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Biden, entre la normalidad y la revolución EFE/EPA/Caroline Brehman / POOL

Biden, entre la normalidad y la revolución

Biden llegó a la Casa Blanca. Ahora debe decidir entre la normalidad, a riesgo de desencantar a los radicales; o la revolución, a riesgo de fracturar América

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Joe Biden es el presidente de los Estados Unidos de América. Llegó el momento y las teorías de la conspiración que hablaban de blackouts, guerra civil o un plan sorprendente de Trump para permanecer en la Casa Blanca y derrotar al deep state resultaron ser eso, simples delirios conspirativos. El “Kraken” finalmente no fue liberado, y si lo liberaron, se ahogó nadando río arriba en las profundidades del Potomac.

A partir de ahora, inicia una nueva etapa, marcada por un resultado electoral que le otorga a Biden un margen de maniobra similar al que tuvo Barack Obama en sus primeros dos años de Gobierno. Sin embargo, hoy Joe entró en la Casa Blanca con un panorama mucho más complicado que el que había encontrado hace 12 años, cuándo acompañó a Barack en la vicepresidencia. No solo se trata de la crisis económica, la pandemia o los trumpistas, sino de la composición misma de la alianza política que lo llevó a la presidencia.

Biden se encuentra entre la normalidad y la revolución

Todo el evento de la toma protesta estuvo diseñado para dar una imagen de regreso a la normalidad, incluyendo la presencia del expresidente Bush, el aplauso a Mike Pence, las referencias religiosas en el discurso inaugural del nuevo presidente. Parecería que, para el establishment, los últimos cuatro años hubieran sido un mal sueño del que ahora se despiertan para reiniciar las cosas más o menos en dónde se habían quedado con Obama.

Y, sin embargo, abajo de las escalinatas del Capitolio, quedó muy claro que no estamos en una situación normal: Las multitudes eufóricas de cada cuatro años fueron reemplazadas por el silencio de las banderas en el National Mall,  y las calles quedaron tapizadas con más de 25,000 soldados, ante la posibilidad de actos terroristas o quizá tan solo por la necesidad de mandar un mensaje de fuerza después del ridículo en que quedó el gobierno con la irrupción al Capitolio, ocurrida hace apenas un par de semanas, el 6 de enero.

La ceremonia estuvo en el cruce de lo normal y lo revolucionario, y en esa misma encrucijada se encuentra Biden. Por una parte, la estructura de su partido, los liberales e incluso la parte más moderada la progresía, esperan de él un regreso a las formas normales de Washington; pero del otro lado de su propia alianza política, la izquierda radical, la progresía y los socialistas exigen una transformación profunda de la sociedad y una drástica venganza en contra de los conservadores.

La progresía clama venganza contra Trump y sus seguidores. Biden deberá elegir entre unidad o radicalización. Imagen: EFE/EPA/Stefani Reynolds / POOL
La progresía clama venganza contra Trump y sus seguidores. Biden deberá elegir entre unidad o radicalización. Imagen: EFE/EPA/Stefani Reynolds / POOL

Al menos en el discurso, Biden apuesta a la normalidad

En su primer mensaje como presidente, Biden buscó equilibrar las variopintas expectativas de su alianza política, pero en términos generales apuntó hacia el camino de la normalidad, más que al de la revolución. Su mensaje, de aproximadamente 2,519 palabras, se centró en la idea de que hay “mucho por reparar, mucho por restaurar, mucho por sanar, mucho por construir y mucho por ganar”. Veamos algunos puntos a destacar:

  • Le dio eco a la progresía al hablar de “injusticia racial” y mencionó específicamente al extremismo político, la supremacía blanca y el terrorismo doméstico “al que se debe confrontar y derrotar”, pero no planteó un mensaje de polarización, sino que mantuvo el énfasis en la unidad, en la que ha insistido desde su triunfo electoral y a la que calificó como necesaria para “restaurar el alma y asegurar el futuro de América”.
  • Insistió en que “no debemos vernos como adversarios, sino como vecinos. Podemos tratarnos con dignidad y respeto ….dejar de gritar y bajar la temperatura”, para lo cual es necesario “escucharse mutuamente, verse mutuamente, mostrarse respeto mutuamente” por que “no todo desacuerdo debe ser causa de una guerra total”.
  • Citó a San Agustín para señalar que el pueblo es una multitud definida por los objetos compartidos de su amor, y explicó que para el pueblo americano “esos objetos comunes son las oportunidades, la seguridad, la dignidad, el respeto, el honor y la verdad.
  • Convocó a mostrar un poco de tolerancia y humildad, para terminar la guerra de incivilidad que confronta “rojo contra azul, rural contra urbano, conservador contra liberal”.

Del dicho al hecho hay mucho trecho

El discurso de Biden fue bueno y bonito y… no servirá de nada, a menos que se traduzca en acciones concretas.

El presidente tiene toda la razón cuando habla de que es necesario superar el conflicto entre rojos y azules, urbano y rural, etcétera, pero no debe olvidar que ese conflicto ha sido alimentado e inspirado durante décadas por sus propios aliados, que ahora hablan incluso de listas negras o campos de reeducación para los simpatizantes de Donald Trump, mientras que el desdén hacia la América tradicional se filtra como una pestilencia por los poros del discurso de la progresía.

Si en serio Biden prioriza la unidad a partir del diálogo tendría que empezar mandando señales desde su propio ámbito y arriesgarse a rasgar las redes de su grupo político. Ello implicaría un enorme reto para su presidencia, pero también la posibilidad de lograr la distención y la serenidad que le urgen a América.

Si, por el contrario, Biden opta por la revolución y deja el rumbo de su Gobierno en manos de los radicales, su legado no será el de la unidad, sino el de profundizar la polarización y mantener a la república a dos pasos del abismo de la violencia, esa que (no hoy y no mañana, pero sí a mediano plazo) amenaza directamente la sobrevivencia de la república americana.

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