofendidos” invadiendo un lugar para gritar en la cara de otros, bloqueando violentamente el acceso de un orador al micrófono, agrediendo a otros físicamente e incluso disparándoles por querer escuchar lo que a ellos les ofende, es acoso e intimidación para censurar ideas. Por repugnantes que las ideas a censurar fueran, y en el caso de Goldberg lo son indiscutiblemente, es inaceptable.

Las acciones de una turba virtual no difieren en nada relevante de la definición, coloquial o jurídica, de coerción de las de una turba física. La cultura de la cancelación es acosar a quien, en la arbitraria opinión de los canceladores, exprese palabras e ideas “inaceptables”. Ni más, ni menos.



La censura nunca fue una práctica reservada exclusivamente a los gobiernos. Aunque afirmar lo contrario sea una anti histórica racionalización artificiosa de quienes hoy, al mismo tiempo que niegan que la cultura de cancelación exista, apoyan fervientemente a eso que según ellos” no existe” par  “librarnos” de “los malos”.

Es y debe seguir siendo perfectamente legal en un libre mercado de ideas abogar por que nadie escuche a Joe Rogan o a Whoopi Goldberg. Pero no es ni puede ser admisible impedirles a ellos, o a cualquiera, que expresen sus opiniones, nos gusten o no.

Aunque sea legal y hasta cierto punto legitimo abogar porque no se escuchen ciertas opiniones, y el racismo antisemita de Whoopi Goldberg es buen ejemplo de que hay opiniones que además de erróneas son malignas, no es buena idea abogar, sin coerción alguna, porque no se escuchen las opiniones. Debemos discutirlas y demostrar que son erróneas y malignas.

Criticar es expresar desacuerdo e insatisfacción con acciones, palabras o ideas. El crítico no silencia al otro, le responde e inicia la discusión. La turba gritando para evitar que otros escuchen lo que cualquiera tiene que decir, no es crítica. No responde y no discute porque no tiene argumentos. Quien no puede argumentar, únicamente puede imponer sus opiniones censurando otras. Una sociedad incapaz de debatir sin apelar a la coerción contra lo que a unos u otros desagrade u ofenda, es una sociedad condenada a perder toda libertad.


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