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Los enemigos (capitales) del capitalismo

Decidme pues, ¿qué clase de justicia socialista es esta que mira con escándalo la diferencia de recursos y con indiferencia la de sus usos?

Doy por sentado que en muchos de vosotros se habrá instalado la siguiente paradoja: ¿cómo será posible que el capitalismo que ha hecho tanto por soliviantar los problemas más humanos véase, sin embargo, injustamente tratado por la opinión pública? Ni tan siquiera muchos de los más consagrados canónigos ungidos por mandato celestial hacen por refrenar los azotes que le propinan al capitalismo en sus homilías dominicales.

Quien quiera ver en esta rareza un desprecio justificado hacia la economía de mercado le invito a que analice con calma las estadísticas que aquí no tendré tiempo de atender. No le dejarán vacilante aunque sí quizás estimule algunos malos hábitos en algunos de ustedes que avalen su resentimiento. Eso es inevitable. Tampoco de ustedes esperamos gran cosa aunque eso sí, de su resentimiento ¡todo!, que no solo riega de luz el motivo de este capítulo sino que por si fuera poco alimenta la epopeya del capitalismo. 

Ahora haz por abordar cualquiera de las librerías que tengas a la mano. Identifica cada obra donde el capitalismo venga ensalzado y verás plantadas decenas de otras que lo desprecian tergiversando sus efectos y amplificando sus males. Lo mismo te ocurrirá prestando al ridículo tu más cuidadoso juicio sobre los logros del capitalismo cada vez que lo hagas público. Así pues ante esta retahíla de ofensas reflexionemos en voz alta: ¿no deberíamos hacer por rendir las armas y auspiciados por el grito de la mayoría retirarnos del cuadrilátero para dar por claudicada nuestra defensa al capitalismo? Sería lo más apropiado si nos decidimos por el sentido común que vocifera esa máxima de “más es siempre mejor”. ¡Por los dioses! ¡detente aquí! mi amigo lector y desconfía de esos aires de grandeza que campean por acuerdo declarado. Ábrete hueco así sea a codazos y revestido de la valentía que te honra haz por encontrar la verdad que, sin ser uniforme, aspira en ser única. 

Rescata la pregunta con la que anticipamos esta recomendación y dice en voz alta: NO. No al imperio de la mayoría que por ser mayoría no alberga mayor verdad. Déjame ahora que te cuente un secreto. La razón por la que el capitalismo goza de una menor simpatía en esos círculos en los que te coreas se debe a que combate un enemigo escurridizo. Alzo la voz y aquí te va: ¡la gravedad! Y para que tú lector llegues por ti mismo a esto que aquí te cuento sin verte sorprendido por el sarcasmo, sígueme en la disgregación antropológica que me dispongo a hacer entre la visión socialista y capitalista de las cosas. Te aclarará el asunto.

Empecemos por lo archisabido: en el socialismo la igualdad entre personas se presenta como la más elevada aspiración entres sus miembros. No hay nada nuevo en esto. Toda su preocupación gira en torno al hecho de ver ordenada la sociedad bajo un mismo fuste.

El bienestar obstruido por la pobreza solo será reconducido –confían sus miembros– cuando los amigos del capitalismo entren en vereda. ¿Necesitas ejemplos? No, gracias. Tales recriminaciones están tan a la orden del día que me abstengo de repetirme. Pobreza, desigualdad, marginación son algunas de las más concurridas consignas socialistas. Así las cosas hagamos uso de la lógica y profundicemos: a ver, ¿qué pedazo del hombre es susceptible de hacernos a todos iguales? Diríamos que nuestro cuerpo, ¿verdad? Todos aspiramos a un mismo número de ojos, nariz y piernas. Y en esta igualdad corporal ¿no puede por caso ser ajustado el cuerpo a un régimen de equivalencia (1 a 1)? Claro que se puede.

Para el socialista el hombre es expresión de un cuerpo de ahí su predilección por los valores agregados (que si el quintil más pobre, que si el 1 % más rico bla, bla, bla). Pero ¡ay, amigo! Sin saberlo, esa inclinación te lleva a un tratamiento atomizado y cerrado del individuo. Al revestir a la persona bajo un simple manto de carne y hueso (simétrico) se improvisa una idea de la justicia tan simplista como la de una igual provisión de bienes (para todos) olvidando que lo relevante descansa en aquello que los individuos pueden hacer con los bienes satisfechos.

Decidme pues, ¿qué clase de justicia socialista es esta que mira con escándalo la diferencia de recursos y con indiferencia la de sus usos? ¡Como si la primera no fuera afectada por el ejercicio de la segunda! ¡Pobre descarado! Por si esto fuera poco, la perspectiva materialista de la que se empapa el socialismo te empuja, por otra, a un conformismo vital que sacude cualquier visión social de progreso: es de recordar que el cuerpo reposa sobre el deseo de conservación, esto es, de mera sobrevivencia. Y si no lo creen pregúntense si alguno acude al hospital a que le encajen una tercera pierna o lo forren con un tercer ojo. Delirante, ¿verdad?

Nadie que no haya perdido el juicio asistirá a la enfermería sino es para recuperar el estado de salud. Llevado este razonamiento a sus últimas consecuencias descubrimos cómo la lógica corporal que palpita tras el sentir socialista comprime en lo más profundo del hombre una filosofía de la resignación (¡sobreviva!) que sujeta a las inflexibles leyes de la degeneración física (rendimientos decrecientes) solo atrae la miseria de la que quiso verse librada. Y entonces, ¿no termina por ser la resignación y la sobrevivencia las dos formas embrutecidas con las que los pueblos han visto abrazar en uno u otro momento el socialismo?

Ahora démosle la vuelta a la ecuación y abordemos el capitalismo bajo el mismo método. Empecemos con lo primero: ¿a qué aspira el capitalismo? A la libertad, ¿cierto? Aguanta aquí conmigo: ¿cómo lograremos hacer para reconocer la libertad de lo que se nos presenta como servidumbre voluntaria? De ninguna otra forma sino es allí donde descansa lo que nos hace únicos. Y ¿qué es en nosotros que se presta de modo tan intransferible y exclusivo? Nada menos que el espíritu o esa facultad desde la que nos atrevemos a conocer y desde la que logramos ser reconocidos. Ahora avancemos un poco más y digamos: ¿qué es aquello, inscrito en el corazón del hombre, que hace reconocible la tarea encomendada al espíritu? Contrariamente al cuerpo, el espíritu rechaza el mero sobrevivir, de hecho solo lo logra cuando se pone en juego; esto es, cuando se arriesga. Por esto mismo, la faena del espíritu es todo un mismo elevarse del suelo; un hacer frente a la pujanza de la gravedad. ¿Es que innovar no es a fin de cuentas un elevarse frente a la inercia de la imitación propia de los regímenes socialistas que hacen del hombre un cuerpo? 

Por otro lado este “elevarse” del espíritu no solo halla a la gravedad de enemigo sino que para colmo también lo hace con aquellos que ven amenazado su inmovilismo (corporal) por la aspiración espiritual de los amigos del capitalismo. Dos son, que convienen a ser en uno, los adversarios que acechan al capitalismo: por un lado, la gravedad ya mencionada, y por el otro, aquellos que han decidido rendirse ante ella. Todo esto nos sitúa a los amigos del capitalismo ante un escenario siempre hostil: y es que en nuestra declarada admiración por el capitalismo vemos llenar nuestra vida de la incómoda precariedad (incerteza) con la que se alimenta esa misma libertad que da alas al capital. El capitalismo llamado a extender las oportunidades humanas aviva desde ese mismo mecanismo el recelo a verlas perdidas: prosperidad y fragilidad son una misma cosa en el capital como altura y vértigo lo es a una montaña.  

Así que dos son los modelos que se baten por entender las pasiones y los intereses humanos: por un lado, el socialismo más preocupado por despejar la incertidumbre (de ahí su preferencia por el “orden” social justo) aunque sea desmantelando la espontaneidad de las relaciones humanas; mientras que en el capitalismo se verán estas desatadas por el desorden que gobierna la libertad, y sin embargo, bien fortalecidas por esa misma independencia que conlleva.

Este hecho nos precipita a la que es la segunda de las cuestiones que hacen del capitalismo un sistema tan aborrecible. Mucho de ello tiene que ver con el mecanismo que da forma a la competencia. Muy pronto se resiente su favorable reputación como pacificadora de pasiones e intereses cuando vemos nuestro dominio desbancado por la competencia rival. La competencia es mano de santo hasta que la sufres ¿verdad? (así ocurre con la libertad) Mejor monopolio –te dirás– y ¡boom! el sentimiento socialista que creías tan superado vuelve a aflorar en tu corazón. 

¿A qué se debe esta paradójica admiración hacia afuera y desprecio hacia adentro que goza y a la vez sufre la competencia? Tiremos de J. Schumpeter quien nos recuerda que el ejercicio de la competencia viene gobernado por un trabajo de destrucción (creadora) de tal manera que nada viene puesto en marcha sin que antes alguna otra cosa se haya visto reducida al abandono. Así parece funcionar el mercado y así nuestro desprecio hacia él asistiendo cada día a la aniquilación de tantas ilusiones desbancadas por otras socialmente más provechosas. Parémonos porque aquí reposa otra de las fuentes de nuestro desprecio al capital: la antipatía hacia la competencia se asemeja a la de vernos desplazado por lo que es socialmente más ventajoso en los demás. 

Así las cosas, asalta aquí una nueva paradoja: el desprecio hacia la competencia no puede ser otra cosa que el egoísmo del que aspira a sobrevivir solamente (ser un simple cuerpo). Son los amigos de la competencia, en cambio, los que brindan las muestras más originales de humildad y amor al prójimo. Y esto porque el que aprende a competir no hace otra cosa que aprender a morir; acepta con agrado que otro mejor lo desplace. De hecho en los países altamente competitivos la destrucción de empresas se advierte como augurio de un futuro más próspero para todos (en USA la buena reputación de un empresario va a raya con los fracasos).

Quizás sea por esta razón, y no por otra, por la cual los funerales en estos países terminan siendo motivo de alegría (por lo que se ganó) en lugar de llantos (por lo que se perdió). Cierro aquí las cosas que ya es hora y concluyo diciendo que no hay nada en el capitalismo que justifique su desprecio sino es para con nuestra dificultad de ponernos a su altura: de “muerte al capitalismo” váyase rezando “elévate, hombre”.

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