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Pandemia, Estado,

¿A más pandemia, más Estado?

¿Cómo le pide uno a una familia que se quede por tiempo indeterminado en una casa de 20 metros cuadrados sin un baño y sin luz?

En la gran mayoría de países de la América hispana, el COVID-19 tomó por sorpresa a Estados con sistemas de salud precarios y ha infligido -lamentablemente- heridas profundas que serán cicatrices que por largo tiempo nos acompañarán.

Hay, sin embargo, un asunto que llama sobremanera la atención por su falta de causalidad y por la frecuencia con la que se ha repetido en las distintas latitudes de nuestra región: la idea de que la pandemia ha echado luz sobre todas las vicisitudes del mercado libre y que debe ser, por ende, un parteaguas que permita a los Estados retomar el terreno perdido: volver a ser propietarios de los medios de producción y reemplazar al mercado en lo posible.

Es urgente detenernos aquí. ¿Cómo así la pandemia ha descubierto las fallas del modelo de economía abierta? ¿Por qué el Estado hubiera -en el pasado- o podría -en el futuro- enfrentar mejor una situación extrema como esta? Pido detenernos en este punto porque es las preguntas que hago, que me resultan impostergables, han sido astutamente esquivadas por la izquierda y las distintas formas de populismo para hacer lo que cualquier Estado hace -en su émulo a cierto tipo de arte: horror vacui (terror al vacío). Sucede que, parafraseando al gran poeta peruano César Vallejo -aunque lejos del texto- la naturaleza del Estado es el Estado dos veces y, presupuestivoro, buscará expansión siempre.

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“¿Qué cambió, paradójicamente, en estos 100 años? Se alzó y cayó el comunismo. Y hoy el conocimiento se usa eficientemente para el beneficio de la sociedad. Necesitamos mucho más de Hayek y menos de Marx”. (Flickr)

Ahora bien: retrocedamos un paso para poner en duda estas premisas que nos han sido lanzadas desde todas las tribunas. ¿Aquí ha fallado el mercado o ha fallado el Estado? A los ciudadanos se nos descuenta parte de nuestro salario -si es que estamos dentro del paraguas de la formalidad- para poder sustentar posibles riesgos futuros a nuestra salud. Con las arcas estatales llenas de dinero -no por convicción de ahorro, sino por ineptitud para invertir- los paquidérmicos Estados latinoamericanos han reaccionado tarde -algunos siguen en el esfuerzo- para contener a la pandemia. Y, además, lo han hecho copiando mecanismos desplegados en Europa o en los Estados Unidos, sin entender las diferencias.

Menudo problema el que ese injerto de soluciones significa: en esta zona del mundo millones de familias viven sin acceso a agua potable y a electrificación. ¿Cómo le pide uno a una familia que se quede por tiempo indeterminado en una casa de 20 metros cuadrados sin un baño y sin luz? ¿Cómo le pide uno a quien vive -bajo un esquema de economía de subsistencia- que haga las compras del mercado una vez por semana cuando le alcanza, con esfuerzo, para poner comida en la mesa día a día? La falta de común sentido llevó a varios de los países de la región a tomar medidas tan descabelladas como esas. O a ordenar que los niños solo puedan salir a 200 metros de su casa, al parque más cercano.

En América Latina no hay un parque cada 200 metros, por si es que no lo advirtieron ya. Lo que aquí ha fallado es el Estado: incapaz de ejecutar su inmenso presupuesto de manera eficiente. Alejándose de las mejores fuentes de información -que están siempre en el mercado, por lo tanto, en el sector privado- y planificando centralmente la contención a un problema tan dinámico como el mercado mismo.

Ha sido, más bien, el mercado el que llegó con las vacunas, con el oxígeno y con las tasas más altas de supervivencia frente al virus en las clínicas privadas. Así que a otro perro con el hueso de la falla del modelo. Lo que ha fallado en la región es el compendio de Estados elefantiásicos que la habita.

Ahora toca encontrar mecanismos para quienes quedan excluidos del mercado por las barreras que impone el Estado -en la informalidad- puedan participar de los beneficios de la prosperidad y el crecimiento. Y, jamás, podemos conceder a los enemigos de la libertad hacerse de la idea de que la pandemia marca el fin de una era y que el mercado es el culpable. Basta con comparar las cifras -aunque de improbable certeza- de muerte que dejó la gripe española, con las que ha dejado el COVID-19.

¿Qué cambió, paradójicamente, en estos 100 años? Se alzó y cayó el comunismo. Y hoy el conocimiento se usa eficientemente para el beneficio de la sociedad. Necesitamos mucho más de Hayek y menos de Marx.


Bachiller en Derecho por la Pontificia Universidad Católica del Perú y candidato a Máster en Economía por la Universidad Francisco Marroquín en Madrid. Es periodista, columnista y ensayista

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