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Una conversación con Chesterton sobre la Navidad

La arrogancia de los «expertos» de la pandemia fue obedecida: ¡nadie supo quiénes eran y aun así reinaron!

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La Navidad siempre ha estado bajo ataque. Lo que hoy vivimos no es casual y mucho menos nuevo. Regresemos en el tiempo por un momento.

Luego de la Guerra Civil Inglesa entre 1642 y 1651, los puritanos abolieron la Navidad y toda fiesta tradicional que pudiera «pervertir la adoración». Pero no hablo de que se veían hombres vestidos a-la-peregrino con palos destruyendo decoraciones navideñas en las casas, sino que desde el mismo gobierno se realizaba este control. De hecho, algunos gobernantes abolieron la celebración por el nacimiento de Jesús —la Santa Misa ya había sido abolida—. ¿Les suena la historia?

Hoy esos puritanos ya no visten grandes hebillas, sombreros puntiagudos y grandes gorgueras en sus cuellos. Ahora visten de Saint Laurent y Burberry en adelante, y son llamados «presidentes», «gobernadores», «alcaldes», o de forma más trágica aún: «expertos» de la pandemia.

Algo que llama la atención de estos señoritos es que son intermitentes; la verdad… ¡más durarán las consecuencias de sus políticas que sus nombres en las mentes de las personas! Pero así de rápido como seguramente se vendieron para ganar su voto en estos años, así de rápido lo confinaron a usted. Fugaz, sin previo aviso, sin presentación, sin tráiler. Así, fíjese, es la tiranía.

Chesterton y la tiranía del lockdown

En 1908, el «Rey de las Paradojas», G. K. Chesterton, sentenciaba sobre la tiranía en The Daily News:

La tiranía siempre entra por la puerta sin vigilancia. El tirano siempre es tímido y discreto. El tirano siempre es un traidor. Siempre ha venido allí con la pretensión de que estaba protegiendo algo que la gente realmente quería protegido —religión, o justicia pública, o gloria patriótica.

En este caso, querían defender «su vida». Irónico que para defenderla, propusieron quitársela, ¿no cree usted? Su empleo, su educación, sus caminatas, su tiempo libre, todo lo que constituye «su vida», arrebatado en nombre de ello mismo. Esa conversación, en las guillotinas de Francia, habría sido sumamente extraña. Imaginen a Robespierre gritando: ¡en nombre del libre pensamiento, os cortamos sus cabezas!

(Ni la guillotina ni el tirano fueron objetos de esa lógica).

Pero en nombre de la vida, hoy muchos no tienen una. En nombre de la economía, hoy el desempleo, la deuda y el cierre de negocios cabalgan en los países. ¿Y todo dictaminado por quién? «La ciencia», un nuevo dios que por ser cuantificable, lo creen automáticamente bueno; pero al final se comprobó ser un dios manipulable y por lo tanto, no dios.

No me malinterpreten, ¡las ciencias son medios nobles para entender al mundo! Sin embargo, una herramienta no es naturalmente buena: un martillo puede ayudarle a construir una casa —y también puede ser un arma—. «La ciencia» nos enseñó todo del virus, pero, por alguna extraña razón, creímos que sería bueno hacer las cosas según los expertos, porque dijeron que podían hacerse «científicamente». Y obedecimos.

La arrogancia de los «expertos» de la pandemia fue obedecida: ¡nadie supo quiénes eran y aun así reinaron! ¡Tenían inclusive más poder que decenas de presidentes! Y la histeria mediática paralizó al mundo y lo esclavizó al miedo. De forma muy extraña pasamos a estar adictos a la muerte: contabilizábamos cadáveres, contrastábamos cifras y nos alegrábamos si acertábamos. Nos dijeron lo bueno que era dejarle todo a los expertos y concordamos con nuestros tapabocas puestos. En nombre de la vida, entregamos las nuestras. En nombre de la economía, millones están sin trabajo.

Ello es síntoma de la enfermedad moderna de la irresponsabilidad. Se nutrieron del miedo a tener que ser más responsables para exigir la entrega de nuestras libertades y nuestras tradiciones —y hoy han dado un golpe a la Navidad—.

La Navidad y la tradición

En su cuento La tienda de fantasmas, Chesterton entra por razones extrañas a la tienda del Padre Navidad —la personificación tradicional inglesa de la Navidad— y tienen una conversación sobre el porqué de su soledad. Tras haber sido preguntado por su estado, Father Christmas responde que esos científicos e innovadores «dicen que le doy a la gente supersticiones y las hago demasiado visionarias […] Dicen que mis partes celestiales son demasiado celestiales; dicen que mis partes terrenales son demasiado terrenales».

«¿Cómo puede uno ser demasiado bueno o demasiado alegre?», pregunta el Padre Navidad. Y admite no comprender el porqué de ese ensañamiento en su contra, pero si algo comprende —dice— es que esta gente moderna está viva y él está muerto, a lo que Chesterton responde: «puede que estés muerto. […] Pero en cuanto a lo que ellos están haciendo, no lo llames vivir».

Arguyendo interés en nuestra «seguridad», estos tiranuelos declararon guerra a muerte durante la pandemia a nuestras tradiciones, a todo lo bueno y a todo lo que nos es querido; desde la libertad hasta nuestras tradiciones.

Las tradiciones, decía Chesterton, significan dar un voto a la más oscura de nuestras clases: nuestros antepasados. «La democracia de los muertos», la llamaba y sentencia maravillosamente diciendo:

La tradición se niega a someterse a la pequeña y arrogante oligarquía de los que simplemente andan por ahí.

Las tradiciones marcan un límite en la acción del Estado y de los oligarcas, dándole un sentido suprapolítico a nuestra historia. Es en las tradiciones donde convivimos con los que ya no están y con sus enseñanzas. Yo, por ejemplo, vivo con mi padre en las lecciones que me dejó. Las tradiciones son nuestra mayor identidad y consciencia. La Navidad cumple mejor que nada ese propósito.

En Navidad nos reencontramos con la paradoja de lo grande que puede ser algo pequeño: en un casilla, dos exiliados alrededor de bestias recibían a su niño que pagaría el más alto costo para la redención del mundo. No solo es el nacimiento de nuestra civilización, sino también la mayor lección de humildad que podemos recibir.

Esta Navidad, donde quizás muchos estén separados —como muchos venezolanos seguramente estaremos— o se sientan bajo asedio estatal, aférrese a sus tradiciones más que nunca: en ellas existe el nombre secreto que nos define, que nos mantiene unidos a los que ya no están y a los que están lejos de nosotros; en ellas se encuentra el mejor escudo contra el Estado.

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