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Joe Biden debe mantener intacta la Doctrina Trump

Hoy el socialismo del siglo XXI agarra impulso. Aprovecha el triunfo de una administración que amenaza con ser hostil ante los amigos de la libertad en Latinoamérica. La única forma de hacerle frente es manteniendo las agresivas políticas de Trump en contra de las tiranías

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El Gobierno del presidente Joe Biden estaría cometiendo un error gigante al desmontar la política de su antecesor, Donald Trump, ante Latinoamérica. Sobre todo, sería un gran error y una irresponsabilidad revertir lo que hizo Trump frente a las tres tiranías del hemisferio: Nicaragua, Cuba y Venezuela. Sería, en concreto, darle la espalda a los millones que en esos países lo han entregado todo por recuperar su libertad.

Desde antes de las elecciones de noviembre del año pasado, se manejaba la idea de que una eventual administración de Joe Biden desmontaría la agresiva política de Trump ante los regímenes autoritarios de Latinoamérica. Ahora lo hemos empezado a ver. Y hay voces, irresponsables, que llaman a acelerar ese proceso. Mienten, además.

En un artículo publicado en The Hill, titulado How Biden can clean up Trump’s Venezuela mess, Francisco Rodríguez y Jeffrey Sachs esbozan una serie de premisas completamente disociadas de la realidad, muy peligrosas e irresponsables. Adjudicarle la crisis de Venezuela al expresidente Trump es absolver, quien sabe con qué intención, a los verdaderos responsables del mayor drama humanitario que ha visto la región. No nos podemos prestar a eso. Debemos denunciarlo: los verdaderos culpables de que millones de venezolanos hayan huido de su país y que otros cientos de miles hayan muerto de hambre, son la Revolución Bolivariana de Hugo Chávez y Nicolás Maduro; el socialismo y los aliados del régimen, como Cuba, China o Rusia. Es a ellos a quienes hay que señalar.

Sin embargo, Rodríguez y Sachs prefieren apuntar a Estados Unidos y al expresidente Trump. Dicen que por culpa de las sanciones, sobre todo, los venezolanos sufren. Mienten. Ya en un editorial pasado, en El American, dijimos:

“…mucho antes de que la primera sanción fuera impuesta por el Gobierno de Barack Obama, en 2014, Venezuela atravesaba tiempos difíciles, marcados por la escasez y una estampida de multinacionales. Las expropiaciones, el control de precios, control de cambio y las leyes que regulaban el ejercicio laboral desembocaron, en el 2008, en los primeros episodios de apuros económicos. Fueron solo un preludio de lo que vendría”.

Asimismo:

“Si hoy Venezuela, un Estado rentista que jamás pudo superar su dependencia de la industria petrolera, atraviesa tiempos dramáticos, y su gallina de los huevos de oro, la estatal PDVSA, anda a punto del colapso, tiene que ver más con la politización y el saqueo de la industria que con la voluntad de la administración de Donald Trump de impedir el comercio entre Venezuela, un Estado criminal, y países como Cuba o Irán, otros Estados criminales.”

Porque las sanciones impuestas por el Gobierno de Trump fueron quirúrgicamente diseñadas para dañar a la nomenclatura del régimen. Muestra de ello es que funcionarios de la dictadura gasten millones en cabildeo para lograr la derogación de este paulatino estrangulamiento a los negocios criminales del chavismo. Porque esa, al final, ha sido la verdadera consecuencia de las sanciones: quienes por años se han favorecido del saqueo a Venezuela, hoy no pueden viajar y disfrutar de sus millones en capitalismo; no pueden negociar con países occidentales ni pueden mercadear lícitamente sus delitos. Se les han frustrado sus negocios. Por ello, sospeche de todo aquel que hoy implore el levantamiento de las sanciones.

Pero Rodríguez y Sachs van más allá. No solo piden que el Gobierno de Biden revierta las sanciones contra el régimen impuestas por Trump. También proponen que los grandes aliados de la dictadura acompañen un proceso de transición que pasaría, por supuesto, por pactar la continuidad del régimen a cambio de mejores condiciones para empresarios locales. La conclusión de el artículo en The Hill es particularmente inquietante:

“Un plan de estabilización y recuperación, respaldado por Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y China a través del FMI y el Banco Mundial, serviría como un paso crucial hacia la transición política hacia futuras elecciones. Esta solución gradual a la crisis política de Venezuela será posible cuando las facciones políticas enfrentadas del país aprendan a convivir, en lugar de buscar formas de aniquilar a la otra”.

Claramente los autores ignoran que cuando se refieren a “facciones políticas” hablan de, por un lado, un régimen criminal, narcotraficante, vinculado al terrorismo internacional, que mata a sus ciudadanos; y, por el otro lado, una sociedad hambreada y sometida. Plantear la crisis como un conflicto entre dos partes iguales, de idéntica equivalencia moral, es mezquino y un golpe bajo a los venezolanos.

El Gobierno de Biden cometería un error sustancial si desmantela los avances de Trump en Latinoamérica. Ninguna administración había atenazado de igual manera a los regímenes socialistas en la región y muestra de esto es el respaldo electoral que obtuvo el expresidente entre los latinos de Florida. El rompimiento de las relaciones con Cuba —y denominar al país como un Estado patrocinador del terrorismo— y las sanciones a los autoritarismos de Managua o Caracas sumieron al Socialismo del siglo XXI (que durante Obama vivió sus años dorados) en su época más oscura y con menos influencia.

Hoy el socialismo del siglo XXI parece agarrar impulso. Aprovecha el triunfo de una administración que amenaza con ser hostil ante los amigos de la libertad en Latinoamérica. La única forma de hacerle frente es manteniendo las agresivas políticas de la Casa Blanca anterior en contra de las tiranías. Es imperativo que Biden mantenga la doctrina Trump.

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