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¿Cómo el socialismo destruyó a Venezuela? Parte I

De la prosperidad a la miseria. La ruina socialista penetró en todos los niveles del otrora país petrolero.

En apenas dos décadas de gobierno socialista revolucionario –llegado inicialmente al poder por medios democráticos– se ha destruido cerca del 80% del aparato productivo venezolano. El ingreso per cápita se ha reducido a mucho menos de un cuarto de lo que era. Millones de venezolanos han huido del hambre y la desesperación para vivir y trabajar como inmigrantes ilegales en países vecinos –a víctimas de tiranías de izquierda rara vez se les califica de refugiados–.

El socialismo destruyó completamente a Venezuela, acabando incluso con una de las mayores industrias petroleras del continente. La que solía ser la primera economía de Hispanoamérica y su democracia más estable, es hoy la última economía del continente y una peculiar combinación de totalitarismo y Estado fallido.

Destrucción tan completa, empobrecimiento tan rápido y severo, desigualdad tan extrema entre la riqueza de la nomenclatura socialista criminal y sus asociados –saqueando sin pausa las ruinas de lo que destruyeron– y los empobrecidos venezolanos comunes, resultaron de dos cosas que podrían acabar con cualquier nación: de una parte, que el socialismo en sentido amplio se elevó a cultura política del país mientras el marxismo radical se adueñaba de la academia, prensa e industria del entretenimiento; de la otra, que nadie –o casi nadie para ser justos– entre las élites intelectuales, políticas y empresariales del país enfrentó aquello.

La institucionalidad existía o pretendía existir, y tenía o pretendía tener barreras contra la barbarie. Nadie la defendió. Abrieron las puertas a los bárbaros con los que hicieron “buenos negocios” hablando de “justicia social” en la “buena sociedad” que odiaba al capitalismo y a los Estados Unidos. mientras adoraba a Fidel Castro.

Así cayó Venezuela. Pero todo empezó con la paz, prosperidad, infraestructura y modernidad de comunicaciones y transporte, crecientes inversiones nacionales y foráneas, un ejército nacional unificado, el saneamiento de las finanzas públicas y la emisión de moneda fuerte sobreponiéndose a un siglo ininterrumpido de guerra civil, bajo el gobierno de un hacendado tachirense sin dotes de tribuno.

General de guerras civiles de montoneras, último de aquellos a fuerza de derrotar al caudillaje aventurero en sus primeros años de segundo al mando, con la logística del hacendado exitoso que como improvisado militar se aseguró superioridad en tropa, armamento, parque y posición estratégica, ante elocuentes enemigos que dejaban eso a la aventura. Pagó la centenaria y creciente deuda externa. Y grandes petroleras –americanas y angloholandesa expulsadas del México revolucionario– se instalaron en Venezuela.

El subsuelo era propiedad del gobierno desde la legislación colonial. El petróleo se industrializó y comercializó por grandes transnacionales, lo que determinó a Venezuela para bien y mal. El tiempo siguió su paso y a mediados de la década de los 40 gobernaba otro General tachirense. Uno que no usaba uniforme por ser contrario al militarismo implícito en su uso por parte del primer magistrado. Presidente constitucional que intentó una transición ordenada de la dictadura gomecista a la democracia republicana, gobernando sin prisiones políticas, legalizando partidos prohibidos; garantizando derechos civiles y avanzando ordenadamente hacia derechos políticos plenos, en una economía en crecimiento y rápida modernización.

Pero derrocó a Isaías Medina Angarita una conspiración de militares académicos de ingrata ambición asociados con la impaciente insensatez de políticos socialistas incapaces de entender cómo las circunstancias, con algo de paciencia, no dejaban de resultarles favorables. Militares de academia que nunca habían peleado, pero se sentían profundamente ofendidos por estar bajo el mando de generales sin estudios que habían librado y ganado guerras, aspiraban a ascensos acelerados, elevados ingresos e incluso a gobernar. Buscaron en la izquierda radical un socio político –del que pronto prescindirían– para un golpe de Estado que resultó el primer paso hacia el desastre.

De aquello un ilustre dirigente y abogado del partido de Betancourt –al que éste apodaba “tarrito de estiércol barnizado de Ortega y Gasset– acertó a entender que lo más revolucionario  fue exterminar políticamente a la derecha conservadora y colocar en su lugar a la izquierda socialista cristiana de Rafael Caldera. Pero el rompimiento entre socios civiles y militares de la felonía llevaría a otro General tachirense al poder. Nuevamente con prisiones y persecuciones.

General que traía –en versión militarista– las mismas ideas de sus exsocios civiles sobre el estatismo económico. Ideas que las circunstancias no le permitieron desarrollar pues su gobierno se concentró principalmente –aunque no de forma exclusiva, porque también decretó monopolios del Estado industrias “estratégicas” que luego serían la base de la economía socialista, moderada primero, radical y fallida despues– en obras de infraestructura vial y urbana de las que aún depende el país hoy.

Así llegamos a los años 60 con los golpistas civiles de 1945 reinstalados en el poder junto a sus socios de la izquierda social-cristiana fingiéndose derecha. Y el resto de la izquierda en guerrillas castristas sin futuro inmediato.

Socialismo democrático moderado por la geopolítica de la guerra fría que no careció de torturas, desapariciones, persecuciones y asesinatos políticos. Crímenes de Estado poco numerosos, aunque la naturaleza del crimen no cambie porque las víctimas sean pocas y fueran decididos aspirantes a criminales totalitarios genocidas.

Cambian, eso sí, sus consecuencias sociales y políticas. Pero el caso es que desde la década de 1920 hasta mediados de la de 1970, con paz, orden, legalidad, finanzas públicas saneadas y moneda fuerte, vivió Venezuela un fenomenal crecimiento económico, apuntalado por el nuevo sector petrolero, aunque todo empezó en un decenio de crecimiento acelerado previo a las grandes inversiones petroleras.

Pero las ideas que habían traído esa prosperidad ya no eran las que prevalecían entre la intelectualidad, prensa y “buena sociedad” venezolana, entre dos izquierdas sin alternativa intelectual o política real. Las ideas tienen consecuencias, pero toma tiempo. Y todos, o casi todos, atribuían a “nuevas ideas” socialistas los resultados de viejas ideas conservadoras, sin imaginar lo que realmente traería material y moralmente el socialismo a Venezuela.

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