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Miles se alzan en Austria contra la vacunación obligatoria. El mundo debe seguir el ejemplo

Los ciudadanos de muchos países se han sometido dócilmente a las tiránicas medidas sanitarias de sus Gobiernos. Amén de que el Estado los proteja, entregan su libertad, sin darse cuenta de que están perdiendo lo más importante

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Un reporte decía que jamás tanta gente se había reunido en Viena para manifestarse desde la década de los 30, en la víspera de la Segunda Guerra Mundial. Según el conteo oficial de la policía, eran casi cuarenta mil personas. Pero aquello se perdía de vista. Ríos de gente protestando, junta y por las mismas razones: el confinamiento y la vacunación obligatoria. Es decir, la tiranía sanitaria.

Aunque la tasa de mortalidad en Austria por el coronavirus es mínima, insignificante, el Gobierno está reaccionando con medidas tiránicas para enfrentar lo que, ellos llaman, un repunte de la pandemia.

Hay un aumento considerable de casos, es cierto. El 8 de noviembre hubo más de 8 mil contagios nuevos registrados. El 18 de noviembre, poco más de 15 mil. La cifra, por sí sola, alarma. Sin embargo, vamos a lo importante: el 8 de noviembre murieron 13 personas en todo el país; el 18 de noviembre, 55. Es decir: la tasa de mortalidad en Austria varía entre 0,1 % y 0,3%. Es mínima.

Muere mucha más gente en Austria por accidentes de tránsito que por el coronavirus. Y, sin embargo, el Gobierno ha decidido someter a toda la población a una de las cuarentenas más rígidas del momento. Un confinamiento severo y, además, lo que a mi parecer es la medida más tiránica posible: la vacunación obligatoria.

Ese fascismo de los especialistas y los Gobiernos. La tiranía sanitaria, que le impone a la población un muy peligroso apartheid. Segregación que aplana el camino para la reducción paulatina de las libertades, como ya está ocurriendo. Separan a los ciudadanos en clases, de primera y de segunda. Unos supuestamente más aptos para vivir en sociedad. Otros marginados, excluidos, por una decisión legítima y propia.

Apropósito de su muerte, vale recordar una de las frases más importantes del reconocido filósofo Antonio Escohotado: “De mi piel para adentro solo mando yo”. Porque no hay nada más sagrado que la propiedad, que el derecho absoluto de decidir qué hacer con lo que es de uno. Qué hacer con uno. Nada más sagrado que el respeto a ese principio fundamental, el de nuestra soberanía absoluta sobre nuestro cuerpo. Porque, también, cada persona tiene el sagrado derecho de desconfiar de lo que está al frente, de ser escéptico, de tener criterio y de, con base en ello, manejar su propiedad.

Además, no hay argumento más antivacuna que el de imponer la vacunación obligatoria y el confinamiento para proteger a la población vacunada. La premisa de esta locura es la de que una persona no vacunada podría ser una amenaza para una persona vacunada. Es un disparate antivacuna y anticiencia. Precisamente, como yo creo en la vacuna, considero que gracias a ella podemos regresar a la normalidad y protegernos de quien esté contagiado del coronavirus.

Todas las cifras acompañan a la vacunación: reduce la mortalidad a casi cero y esto es lo importante. Porque algo debe entenderse: la vacuna no evita que te contagies. Nunca nadie ha dicho lo contrario. Aún puedes contagiarte, pero no te vas a morir. Por lo tanto, debería quedar a criterio de cada quien si se aplica o no la vacuna. Una vez toda la población tenga acceso a la vacunación, es claro que la pandemia se acabó.

Vienna (Austria), 20/11/2021.- Protesters display a banner reading ‘Grosser Austausch, great Reset Stoppt den Globalistendreck’ (‘Great exchange, Great Reset, Stop the globalist filth’) during a demonstration against the measures of the Austrian government to slow down the ongoing pandemic of the COVID-19 disease.

Y esto me lleva al otro punto: en la medida en que avance la vacunación, por supuesto que aumentarán los casos. Yo, que ya estoy vacunado, opto por no usar la mascarilla cuando puedo y procuro vivir una vida normal, con el trato regular con la gente, sea en espacios abiertos o cerrados. Y así piensa la mayoría: una vez estás vacunado, te liberas de la histeria paranoica que el año pasado se tomó al mundo. La gente se está cuidando menos porque la protección fundamental ya existe. La gente regresó a la normalidad. En consecuencia, aumentan los casos.

Pero nada de esto importa. Cualquier excusa, por más ilógica que sea, es suficiente para que los Gobiernos impongan medidas totalitarias que le arrebatan a sus ciudadanos la libertad y el derecho a vivir en sociedad. Ahora, quien desconfía de la vacuna, por sus legítimas razones, no puede integrarse a la vida normal. Merece el repudio y el desprecio del resto: vacunados, “superiores”. Frente a esta locura se alzó Austria este fin de semana.

“¡No a la división de la sociedad!”, gritaban los manifestantes en Viena, que marchaban por la histórica Plaza de los Héroes. Uno blandía una pancarta: “El mejor esclavo es el que se cree libre”. Otra, rezaba: “Obligación de pensar en vez de obligación de vacunar”. “Por la libertad, sobre mi cuerpo decido yo”, otra.

La policía estuvo alerta, lista para dispersar a los manifestantes con gas lacrimógeno. Pero no le dieron el gusto. La protesta, pacífica y masiva, terminó bien. Fue un triunfo, porque el mensaje fue claro: los austríacos no tolerarán que les arrebaten su libertad, su derecho a vivir en sociedad. Podrán intentarlo, pero el Gobierno debe saberlo: sus esfuerzos por imponer un Estado autoritario chocará con la rabiosa voluntad de miles y miles de ciudadanos de defender lo que es suyo.

Ahora, cuando el mundo se sumerge, casi en su totalidad, en la misma tiranía sanitaria de Austria, es obligatorio seguir el ejemplo de quienes marcharon por la Plaza de los Héroes. Sea la vacunación obligatoria, el carnet, el pasaporte, el confinamiento para no vacunados o las cuarentenas, en general. Cada medida, irracional, anticiencia y peligrosa, debe enfrentarse con la reacción de una sociedad dispuesta a desobedecer y a luchar por sus derechos y su libertad.

No importa el argumento que nos traten de vender los Gobiernos. Es claro que, independientemente de sus beneficios, el daño que genera la imposición de la vacunación es mucho mayor a las ventajas de algo que debería ser voluntario. Sin hablar de las miles de empresas quebradas y desempleados que dejaron los confinamientos, debemos considerar el aterrador impacto social que podría haber si alzamos en el mundo un nuevo y más profundo sistema de segregación.

Por supuesto que la vacunación es deseable, pero siempre debe ser voluntaria. La única forma de blindar a una sociedad con la vacuna es aumentando la confianza y esto jamás se va a lograr con imposiciones o arbitrariedades políticas. Como bien dijo Jordan Peterson: “La vacunación obligatoria no aumenta la confianza, sino lo contrario. Es, de hecho, un reconocimiento de que la confianza ya se perdió y un intento de recobrarla por la fuerza”.

Los ciudadanos de muchos países se han sometido dócilmente a las tiránicas medidas sanitarias de sus Gobiernos. Amén de que el Estado los proteja, entregan su libertad, sin darse cuenta de que están perdiendo lo más importante. Esto debe cambiar. Austria nos enseña que la libertad y nuestro derecho a decidir y pensar vale más, sobre todo cuando el argumento para arrebatárnoslos se alza sobre una serie de premisas irracionales.

No solo deben haber miles marchando por las calles de Viena. Deben haber miles en Nueva York, Bogotá, Buenos Aires, Ámsterdam o Londres. Todos, al unísono, rechazando todo aquello que reduzca lo más sagrado que tiene el individuo. Porque al final no todo se limita a estar saludable.

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