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El Salvador y Honduras: cuando el hastío le dispara a la democracia

El Salvador, Honduras, Bukele, Zelaya

Si hay una región que es reflejo de lo variopinta que es América Latina es Centroamérica, desde un país como Costa Rica, siempre visto como la Suiza de la región por sus referencias institucionales y democráticas, hasta la Nicaragua sometida por el régimen criminal Ortega-Murillo que se ha llevado por delante todo destello democrático y a todos quienes se les opongan. Pero también, esa variedad de contextos se refleja en lo que sus pueblos han venido eligiendo en algunos de sus países, en medio de un fenómeno que recientemente vimos en Colombia -y que abordaremos en una próxima entrega-, que pasa por el castigo a la política tradicional y el hastío generalizado.

Para entender esto, hay dos casos emblemáticos que parecen antagónicos en lo ideológico, pero que terminan siendo similares en su origen y lo que los mueve en su desempeño. Cada uno con sus implicaciones: El Salvador y Honduras son dos casos que ameritan ser revisados por lo que están siendo, pero, sobre todo, por lo que pueden llegar a ser en términos de un proyecto como el Foro de São Paulo y sus satélites que, aún tratándose de un proyecto de izquierda, también se mimetiza entre actores indescifrables en lo ideológico, pero que en sus prácticas les es útil.

Sobre lo último, el caso más emblemático es el de El Salvador de Nayib Bukele. Proveniente de la política tradicional, supo desmarcarse a tiempo para llevar a cabo un proyecto propio que recogió discursivamente el descontento de la sociedad. Así, en cuestión de poco tiempo se erigió como un proyecto alternativo capaz de sumar el apoyo de las masas y convertirse en presidente desde una visión alejada de los partidos convencionales, con la promesa de la renovación y modernización del país y con la idea de castigar la corrupción enfrentando a los criminales, trayendo consigo la experiencia de la gestión local, pero también la juventud de quien se posicionaba como el mandatario más joven de toda la región. Engañó a muchos…

Bukele El Salvador
Twitter Bukele

A partir de una aproximación “millennial” a la política, Bukele supo conectar con mucha gente dentro y fuera de El Salvador que lo identificaba como el líder de algo distinto, con su estilo particular, sus selfies por doquier y su manera de gobernar por Twitter como si la plataforma fuera su despacho virtual. Así, el principio de su gobierno se veía como una nueva manera de hacer política. Pero eso no duró mucho. Ocho meses después de su posesión, en febrero de 2020, su gobierno decidió irrumpir en el parlamento salvadoreño, acompañado por militares armados, para obligar a los congresistas a aprobar un presupuesto que financiara, entre otras cosas, su plan contra las pandillas. Ese evento, en el que claramente el poder ejecutivo se puso por encima del legislativo para imponer un apoyo con el que no contaba, marcó un antes y un después en la percepción del incipiente referente. Muchos comprendieron de lo que era capaz de hacer.

Desde entonces, las alarmas sobre su gobierno se han incrementado, no sólo por parte de sus vecinos, sino en general de la región. Su persecución a la prensa libre; el trato de enemigo a sus adversarios; sus polémicas relaciones con las pandillas; los acuerdos con éstas y su posterior ataque; las sanciones de Estados Unidos a funcionarios de su gobierno por eso; su creciente y preocupante relación con China; el establecimiento del bitcoin como moneda legal en curso y la adaptación de todas las transacciones del país a esa criptomoneda; su manera de mostrarse en redes, entre el sarcasmo y la realidad; el desmantelamiento institucional a su favor buscando garantizarse su continuidad en el poder y el control de todo el territorio; sus esporádicas condenas al régimen venezolano, pero su silencio hacia la Nicaragua de Ortega (ahora todos unidos por un discurso antiestadounidense); son sólo algunas de las polémicas que han hecho de Nayib Bukele un mandatario del que todos hablan, del que todos se preocupan y que, paradójicamente a pesar de los riesgos que muchos ven, sigue gozando de la mayor popularidad de todo el hemisferio.

Uno de los éxitos en este modelo de ejercicio de poder, evidentemente híbrido, es precisamente lo indescifrable de su signo ideológico. Su pragmatismo personalista, conducente a una deriva autoritaria en la que, desde redes sociales, propaganda, populismo y mucha desinformación, se pretenden disfrazar las prácticas de un dictadorzuelo moderno que busca imponerse como sea. Estos aspectos hacen que nadie pueda determinar si tiene que ver con la derecha o con la izquierda porque tiene de ambas y va retratando sus alianzas según le vaya conviniendo.

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Ese fenómeno, carente de identidad salvo por la que a sí mismo se da el mandatario y con la que configura todo el entorno con el que gobierna, lo hace pasar por “cool”, banalizando y normalizando prácticas que socavan la institucionalidad democrática bajo el argumento del discurso y la mano duros y bajo la justificación de que está haciendo lo que puede contra décadas de cultura de corrupción y partidos tradicionales.

Desde la política, cuestiona la política, porque sólo quiere la suya. Y, lo más grave, es que no está solo en ese propósito. Como ya se ha denunciado, miembros del partido Voluntad Popular, de Venezuela, han servido como asesores y equipo íntimo de trabajo, con alta incidencia en las decisiones que se toman en ese gobierno y siendo cómplices de una deriva autoritaria que denota hipocresía cuando se refieren a su lucha por la democracia en Venezuela, mientras favorecen la destrucción de esa democracia en otra latitud.

Pero, al lado de Bukele y de El Salvador, otra realidad también cobra fuerza: El regreso de los Zelaya al poder en Honduras, esta vez en manos de Xiomara Castro de Zelaya, esposa del depuesto Manuel Zelaya en 2009, socios del Foro de São Paulo y del Grupo de Puebla, a través de su partido Libres. Estos, sin ambigüedad en lo ideológico, sí tienen muy claro el propósito de su retorno al poder: no dejarlo.

Los Zelaya recuperaron el poder conscientes de que ya lo perdieron una vez y que eso, para ellos, fue un error. Valiéndose del desgaste de la clase política a la que ellos pertenecieron, pero de la que se victimizaron luego del derrocamiento de “Mel” Zelaya –a quien separaron muy bien de la campaña de su esposa para que no se viera como parte de lo mismo– y acentuando los escándalos de corrupción y de vinculación al narcotráfico del hoy extraditado expresidente Juan Orlando Hernández, y un profundo sentimiento de venganza y resentimiento que los acompaña.

Aunque todavía siendo muy pronto y en un contexto en el que la migración, la pobreza y la desconfianza en los partidos hegemónicos están presentes, su vinculación por motivos ideológicos con el eje autoritario de la región puede venir acompañado del fortalecimiento de las actividades criminales desde Caracas, La Habana y Managua, e incluso de buena parte de Centroamérica, que ahora podrían encontrar en Honduras un nuevo espacio abierto para sus operaciones.

Blinken felicita a la socialista Xiomara Castro por su triunfo en las presidenciales de Honduras

Mientras tanto, se intensifica el desmantelamiento institucional que permita a los Zelaya perpetuarse –como lo buscaron en 2009 y les costó el poder–, pero esta vez ocurre justificado en la corrupción y el crimen en el que el país se sumió en los últimos años y donde ellos “han venido a rescatarlo”. Una muestra de esto es el restablecimiento de las relaciones con el régimen venezolano apenas Castro de Zelaya asumió el poder hace poco más de 100 días.

Con un discurso populista de todo el poder para el pueblo y para los pobres, bajo la promesa del subsidio total de los servicios públicos a los más necesitados, el regreso de los Zelaya comenzó con la aprobación de la reforma a la ley de energía eléctrica para el país, que abre la puerta, bajo el eufemismo de la “renegociación”, a la estatización de la industria, dándole el control de uno de los sectores estratégicos de Honduras al nuevo gobierno, aunque la historia seguro termine entre colapso del servicio y más corrupción. Típico del guion ya descrito al comienzo de esta serie de artículos, estos gobiernos buscan abastecerse con recursos de donde pueden hacerlo, para favorecer su narrativa, arreciar en el control y consolidar su modelo populista anclado en el socialismo del siglo XXI.

Al margen de su signo ideológico, poco claro en uno y evidente en otra, estos gobiernos tienen elementos en común, comenzando porque harán todo a su alcance para moldear las instituciones existentes y así quedarse en el poder, valiéndose de una popularidad que también es otro elemento que tienen en común, pues son producto del hastío de la gente y de la percepción negativa sobre la democracia que es creciente, lo que ha permitido a estos gobernantes un ascenso rápido, capitalizando el descontento en sus discursos y prometiendo ir contra la corrupción y el crimen. No obstante, otro elemento común que tienen es que pertenecen a una región donde el crimen organizado opera sin contemplación y donde pueden terminar siendo -si ya no lo son- facilitadores de esas dinámicas, mientras se consolidan institucionalmente y hacen imperceptible y hermética la relación entre crimen y poder.

Tampoco debe olvidarse que tener un vecino como Nicaragua, bajo el yugo criminal de Ortega, sumado al respaldo de los mencionados países como aliados, puede significar un componente de desestabilización para toda la región y donde Costa Rica, Guatemala, Panamá y Belice, aún con sus problemas, pueden terminar seriamente afectados mientras crece la deriva autoritaria en esa zona, sin hablar de todo lo que el Caribe también representa junto con otros focos de desestabilización como la Cuba castrista.

La reflexión que nos dejan estos casos es que las sociedades siguen lanzándose al vacío porque sienten que ya están tan mal, que no pueden estar peor y que da igual si escogen algo distinto que les promete un cambio, porque nada pierden y, quizás, hasta ganan algo más. Ese fenómeno, junto a la popularidad exacerbada de quienes se valen de la tecnología y de lo irreverente, reta a las clases políticas tradicionales y de maquinarias a cambiar su estrategia si quieren realmente salvaguardar su democracia. De no hacerlo, terminarán arropados por los indescifrables gobernantes que saben muy bien cómo y cuándo quieren llegar al poder, pero no cuándo y cómo irse. Basta recordar la frase de Erdoğan: «La democracia es un tranvía: cuando llegas a tu parada, te bajas.».

Así, muchos lo ven, y eso es preocupante. En las próximas entregas hablaremos de Colombia y Brasil, porque hay mucho en juego.

Disparo al pie” es una serie de seis artículos de Pedro Urruchurtu para El American

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