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Una decisión acertada

Se trata de una deuda de décadas del Gobierno americano con el pueblo armenio. Promesa alzada por los predecesores de Biden, pero jamás cumplida por temor a agriar las relaciones con Ankara

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La historia no se altera, por más que avergüence. Y el reconocimiento de ella, cuando duele, cuando queremos hacerla ajena pero es imposible y acarrea pisar el honor de lo que fuimos, es de valientes.

Alemania construyó sobre su tragedia y hoy expone el Holocausto como un episodio del que la humanidad debe aprender. Bosnia y Herzegovina hoy honra a quienes denunciaron a tiempo —inútilmente— una masacre en potencia.

Turquía no. El problema es que la élite turca no se siente aún ajena de la costumbre otomana. Fue lo que los hizo. Los abuelos, los bisabuelos arrastran consigo la tradición, que los hijos y los nietos heredaron. Turquía es, de alguna manera, el Imperio Otomano. O la consecuencia del Imperio, al menos: una parte de él, al fin.

Por eso ha sido tan difícil reconocer la responsabilidad otomana en el exterminio de más de dos millones de armenios durante los tormentosos años de 1915 a 1923. La turquización, a manos de los Jóvenes Turcos, tuvo consecuencias letales para las minorías que eran vistas como tumores de un imperio en decadencia.

Cuesta tanto denunciar el crimen porque, de alguna u otra forma, la élite turca ve en los criminales a su ascendencia. Escribió el periodista Bernhard Zand en Der Spiegel: «En los perpetradores, ven a sus padres, cuyo honor buscan defender. Esta tradición infunde un sentido de identidad en los nacionalistas turcos, tanto de izquierda como de derecha, y se transmite de generación en generación».

Este sábado el presidente Joe Biden se convirtió en el primer jefe de Estado de Estados Unidosa excepción de Reagan, aunque no lo hizo oficial— en llamar «genocidio» a la masacre de armenios. Se trata de una deuda de décadas del Gobierno americano con el pueblo armenio. Promesa alzada por los predecesores de Biden, pero jamás cumplida por temor a agriar las relaciones con Ankara.

Hizo bien el presidente Biden. Tarde, pero llega, aunque ya ha provocado las primeras reacciones hostiles. «No vamos a recibir de nadie lecciones sobre nuestra historia», dijo el canciller turco Mevlut Cavusoglu este 24 de abril. Pocas horas después, Turquía citó al embajador americano.

Erdogan anda furioso. La decisión de la Casa Blanca rompe con años de un pacto tácito para evitar incomodar a Turquía, aliado importante de Washington y compañero en la OTAN. Pero no le ha importado a Biden. Al carajo Ankara, que cree que, amén de las relaciones, todo presidente gringo debe darle la espalda a la legítima demanda del pueblo armenio. Es hora, muy bien por Biden, de reivindicar una lucha de años.

La historia no se altera, por más que avergüence. El genocidio armenio ocurrió y la élite turca fue responsable. Su reconocimiento no debería de ofender a Turquía, esa gran y compleja nación que hoy enfrenta tantos retos. Al revés, debería de ser obligatorio para evitar que se repitan los errores del pasado.

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