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La alianza malsana de la izquierda woke se sigue consolidando. Imagen: Unsplash

La alianza malsana de la izquierda woke: prensa, gobiernos, empresas y academia

Hay una alianza malsana alrededor de la izquierda woke, que une gobiernos, corporaciones, medios y políticos autoritarios. Comprenderla es clave para detenerla

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En América hay una alianza malsana alrededor de la izquierda woke (progre), cuya influencia trasciende el ámbito político, amenaza con destruir o corromper de forma irremediable los contrapesos a su dominio y se consolida ante nuestros ojos. Comprenderla es clave para detenerla.

Una alianza malsana, cada vez más evidente

Durante décadas la narrativa de los “liberals” (la izquierda americana) se construyó a partir de la idea del “fight the power”. Supuestamente eran los buenos de la película porque enfrentaban a los ricos y poderosos para defender los derechos de los desprotegidos.

Esa narrativa nunca fue cierta, pero ahora es más falsa que nunca. De dientes para afuera la mantienen, por ejemplo, en los llamados para eliminar el financiamiento de la policía, de los que tanto se han aprovechado personajes como Alexandria Ocasio-Cortez. Sin embargo, detrás de escenas han alimentado una alianza malsana, cada vez más profunda y más visible, con las fuerzas autoritarias a las que se supone que combatían.

Esa grotesca complicidad entre el Gobierno y los grandes medios de comunicación sigue creciendo, y se demuestra, literalmente, en pantalla. Así lo reclamó esta semana el periodista Glenn Greenwald (famoso por colaborar con Edward Snowden en la revelación de las cuestionables estrategias de espionaje masivo de las agencias de Inteligencia).

Greenwald denuncia que la MSNBC dedicó un segmento entero a defender a la National Security Agency (NSA) y que el “liberalismo americano” se ha convertido en la “facción política que es pro-FBI, pro-NSA, pro-CIA”. Acto seguido, preguntó “¿Si tener redacciones llenas de generales, exagentes de seguridad, del FBI, de la CIA (todos los cuales son empleados con salario) para que defiendan automáticamente al FBI, la CIA y la NSA no es ser una ‘TV del estado’, entonces qué es?”.

Dicho esto, Greenwald no es un periodista de derecha. Ha sido columnista de Salon.com y The Guardian, (dos de los referentes de la prensa de izquierda) y su nuevo libro es una crítica abierta a Jair Bolsonaro, respaldada por Lula Da Silva y Dilma Rousseff ¿Entonces, por qué alzó la voz? Porque no es conservador, pero tampoco ciego.

La alianza malsana de la izquierda woke

Esta alianza une al movimiento político liberal (en el sentido de americano) al Partido Demócrata que ha controlado durante los últimos 20 años a los grandes medios de comunicación, a las jefaturas corporativas de las grandes empresas y a buena parte de alta burocracia del Gobierno federal (a.k.a. “Deep state”).

A primera vista, los intereses de grupos tan disímbolos no cuadran ¿Qué podría unir a un CEO, un agente de la CIA, un presentador de televisión, un candidato el Partido Demócrata y un profesor universitario Ivy League? La respuesta no requiere una compleja teoría de la conspiración sino simplemente una mirada a sus coincidencias institucionales y, sobre todo personales. Veamos:

A nivel institucional

Los grupos que aquí mencionamos comparten en sus organizaciones el gusto por la Ingeniería Social. Académicos, grandes empresarios, políticos y gentes de “seguridad nacional” tienen en común una cultura de lo que podríamos definir como “arrogancia institucional”. Es decir, la idea de que la sociedad solo funciona bien cuando ellos la dirigen.

Durante décadas cada una de estas organizaciones impulsaba su propia visión de la Ingeniería Social. Sin embargo, de forma natural se han acercado a una especie de consenso alrededor de los principios de un capitalismo corporativo y globalizado, que rechaza las viejas lealtades a la patria y la religión, para reemplazarlas con nuevas lealtades hacia marcas o identidades de consumo que esperan manipular con mayor facilidad.

Dicho de otro modo:

Los académicos quieren llevar a la práctica sus utopías teóricas, mientras que disfrutan de privilegios políticos y económicos, aderezados con las mieles del estrellato.

La prensa industrializada quiere consolidarse como conciencia global y ganar mucho dinero en el proceso.

Los políticos quieren convertirse en estrellas mediáticas y usar esa fuerza para ganar elecciones y multiplicar su poder, que ejercerán ahora a través de mecanismos multinacionales cuyo funcionamiento está mucho menos sujeto a contrapesos o supervisión.

La alta burocracia, especialmente aquella de la “seguridad nacional” apuesta a un modelo globalista porque calculan que ellos serán quienes controlen ese proceso y eventualmente adquirirán más poder, incluso mientras América pierde relevancia.

Todo ese amasijo de intereses explica una mitad de la alianza malsana. La otra mitad es mucho menos política y mucho más humana.

El cosmopolitanismo es uno de los motores humanos de la alianza malsana de la izquierda woke: Imagen: Unsplash
El cosmopolitanismo es uno de los motores humanos de la alianza malsana de la izquierda woke. (Unsplash)

A nivel personal

¿Qué tienen en común los grandes líderes de las empresas, la alta burocracia, los medios de comunicación, las universidades de lujo y la alta política? Que ellos y sus hijos tienden a vivir en las grandes ciudades de las costas americanas, acuden a universidades de la Ivy League, leen libros respaldados por el consenso del mundo, del gran mundo académico, y conviven con personas de sensibilidad mucho más cargada a la izquierda.

El “zeitgeist” de ciudades como Nueva York, Boston, Los Ángeles o San Francisco lleva décadas completamente controlado por el “liberalismo americano”, que a su vez se integra en un modo de vida “cosmopolita” cuya prosperidad económica es tal que incluso puede permitirse transformar la moral misma en un objeto de consumo.

Es decir: “compran” diversidad, inclusión, antirracismo y demás juegos de identidad con la misma facilidad con la que compran un bolso de diseñador o un viaje de fin de semana a París, para comer platillos “orgánicos y gluten free”.

Entre ellos se conocen, entre ellos se casan, entre ellos viven. Y el resultado son élites cosmopolitas que tienen mucho más parecido entre sí que con el resto de los ciudadanos de los países a los que teóricamente pertenecen. Un miembro de la élite americana tiene mucho más en común en términos de ideología, prioridades e identidad, con un miembro de la élite mexicana o italiana, que con un americano de clase media.

La brecha resultante se ha vuelto cada vez más clara en el mal disimulado desprecio de las élites hacia el resto de los americanos, a quienes dividen en “blancos, retrógradas y racistas” y “minorías desvalidas en necesidad de salvación”, ambas entendidas como meros instrumentos para el consumo y la Ingeniería Social.

Una alianza malsana está en marcha

Esta alianza no surgió de la noche a la mañana. Tiene muchas décadas, pero su desarrollo se aceleró en la última generación y se fortaleció especialmente a partir del Gobierno de Obama y de la “resistencia” al Gobierno de Donald Trump, cuyo éxito ellos mismos presumieron en la revista Time, como reseñó El American en febrero pasado.

No es una alianza estatista normal, pues no le son leales al presidente de los Estados Unidos, como quedó muy claro con las constantes traiciones y la guerra sistemática contra Trump. Le son leales a ellos mismos y a la forma de vida que comparten en las grandes ciudades. No son patriotas, sino transnacionales, porque creen que América ya no les es útil. Su objetivo son las instituciones globales y “liberales”. Eso sí, controladas por ellos. Si no, no hay trato.

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