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AMLO tiene que pagar a sus aliados. Imagen: EFE Sáshenka Gutiérrez

AMLO tiene que pagar y no le alcanzará

AMLO tiene que pagarle a sus aliados, que exigen candidaturas y privilegios. El problema es que con su capital político simplemente no le alcanza

AMLO tiene un hábito profundamente enraizado desde sus tiempos como jefe de gobierno de la Ciudad de México, hace ya 20 años y que conserva tras llegar a la presidencia mexicana en 2018: “La conferencia mañanera”, una mezcla de evento de prensa, ritual político y mecanismo para controlar la agenda política. Lo que Obrador dice en “la mañanera” marca el ritmo de lo que hablan sus simpatizantes y enemigos el resto del día.

Esa conferencia diaria es el pilar de su estrategia de comunicación. Andrés Manuel gobierna a través de la mañanera, en la que elige enemigos y aliados, define temas y anuncia las prioridades de su administración. Por ello, a pesar de sus 67 años, López Obrador las encabeza todos los días laborales, empezando a las 7:00 am y extendiéndose a veces hasta 3 horas.

Sin embargo, el viernes 27 de agosto el presidente López Obrador no participó en su conferencia. No pudo llegar y esa ausencia es mucho más que una anécdota aislada, es una señal temprana de los cambios en el equilibrio de poderes que marcarán la segunda mitad de su periodo al frente de la presidencia de México.

AMLO tiene que pagar por las lealtades que lo llevaron al poder. Imagen: EFE/ Carlos López
AMLO tiene que pagar por las lealtades que lo llevaron al poder. Imagen: EFE/ Carlos López

AMLO tiene que pagar

¿Qué pasó? El presidente viajó a Chiapas para una gira de trabajo, y desde ahí hablaría con los reporteros. Sin embargo, antes de llegar a las instalaciones militares donde se llevaría a cabo la conferencia, fue rodeado y retenido por integrantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), un pseudosindicato de izquierda radical, famoso por sus actos de vandalismo, plantones y huelgas prolongadas.

La CNTE es una disidencia dentro del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), con quienes ha alcanzado una coexistencia más o menos incómoda, donde el sindicato oficial (el SNTE) le reconoce a “la Coordinadora” el control sobre las secciones sindicales de ciertas partes del país, particularmente en los estados de Guerrero, Michoacán, Oaxaca y Chiapas.

La Coordinadora y sus grupos asociados llevan años siendo parte de la alianza política que respalda al presidente López Obrador, pero el amor se ha empezado a agotar: el 27 de agosto impidieron el paso del presidente. Obrador, visiblemente contrariado, exigió “respeto” y más tarde criticó a los dirigentes del grupo de manifestantes.

¿Qué pasó? ¿Por qué un grupo de sus tradicionales aliados lo agredió y le impidió el paso?

El pretexto de la inconformidad es que el gobierno mexicano decidió reiniciar clases presenciales en todo el país a partir de finales del mes de agosto, a pesar de que las campañas de vacunación están muy atrasadas y el país enfrenta una tercera ola de la pandemia de COVID-19, que suma oficialmente cerca de 20,000 casos y cientos de muertes todos los días.

Los maestros alegan que no existen condiciones para un retorno a clases, pero el gobierno responde que ya casi un año y medio sin clases presenciales es dañino no sólo para la calidad educativa, sino para el bienestar de los alumnos y de la propia sociedad.

Ahora, no dudo que la mayoría de quienes físicamente participaron en la manifestación lo hicieron motivados por ese reclamo. Sin embargo, este no es el verdadero motivo detrás de la agresión al presidente, es sólo el pretexto.

El verdadero objetivo de la manifestación fue recordarle a López Obrador la fuerza política y de movilización social de la que dispone de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, y la deuda política que él tiene con ellos. Con sus voces decían: AMLO, no queremos regresar a clases presenciales; pero el mensaje político que transmitían era: AMLO, tienes que pagar.

¿Qué es lo que tiene que pagar?

López Obrador ganó las elecciones presidenciales del 2018 con el mayor porcentaje de votos para dicho cargo desde 1982. Esta ventaja le permitió obtener un triunfo contundente y arrastrar el apoyo suficiente para construir (con algunas mañas de por medio) amplias mayorías parlamentarias en el Congreso de la Unión y en los congresos locales, dándole un enorme mayor margen de maniobra.

Ese triunfo no fue por arte de magia. Hubo 2 factores clave:

Primero, la propia campaña López Obrador, el carisma e imagen que consolidó gracias a décadas de protagonizar la vida política mexicana. AMLO arrasó a sus competidores en términos de comunicación política, presentó una propuesta atractiva y movilizó a su favor incluso a la mayor parte de los ricos y la clase media mexicana.

El otro factor, que fue definitivo para que arrasara en la elección, fue una gigantesca alianza política que no sólo incluía a los partidos que formalmente lo apoyaron en la boleta electoral, sino a multitud de liderazgos políticos, sindicales y sociales, a quienes Andrés Manuel les prometió defender sus privilegios, y recuperar todo el terreno político que estas viejas camarillas y sindicatos habían perdido durante el proceso de transición democrática.

Todos estos grupos, incluyendo líderes sindicales de los maestros, los burócratas y los petroleros, operadores del PRI en buena parte del país, luchadores tradicionales de la izquierda mexicana, algunos panistas desencantados y una marabunta de caciques locales, sumaron sus apoyos a López Obrador y se sienten copartícipes de su victoria. Por lo tanto, también se sienten con el derecho a ser copartícipes del botín político.

AMLO tiene que pagarles a todos ellos por su lealtad, a través de candidaturas, contratos de obra pública, compras del gobierno y cargos al interior de la alianza oficialista. Ahí está el grave problema para el presidente mexicano.

AMLO tiene que pagar sus promesas. Imagen: EFE/ Carlos López

No le va a alcanzar

En su ambición por convertirse en presidente, Andrés Manuel sumó “demasiados” apoyos, hasta el punto de que no podrá pagarles a todos (ni siquiera sumando el presupuesto federal y el peso político que implica la presidencia) especialmente cuando hay varios que quieren lo mismo.

Durante la primera mitad de su administración, ese problema no era tan grave. AMLO tenía el enorme bono político de su victoria, amplias mayorías parlamentarias, más poder que cualquiera de sus antecesores en la época democrática y mucho tiempo para cumplir las altas expectativas. Pero eso ya se acabó.

Ya pasaron las elecciones intermedias, y aunque AMLO pudo celebrar que su alianza arrasó con las gubernaturas y mantuvo mayorías absolutas en ambas cámaras, no logró aplastar a la oposición ni garantizar la consolidación de su proyecto político como un nuevo partido de Estado.

¿Qué significa esto?

Que el margen de maniobra del presidente se redujo drásticamente, porque sus acreedores, a los que de otro modo hubiera podido manejar bajo un esquema de pago de favores a largo plazo, ahora pondrán más énfasis en que les pague antes del 2024.

En otras palabras, todos le quieren cobrar y muchos exigen el pago en una moneda específica: la de las candidaturas y el control del partido oficialista (Morena) en sus respectivos estados o regiones.

¿El problema? Que en muchos casos AMLO se comprometió con varios liderazgos distintos y no les puede dar ni múltiples candidaturas ni múltiples partidos. Por lo tanto, en cada uno de esos estados, ciudades y regiones López Obrador sólo podrá quedar bien con un grupo, a costa de quedar mal con todos los demás.

Y esto escala a nivel nacional. El premio mayor es la candidatura oficialista a la presidencia de la República en 2024, un solo cargo, indivisible por su propia naturaleza, pero anhelado por muchos. Desde ahora, y cada vez más conforme pase el tiempo, cada decisión de Andrés Manuel será observada por propios y extraños como una señal de su predilección hacia uno u otro de los aspirantes, para enojo de todos los demás.

En la época priista a este proceso se le conocía como el juego del “tapado”:
un mecanismo para que el presidente “placeara” y estudiara el potencial de lealtad o éxito de sus posibles sucesores, sin decantarse abiertamente a favor de alguno hasta el momento del anuncio oficial, donde el elegido recibía la adhesión simbólica de todo el partido (la famosa “cargada”).

Sin embargo, el México del 2024 no será el de aquella época. Los “tapados” de entonces eran profundamente disciplinados a la voluntad presidencial, los de ahora no lo son. ¿Ejemplo? Ricardo Monreal (coordinador de los senadores oficialistas) ya declaró públicamente que él estará en la boleta presidencial y le gustaría hacerlo a través de Morena; es decir, si AMLO lo elige, mejor, pero de todos modos va a participar.

De ese tamaño es el desafío político que enfrenta López Obrador y que definirá el éxito o fracaso político de la segunda mitad de su gobierno. Tiene, digamos, un pastel con 100 rebanadas, pero necesita repartirlo entre 200 aliados, que no están dispuestos a quedarse con hambre, ni esperar la siguiente fiesta.

Por ello, el sainete que le armaron los supuestos maestros de la CNTE es simplemente una advertencia, la primera de muchas que se acumularán e incrementarán su intensidad conforme se acerque el proceso electoral del 2024.

Al final del día, en México las cosas nunca son tan sencillas como deberían serlo, y tampoco lo será la sucesión del nuevo régimen oficialista. AMLO tiene que pagar y no le va a alcanzar. Veremos si logra resolver el dilema.

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